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—Te di dos años de mi vida, Mateo. ¿Qué coño pasó por tu cabeza?
Él la miró sin inmutarse, con esa calma fría que a Sara siempre le había parecido fortaleza y que ahora, por primera vez, reconocía como indiferencia.
—Sara, hice lo que pude. Si llegué a quererte, pero no fue suficiente.
—Eres un cobarde.
—Ya párale a los insultos, ¿ok? Porque tú también saliste beneficiada de este compromiso. Te di dinero, viajes, joyas, hasta estudios. ¿Qué más quieres? Confórmate con eso, que esto se acabó.
Sara lo miró con rabia.
Sara Bermúdez había sido la prometida de Mateo Arismendi durante dos años, dos años en los que jamás llegó a conocer a la familia de él, dos años que ahora se derrumbaban en un salón que ya no le pertenecía.
—Meses atrás ya te lo dije, Sara —continuó Mateo, con voz calmada—. Te dije que tú, a pesar de todo, no venías de una familia con dinero, y que tarde o temprano mi mundo te iba a aplastar. Te lo advertí.
—Lo dijiste como si fuera un consejo —respondió ella, con la voz temblando de rabia—. Pero era una sentencia, ¿verdad? Ya lo tenías decidido desde entonces.
—No es eso...
—Es exactamente eso, Mateo. Y ahora qué, ¿me vas a decir cómo piensas "resolverlo"?
Él suspiró, como si la respuesta fuera obvia y le aburriera repetirla.
—Te voy a indemnizar. Te dejo el apartamento, algo de dinero para que empieces de nuevo. Eso es lo justo.
—¿Lo justo? —Sara soltó una risa amarga—. Dos años de mi vida resumidos en una liquidación. Qué generoso de tu parte.
Sara se dejó caer en el sofá.
Un dolor sordo le apretaba el pecho.
Apenas tenía veintitrés años, estaba profundamente enamorada, y había confiado en el hombre equivocado. No tenía familia a la cual recurrir. Estaba, en el sentido más literal de la palabra, sola.
—Esto no tiene nada que ver con tu familia —dijo por fin, con la voz quebrada pero firme—. Estoy segura de que es por otra mujer. Dime la verdad, Mateo.
La expresión de él cambió. Por un instante, algo parecido a la culpa le cruzó el rostro, pero desapareció tan rápido como había llegado.
—Lo siento. Mariana volvió a mi vida.
—¿Tu ex?
—Así es. Y esta vez no la voy a dejar ir.
Sara lo miró con una mezcla de ironía y desprecio. Buscó reírse, necesitaba reírse, pero el cinismo con el que Mateo pronunció esas palabras se lo impidió.
Sintió que algo dentro de ella, la parte que todavía esperaba una explicación que doliera menos, terminaba de romperse.
Se puso de pie despacio. Cuando volvió a hablar, su voz ya no temblaba.
—Muy bien. Si ya diste esto por terminado, entonces escúchame bien: no quiero tres lochas y un puto apartamento. Quiero más. Quiero diez millones de dólares y una casa en Bel Air.
Mateo soltó una risa seca, incrédula.
—Te volviste loca. Toma lo que te estoy dando y punto.
—No, mi amor, no estás ni tibio —Sara dio un paso hacia él, y por primera vez en la conversación fue ella quien no parpadeó—. Me das lo que te pido, o te hundo. Y a tu queridita Mariana se le van a quitar las ganas de andar contigo otra vez. Me das lo que te pedí, para que sigas protegiendo tu imagen de hombre perfecto.
Silencio. Mateo abrió la boca para responder, pero no encontró nada que decir. Por primera vez en dos años, Sara lo vio dudar.
—¿Qué pensaste, que me deshago de esta idiota que no tiene familia y sigo con mi vida como si nada?
—Sara, por favor, no lo hagas más difícil, joder.
