LOGINUna semana después, Víctor y Sara se reunieron en el registro civil. El trámite fue rápido, casi frío, como si estuvieran firmando cualquier contrato y no un matrimonio.
Sara seguía incrédula incluso después de haber firmado el acta, con la pluma todavía en la mano, como si al soltarla fuera a despertar de un sueño raro. —Vamos, Sara —le dijo Víctor, ya de pie. Fue en ese momento, caminando hacia la salida, que a Sara le cayó todo el peso de la situación de golpe: estaba casada. Con él. Ya eran marido y mujer, y apenas se conocían de una semana para acá. Afuera los esperaba Elio, el asistente y chofer de Víctor, con el auto ya listo. Subieron al asiento trasero y arrancaron rumbo al apartamento de Marcia, donde Sara todavía tenía sus cosas. Al llegar, sacó las llaves rápido, con ganas de terminar con eso cuanto antes, y abrió la puerta. Víctor se quedó justo a su lado, tan cerca que Sara alcanzó a percibir el aroma de su colonia, algo cálido que no se parecía a nada que hubiera olido antes. Sintió que el rostro se le encendía al instante. Tomó valor, se metió al cuarto y agarró su maleta. —Tranquila, puedo llevarla yo —dijo él, extendiendo la mano. —De ninguna manera —contestó ella, sujetando el asa con más fuerza de la necesaria. Salieron y se la entregó a Elio para que la guardara en el maletero. Mientras tanto, Víctor recorrió con la mirada el pequeño apartamento, los muebles sencillos, el desorden propio de un apartamento de soltera, y al final posó los ojos en ella. —¿En qué piensas? —En que la vida da sorpresas —contestó Sara, con media sonrisa. —Ya no deberías pensar en tonterías del pasado. —Me siento rara de repente. —¿Por qué? —Porque creí que Mateo me amaba, a pesar de que no éramos iguales. —Tengo prohibido que hablemos de tu ex. —Y lo más irónico es que mi ex es su sobrino. Víctor la miró un segundo, algo tenso, y luego suavizó el gesto. —Mejor vámonos, te estás poniendo muy melancólica. Bajaron y encontraron a Elio terminando de acomodar la maleta en el maletero. —De todas formas, no vas a necesitar esa ropa —comentó Víctor, casi de pasada. —Pero son mis cosas, no voy a dejarlas tiradas aquí —replicó ella, cruzándose de brazos. —Tienes carácter —dijo él, y sonrió por primera vez de forma genuina. Subieron de nuevo al auto. Víctor conocía la historia de Sara con su sobrino desde hacía casi dos años, mucho antes de que ella supiera siquiera que él existía. Ese detalle Sara todavía no lo sabía, y él no tenía ninguna prisa por contárselo. Minutos después llegaron a la mansión en Los Rosales, con sus jardines enormes y su alberca privada, tan lujosa que parecía sacada de una película. Sara solo había visto mansiones así en revistas, nunca pensó que un día entraría a una para quedarse a vivir. —¿Aquí es donde vamos a vivir? —preguntó, bajando del auto sin poder disimular el asombro. —Así es. Pero en alas separadas. Mi habitación va a estar en aquella área —señaló hacia el ala oeste— y la tuya, aquí. —Bien —dijo ella, con una timidez que Víctor no pasó por alto. —No te preocupes —añadió él, mirándola con calma—. No voy a forzar nada entre nosotros. Sara asintió despacio, sin saber muy bien qué contestar. Miró la fachada de la casa, las columnas blancas, las ventanas enormes que reflejaban el atardecer, y por un momento se sintió como una extraña dentro de su propia vida. —¿Y qué se supone que haga yo aquí? —preguntó, con ironía. —Puedes hacer lo que quieras. Comprar lo que quieras. Ir a donde quieras. Solo te pido discreción y que, cuando te lo pida, me acompañes a los eventos de la compañía. —Suena a que me acabas de contratar. —Piénsalo como quieras —contestó él, sin inmutarse, aunque algo en su tono sonó menos cortante que antes. Elio