로그인Sara llegó al apartamento de Marcia con los ojos hinchados y el maquillaje corrido.
Apenas tocó la puerta, su amiga abrió con el teléfono todavía en la mano y una expresión que pasó de la sorpresa a la preocupación en un segundo.
—Sara, ¿qué te pasó? Te ves fatal.
—Terminé con Mateo.
—¿Qué? Espera, pasa, siéntate, cuéntame todo con calma.
Sara entró y se dejó caer en el sofá de la sala, como si las piernas ya no le respondieran. Marcia le trajo un vaso de agua y se sentó a su lado, esperando.
—Resulta que el imbécil me estuvo viendo la cara todo este tiempo —empezó Sara, limpiándose la nariz con el dorso de la mano—. Mariana, su ex, volvió. Y como si nada, me suelta que ya no me quiere, que "hizo lo que pudo" pero no fue suficiente.
—No puede ser. ¿Así, tan campante?
—Así, tan campante. Y lo peor es que me quiso pagar con el apartamento y unas monedas, como si yo fuera su empleada.
Marcia soltó un resoplido de indignación.
—¿Y tú qué le dijiste? Porque te conozco, tú no te quedaste callada.
—Le pedí diez millones de dólares y una casa en Bel Air.
Marcia se atragantó con su propia risa.
—¡Sara! ¿En serio?
—En serísimo. Si él pensó que me iba a deshacer de mí así de fácil, está muy equivocado.
—Bueno, al menos no perdiste el estilo en medio de la tragedia —dijo Marcia, dándole un empujoncito con el hombro para sacarle una sonrisa—. Aunque, amiga, sinceramente, se nota que sí te dolió.
Sara bajó la mirada, jugando con el borde de su blusa.
—Claro que me dolió. Dos años, Marcia. Pensé que me iba a casar con él.
Antes de que Marcia pudiera responder, el teléfono de Sara empezó a sonar sobre la mesa. Un número desconocido.
—¿Vas a contestar?
Sara dudó un segundo y luego tomó la llamada.
—¿Hola?
—Hola, señorita Sara. Soy Víctor Arismendi. Necesito hablar con usted inmediatamente.
Sara sintió que la sangre se le iba de la cara.
Víctor Arismendi era el verdadero líder de la Familia Arismendi, el tío y también el padre adoptivo de Mateo, un hombre unos quince años mayor que su sobrino, y con fama de ser tan guapo como implacable.
—Está bien... dígame dónde.
—Mañana a la una de la tarde. Restaurante Château Noir.
La llamada terminó tan rápido como había empezado. Sara se quedó mirando el teléfono, pálida.
—¿Quién era? Te pusiste blanca —preguntó Marcia.
—Víctor Arismendi.
—¿Cómo? ¿Es familia de Mateo?
—Es su tío.
Sara recordó, casi como un eco, la forma en que Mateo hablaba de él: un tipo rudo, despiadado, sin corazón.
"Ni se te ocurra cruzarte en su camino", le había dicho una vez, medio en broma. Ahora esa frase no sonaba tan graciosa.
***
Al día siguiente, Sara llegó al restaurante con los nervios a flor de piel.
Un mesero la condujo hasta un área privada, apartada del resto de los comensales, donde Víctor Arismendi la esperaba sentado con la calma de quien nunca ha tenido que apurarse por nada en la vida.
Vestía un traje negro, sin una sola arruga, camisa blanca sin corbata y los primeros dos botones abiertos, un reloj que probablemente costaba más que el apartamento que Mateo le había ofrecido.
A pesar de sus años, se veía radiante, con un magnetismo que no pedía permiso para imponerse. Tenía rasgos afilados y definidos, una mandíbula firme, y una mirada que resultaba, más que atractiva, intimidante.
—Mucho gusto, señorita Sara. Siéntese, por favor.
Ella se sentó frente a él, tratando de que no se le notara el pulso acelerado.
—¿Qué sucede, señor?
—Eso pregunto yo. ¿Por qué terminó con Mateo?
Sara frunció el ceño, convencida de que Mateo le había hablado a su tío sobre ella y sus exigencias, y que ahora Víctor había venido a reclamarle.
—Señor Arismendi, si es por lo que le pedí a Mateo, él me debe eso y mucho más...
Él la miró en silencio, y ese silencio bastó para callarla.
—No estoy aquí por mi sobrino. Estoy aquí porque quiero proponerle un trato.