—Tampoco te lo voy a poner nada fácil. ¿Qué dirá tu familia y tus amigos cuando sepan que estuviste saliendo con una chica de pueblo, de Villalobos? Me prometiste que te casarías conmigo, que sería tu esposa en dos años, y ahora me sales con esto y tienes el tupé de decir que no te lo ponga difícil. No me jodas, Mateo.
—Estás actuando como una mujer irracional y ambiciosa.
—Pues quiero lo que corresponde por derecho y ya está.
—Lo que corresponde por derecho —repitió él, con una risa sin gracia—. No teníamos ni un papel firmado, Sara. No hay "derecho" que valga aquí.
—El derecho de dos años dándote todo. Acostándome contigo, cuidándote cuando estuviste enfermo, aguantando tus viajes, tus ausencias, tus excusas. Eso también cuenta, aunque no esté en ningún papel.
—No puedes cobrarme como si fuera una factura.
—Y tú no puedes botarme como si fuera basura y esperar que me quede callada.
Mateo se pasó una mano por el rostro, exasperado.
—Esto se te está yendo de las manos.
—No, Mateo. Se te fue de las manos a ti, cuando decidiste que Mariana valía más que dos años de mi vida. Yo solo estoy cobrando lo que me corresponde.
Se levantó del sofá con calma, se acomodó el bolso en el hombro y caminó hacia la puerta sin volver a mirarlo.
Mateo se quedó ahí, de pie, con las palabras atoradas en la garganta y un extraño vacío abriéndose paso en el pecho.
La luz pálida de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación principal. Sara abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo pesado y la boca seca por los relajantes musculares.El reposo absoluto era una verdadera tortura mental cuando su cabeza no dejaba de dar vueltas.Miró hacia la puerta cerrada.Sabía perfectamente que Víctor ya no estaba tirado en el frío suelo de mármol del pasillo; un par de horas antes del amanecer, había escuchado sus pasos arrastrándose con pesadez hacia la habitación de huéspedes al fondo de la casa.El ego de su esposo estaba fracturado, pero la herida en el pecho de Sara seguía latiendo, viva y dolorosa.De repente, el sonido elegante y discreto del timbre rompió el silencio sepulcral de la mansión.Sara frunció el ceño. Nadie visitaba la residencia de los Arismendi sin una cita previa, y muchísimo menos a las diez de la mañana de un día laborable.Con lentitud, ignorando la punzada fantasma en su vientre, apartó las sábanas.Se puso
Sara estaba sentada al borde de la cama, vestida con ropa suelta que Marcia le había traído un par de horas antes.Se veía pálida, con ojeras marcadas por el cansancio y los sedantes, pero en sus ojos verdes había una barrera de hierro impenetrable.Víctor estaba de pie junto a la puerta, manteniendo la distancia.No llevaba sus clásicos trajes hechos a medida. Traía un suéter oscuro y unos vaqueros arrugados.Su cabello perfecto estaba revuelto, y las sombras bajo sus ojos delataban que no había dormido ni un solo segundo. El gran magnate lucía desaliñado, frágil, asombrosamente humano.—Reposo absoluto —repitió Iván, entregándole la hoja a Sara—. Cero estrés. Te quiero en la cama al menos una semana completa. Nada de trabajo, nada de revisar los planos de Malibú. Tu cuerpo necesita enfocarse en retener este embarazo.Sara asintió despacio, doblando el papel.—Entendido.Iván suspiró, mirando a su amigo en la puerta y luego a su paciente.—Sara... sé que las cosas están mal. Pero el