bajó las maletas y las llevó hasta la entrada, donde una señora mayor, de uniforme impecable, salió a recibirlos con una sonrisa amable. —Ella es Herminia, se encarga de la casa. Cualquier cosa que necesites, pídesela a ella —explicó Víctor. —Un gusto, señora Herminia. —El gusto es mío, señora Arismendi. Sara sintió un cosquilleo extraño al escuchar ese apellido pegado al suyo. Señora Arismendi. Todavía no se acostumbraba, y dudaba que fuera a acostumbrarse pronto. Víctor la acompañó hasta la puerta de su habitación, en el ala este, una habitación amplia con vista al jardín, decorada con un gusto sobrio que no encajaba con la imagen de hombre despiadado que Mateo alguna vez le había pintado. —Descansa. Mañana en la mañana tengo que salir temprano, pero Elio se queda por si necesitas algo. —Gracias —dijo ella, en voz baja. Víctor se quedó un instante más de lo necesario en el marco de la puerta, como si fuera a decir algo más, pero al final solo asintió con la cabeza y se marchó por el pasillo. Sara cerró la puerta, se recostó en la cama enorme y suave, y se quedó mirando el techo. Hacía apenas una semana estaba llorando en el sofá de Marcia, rota por Mateo. Ahora era la señora Arismendi, dueña de un ala entera de una mansión que no terminaba de sentir suya, casada con un hombre que apenas conocía y que, sin embargo, ya la había hecho sentir algo que no supo nombrar: protegida. Y eso, más que cualquier lujo a su alrededor, fue lo que más la desconcertó esa noche.Habían pasado dos días desde que Sara estaba en la obra por trabajo. Casi no había tenido oportunidad de salir, ni siquiera para tomar un café con sus compañeros.Se sentía aliviada de que Mariana no estuviera con ella; eso había hecho el viaje mucho más llevadero.Víctor ni siquiera la había llamado en todo ese tiempo, ni contestaba sus mensajes.Ella pensaba que debía de estar atiborrado de trabajo, como siempre. Después de terminar su jornada, Sara se fue a descansar a su hotel.Se sentó en la cama, pidió un café al servicio a la habitación y, por un impulso, tomó su teléfono para llamar a Víctor.Dejó la taza sobre la mesita de noche y marcó el número, esperando escuchar esa voz grave y segura que ya empezaba a extrañar.Cuando contestaron, la voz al otro lado de la línea no era la de Víctor. En su lugar, era la voz de un niño que no debía de tener más de cinco años.Sara se quedó conmovida por la sorpresa. Al darse cuenta de lo que estaba escuchando, el corazón comenzó a latirle
En la mansión, Sara estaba acomodando su maleta para viajar a las afueras de la ciudad, a una obra que le habían asignado supervisar.La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la lámpara de su mesa de noche, y afuera, el jardín se veía envuelto en esa quietud espesa que solo llega pasada la medianoche y Víctor aún no regresaba a casa.Dejó la maleta a un lado, sobre la cama, y se quedó mirando la ropa a medio doblar sin verla realmente.De pronto, la duda comenzó a rondarle la cabeza, insistente, como un zumbido que no la dejaba concentrarse en nada más.No sabía si llamarlo para preguntarle dónde estaba, ya que su matrimonio no era convencional, y esa clase de preguntas no encajaban del todo en el acuerdo que habían firmado.Por otro lado, Víctor ya le había advertido, desde el principio, que siempre estaba ocupado y que no solía pasar mucho tiempo en casa.Ella lo sabía. Lo había aceptado. Y, sin embargo, ahí estaba, revisando el reloj cada pocos minutos como si eso fue