—¿Un trato?
—Cásese conmigo.
Sara lo miró incrédula, segura de haber escuchado mal.
—¿Es una broma? ¿Se volvió loco?
Con calma, él sacó unos documentos de su portafolios y los deslizó sobre la mesa.
—No es ninguna broma. Hablo muy en serio. De hecho, aquí traje el acuerdo matrimonial.
Los pensamientos de Sara se dispararon de prisa.
Víctor Arismendi era el CEO de Arismendi Motors International, uno de los grupos automotrices más importantes del país, millonario, cuarentón, y el soltero codiciado con el que toda mujer de la alta sociedad soñaba casarse.
—No entiendo nada —susurró ella por fin.
—Necesito una esposa. La sociedad me presiona, y usted es la mujer adecuada.
El corazón de Sara latía con fuerza.
—Pero si ni siquiera me conoce.
Y sin embargo, Víctor sabía más de lo que ella imaginaba: conocía su relación con Mateo, sabía que su sobrino nunca la había tomado en serio, y sabía también, con precisión incómoda, que ella le había exigido diez millones de dólares y una casa en Bel Air.
—No tengo nada que conocer. Solo cásese conmigo y tendrá una vida de lujos a sus pies. La oportunidad perfecta para vengarse de mi sobrino. Y yo, por mi parte, tendré una esposa para cubrir las apariencias.
—¿Es usted gay?
Víctor la miró con seriedad, y luego dejó escapar una media sonrisa.
—Para nada.
—Es lo único que se me ocurre para que necesite "cubrir las apariencias". ¿Por cuánto tiempo sería este matrimonio?
—Por tiempo indefinido.
—No me joda. Seguro esto es una broma suya y de Mateo.
—No soy de los que juegan, Sara —le dijo con determinación, sosteniéndole la mirada—. Necesito una respuesta.
Sara permaneció en silencio un momento eterno.
—Sara, es solo en papel. Para asistir a eventos especiales de la compañía. No habrá vida matrimonial entre nosotros.
—Usted podría ser mi padre.
—¿Me estás llamando viejo? —Víctor alzó una ceja, con un dejo de diversión.
Sara se quedó muda. Él notó el leve rubor que se asomaba en sus mejillas, y por primera vez desde que se sentaron, algo parecido a la curiosidad le cruzó el rostro.
—Señor, necesito tiempo para pensarlo.
—Está bien. Te daré una semana. Estaré de viaje de negocios, y cuando vuelva, espero tu respuesta.
La luz pálida de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación principal. Sara abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo pesado y la boca seca por los relajantes musculares.El reposo absoluto era una verdadera tortura mental cuando su cabeza no dejaba de dar vueltas.Miró hacia la puerta cerrada.Sabía perfectamente que Víctor ya no estaba tirado en el frío suelo de mármol del pasillo; un par de horas antes del amanecer, había escuchado sus pasos arrastrándose con pesadez hacia la habitación de huéspedes al fondo de la casa.El ego de su esposo estaba fracturado, pero la herida en el pecho de Sara seguía latiendo, viva y dolorosa.De repente, el sonido elegante y discreto del timbre rompió el silencio sepulcral de la mansión.Sara frunció el ceño. Nadie visitaba la residencia de los Arismendi sin una cita previa, y muchísimo menos a las diez de la mañana de un día laborable.Con lentitud, ignorando la punzada fantasma en su vientre, apartó las sábanas.Se puso
Sara estaba sentada al borde de la cama, vestida con ropa suelta que Marcia le había traído un par de horas antes.Se veía pálida, con ojeras marcadas por el cansancio y los sedantes, pero en sus ojos verdes había una barrera de hierro impenetrable.Víctor estaba de pie junto a la puerta, manteniendo la distancia.No llevaba sus clásicos trajes hechos a medida. Traía un suéter oscuro y unos vaqueros arrugados.Su cabello perfecto estaba revuelto, y las sombras bajo sus ojos delataban que no había dormido ni un solo segundo. El gran magnate lucía desaliñado, frágil, asombrosamente humano.—Reposo absoluto —repitió Iván, entregándole la hoja a Sara—. Cero estrés. Te quiero en la cama al menos una semana completa. Nada de trabajo, nada de revisar los planos de Malibú. Tu cuerpo necesita enfocarse en retener este embarazo.Sara asintió despacio, doblando el papel.—Entendido.Iván suspiró, mirando a su amigo en la puerta y luego a su paciente.—Sara... sé que las cosas están mal. Pero el