La luz blanca de la habitación del hospital la cegó por un segundo, obligándola a parpadear.Se llevó la mano al vientre por puro instinto, sintiendo un terror mudo que la paralizó hasta que notó que el dolor punzante y agudo había desaparecido, reemplazado por una pesadez extraña inducida por los medicamentos.Estaba viva. Su bebé estaba vivo.Respiró hondo, tragando el nudo reseco de su garganta. Y entonces, la claridad la golpeó. Una claridad fría, dura y absoluta.Víctor no la había salvado de su peor momento; él había fabricado su peor momento. La jaula de cristal no era una metáfora, era una realidad legal y física.Si no hacía algo ahora mismo, si dejaba que él entrara por esa puerta con sus disculpas envueltas en manipulación, Víctor usaría el susto del embarazo para encerrarla en la mansión para siempre, bajo el pretexto de cuidarla.La puerta se abrió. No era Víctor. Era Iván Gallardo, con su bata blanca y una expresión indescifrable. Detrás de él entró Marcia, que corrió ha
El zumbido constante de las luces fluorescentes de la sala de urgencias se sentía como un taladro en la cabeza de Víctor.El intocable magnate, el hombre que movía millones con una sola llamada, estaba sentado en una silla de plástico azul, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro hundido entre las manos.Su camisa gris estaba arrugada, y aún sentía en las palmas el calor fantasma de la sangre de Sara.«Quiero el divorcio». «No me diste una corona, me construiste una jaula».Las palabras de su esposa se repetían en su mente como una tortura cíclica.Él creyó que tener el control lo solucionaría todo. Creyó que acorralarla era protegerla. Y ahora, su obsesión la había llevado al borde de perder al hijo que ambos esperaban.El nudo en su garganta era tan grueso que apenas podía respirar.Las puertas dobles del pasillo restringido se abrieron. Víctor levantó la cabeza de golpe y se puso de pie.El doctor Iván Gallardo caminaba hacia él con el ceño profundamente fruncido.—¿Cómo
El beso en la frente fue la gota que derramó el vaso. Sara sintió una oleada de agobio tan fuerte que reaccionó por puro instinto.Apoyó ambas manos en el pecho de Víctor y lo empujó hacia atrás con todas sus fuerzas.—No te vas a mudar a Malibu —dijo ella, con la voz temblando, pero no de miedo, sino de una rabia que ya no podía contener—. Y no me vas a vigilar ni un solo minuto más.Víctor la miró sorprendido. El rechazo físico lo descolocó por completo.—Sara, cálmate. Estás alterada por lo de Mariana y Mateo. Solo estoy tratando de protegerte...—¡De controlarme! —estalló ella, dando un paso al frente, acorralándolo ahora a él—. ¡Deja de mentirme en la cara, Víctor! ¡Deja el teatro del esposo perfecto, que ya me ladilla!El rostro de Víctor cambió. La suavidad desapareció de golpe, dejando paso a una dureza fría.—Mide tus palabras, Sara. Te estoy cuidando. Eres mi esposa y llevas a mi hijo en el vientre.—Soy tu presa —escupió ella, sintiendo que las lágrimas de furia le quemaban
—Te pregunté qué te hizo, Sara —repitió Mateo en un susurro áspero que rozaba los labios de ella.Sara apoyó ambas palmas en el pecho de Mateo para empujarlo, intentando recuperar su espacio, pero el cuerpo de él ni siquiera se movió.—No me hizo nada. Estás delirando. Suéltame y lárgate de mi oficina —exigió ella, manteniendo el mentón en alto, aunque su corazón latía desbocado contra sus costillas.Mateo bajó la mirada hacia las manos de Sara, aún apoyadas en su pecho, y luego volvió a clavarla en los ojos castaños de ella. Una sonrisa carente de humor torció sus labios.—Tus ojos me dicen otra cosa. Te aterra. Lo acabo de ver cuando te mencioné su nombre. Yo te conozco, Sara. Sé cuándo estás fingiendo.El sonido de la puerta resonó en la sala.Mateo no tuvo tiempo de retroceder.Víctor entró con elegancia.Su traje gris lucía impecable, pero el aura que lo rodeaba hizo que la temperatura de la sala cayera por debajo del punto de congelación.—Me encantaría saber —dijo Víctor, su vo