A las diez de la noche, Víctor se encontraba en casa de su mejor amigo, Iván Gallardo, quien había regresado ese mismo día de Londres.Cuando Víctor llegó, Iván ya tenía puesta la mesa con piqueo y tragos, como si lo hubiera estado esperando desde antes.Iván era un médico reconocido en el país, un importante cirujano bariátrico. Sus antecedentes familiares eran igual de poderosos que los de los Arismendi, y ambos tenían su propio peso —cada uno en su campo— dentro de los círculos más cerrados de Los Ángeles.—Por fin viniste a verme.—No exageres, si recién llegaste ayer de viaje —contestó Víctor con voz calmada, desabotonando su saco oscuro para quitárselo mientras una de las empleadas de la casa se acercaba discretamente para llevárselo.Víctor tomó asiento frente a él, aflojando ligeramente el nudo de su corbata.—Cuéntame cómo va todo.Víctor tomó el vaso, sintiendo el frío vaso contra sus dedos.—En la empresa todo va viento en popa.Iván soltó un resoplido divertido y se dejó c
¿Víctor tenía pareja?La pregunta le daba vueltas en la cabeza como un disco rayado, golpeando contra su mente.Jamás había escuchado una sola palabra al respecto. Su tío era muy discreto, un hombre que mantenía su vida privada bajo siete llaves.—Me tengo que ir, Elena —soltó Mateo de golpe, retrocediendo hacia la puerta. Necesitaba aire.—¿No vas a comer, muchacho? —insistió el ama de llaves, mirándolo con preocupación.—Te dije que no tengo hambre.Mateo salió de la mansión casi huyendo, con la mente hecha un manojo de confusión.Mientras caminaba hacia su auto, repasó mentalmente el historial de su tío. Durante años, Víctor había mantenido a raya a todas las mujeres que intentaban acercarse a él.Mateo lo había visto rechazar con frialdad a un sinfín de ellas, desde modelos deslumbrantes hasta mujeres ricas y herederas de grandes fortunas que prácticamente se le ofrecían en bandeja de plata.Entonces, ¿quién demonios era aquella joven? ¿Y por qué Elena la había descrito exactamen
Media hora más tarde…Mateo cruzó la puerta de la mansión de forma inesperada, con el rostro tenso y los hombros cargados de agotamiento. Apenas entró, interceptó a una de las empleadas en la sala.—¿Y mi abuelo? —preguntó de inmediato.—Está en su habitación, joven.Mateo asintió en silencio y caminó a paso rápido por el largo pasillo.Había pasado los últimos días intentando mantenerse ocupado, llenando sus horas con distracciones para fingir que no le importaba el caos en el que se había convertido su vida.Cuando entró en la habitación, encontró al señor Pablo sentado al borde de la cama, mientras la enfermera acomodaba algunas medicinas en la mesita de noche. Al escuchar la puerta, el señor levantó la mirada.Durante unos segundos, observó a Mateo con fijeza. De pronto, su rostro se iluminó con una ternura que el joven sintió un nudo repentino apretándole la garganta.—Hola, muchacho. Es bueno verte.Mateo sintió que el pecho se le aliviaba y sonrió, acercándose.—Hola, abuelo.P
Tal como Víctor había dicho, llegaron a la imponente mansión Arismendi al caer la tarde.La propiedad, ubicada en una de las zonas más exclusivas de Los Ángeles, era enorme; sus jardines inmaculados y su arquitectura majestuosa parecían sacados directamente de las páginas de una revista de lujo.Apenas cruzaron la entrada, el silencio del lugar los envolvió. Una de las empleadas los recibió con discreción y les indicó que el señor Pablo se encontraba en el jardín.Cuando llegaron a la parte trasera, encontraron al anciano sentado bajo la densa sombra de un árbol.Lo acompañaba su enfermera, atenta a cualquier movimiento. Pablo tenía una manta sobre las piernas y sostenía una taza entre las manos.Parecía tranquilo, con la mirada perdida en sus propios pensamientos, ajeno al mundo que lo rodeaba.Sin embargo, al levantar la vista y notar la presencia de Sara, su expresión cambió abruptamente.La escrutó durante unos segundos con una mirada tan penetrante que ella sintió un cosquilleo d