La luz blanca de la habitación del hospital la cegó por un segundo, obligándola a parpadear.Se llevó la mano al vientre por puro instinto, sintiendo un terror mudo que la paralizó hasta que notó que el dolor punzante y agudo había desaparecido, reemplazado por una pesadez extraña inducida por los medicamentos.Estaba viva. Su bebé estaba vivo.Respiró hondo, tragando el nudo reseco de su garganta. Y entonces, la claridad la golpeó. Una claridad fría, dura y absoluta.Víctor no la había salvado de su peor momento; él había fabricado su peor momento. La jaula de cristal no era una metáfora, era una realidad legal y física.Si no hacía algo ahora mismo, si dejaba que él entrara por esa puerta con sus disculpas envueltas en manipulación, Víctor usaría el susto del embarazo para encerrarla en la mansión para siempre, bajo el pretexto de cuidarla.La puerta se abrió. No era Víctor. Era Iván Gallardo, con su bata blanca y una expresión indescifrable. Detrás de él entró Marcia, que corrió ha
El zumbido constante de las luces fluorescentes de la sala de urgencias se sentía como un taladro en la cabeza de Víctor.El intocable magnate, el hombre que movía millones con una sola llamada, estaba sentado en una silla de plástico azul, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido entre las manos.Su camisa gris estaba arrugada, y aún sentía en las palmas el calor fantasma de la sangre de Sara.«Quiero el divorcio». «No me diste una corona, me construiste una jaula».Las palabras de su esposa se repetían en su mente como una tortura cíclica.Él creyó que tener el control lo solucionaría todo. Creyó que acorralarla era protegerla. Y ahora, su obsesión la había llevado al borde de perder al hijo que ambos esperaban.El nudo en su garganta era tan grueso que apenas podía respirar.Las puertas dobles del pasillo restringido se abrieron. Víctor levantó la cabeza de golpe y se puso de pie.El doctor Iván Gallardo caminaba hacia él con el ceño profundamente fruncido.—¿Cómo
El beso en la frente fue la gota que derramó el vaso. Sara sintió una oleada de agobio tan fuerte que reaccionó por puro instinto.Apoyó ambas manos en el pecho de Víctor y lo empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.—No te vas a mudar a Malibu —dijo ella, con la voz temblando, pero no de miedo, sino de una rabia que ya no podía contener—. Y no me vas a vigilar ni un solo minuto más.Víctor la miró sorprendido. El rechazo físico lo descolocó por completo.—Sara, cálmate. Estás alterada por lo de Mariana y Mateo. Solo estoy tratando de protegerte...—¡De controlarme! —estalló ella, dando un paso al frente, acorralándolo ahora a él—. ¡Deja de mentirme en la cara, Víctor! ¡Deja el teatro del esposo perfecto, que ya me ladilla!El rostro de Víctor cambió. La suavidad desapareció de golpe, dejando paso a una dureza fría.—Mide tus palabras, Sara. Te estoy cuidando. Eres mi esposa y llevas a mi hijo en el vientre.—Soy tu presa —escupió ella, sintiendo que las lágrimas de furia le quemaban
—Te pregunté qué te hizo, Sara —repitió Mateo en un susurro áspero que rozaba los labios de ella.Sara apoyó ambas palmas en el pecho de Mateo para empujarlo, intentando recuperar su espacio, pero el cuerpo de él ni siquiera se movió.—No me hizo nada. Estás delirando. Suéltame y lárgate de mi oficina —exigió ella, manteniendo el mentón en alto, aunque su corazón latía desbocado contra sus costillas.Mateo bajó la mirada hacia las manos de Sara, aún apoyadas en su pecho, y luego volvió a clavarla en los ojos castaños de ella. Una sonrisa carente de humor torció sus labios.—Tus ojos me dicen otra cosa. Te aterra. Lo acabo de ver cuando te mencioné su nombre. Yo te conozco, Sara. Sé cuándo estás fingiendo.El sonido de la puerta resonó en la sala.Mateo no tuvo tiempo de retroceder.Víctor entró con elegancia.Su traje gris lucía impecable, pero el aura que lo rodeaba hizo que la temperatura de la sala cayera por debajo del punto de congelación.—Me encantaría saber —dijo Víctor, su vo







