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TWO

Author: Cor T Ney
last update publish date: 2026-06-27 22:40:50

DOS MESES DESPUÉS...

Lena contemplaba fijamente el resultado que sostenía entre las manos, incapaz de creer lo que veía.

Estaba embarazada de dos meses.

Su mente regresó de inmediato a la noche que pasó con aquel desconocido. Recordaba perfectamente todo lo que había sucedido aquella noche, excepto el rostro del hombre al que le había entregado su virginidad.

¿Por qué su vida tenía que ser tan miserable?

Aún seguía intentando aceptar que la habían echado de la casa de su padre y que ahora vivía con su cuidadora, la señora Amelia. De no ser por ella, probablemente ya estaría viviendo en la calle.

Con manos temblorosas, Lena le mostró el resultado de la prueba de embarazo.

Al principio, la señora Amelia se quedó completamente sorprendida.

Pero al ver la angustia reflejada en el rostro de Lena, comprendió que, más que un juicio, lo único que necesitaba en ese momento era apoyo.

La señora Amelia conocía muy bien todo lo que Lena había sufrido a manos de su madrastra y de su hermanastra.

Y también sabía algo más sobre ella.

Lena nunca era de las que se rendían.

Cada vez que la vida la derribaba, encontraba la fuerza para volver a levantarse.

—Entonces... ¿qué has decidido hacer, Lena? —preguntó la anciana.

Lena se secó rápidamente las lágrimas.

—He decidido irme de la ciudad. No puedo criar a mi hijo aquí. Necesito empezar de nuevo y dejar atrás todos los malos recuerdos de este lugar.

—¿No intentarás encontrar al padre de tu bebé?

Lena dejó escapar una risa amarga.

—¿Para qué? Ni siquiera recuerdo su rostro. No pretenderás que vaya preguntándole a cada hombre que vea si pasó una noche conmigo hace dos meses.

Su voz estaba cargada de frustración.

—Criaré a este bebé yo sola. Llevo años ahorrando y el dinero que tengo será más que suficiente para salir adelante.

La señora Amelia asintió con comprensión.

—¿Piensas irte para siempre?

—Claro que no. Voy a volver. Pienso salvar la empresa de mi padre, que está al borde del fracaso, y recuperar todo lo que Eloise y Charlotte me arrebataron. Tienen que pagar por todo el daño que me hicieron.

La señora Amelia apoyaba por completo su decisión.

Después de todo lo que aquellas dos mujeres le habían hecho, era justo que enfrentaran las consecuencias.

Y Lena debía recuperar lo que por derecho le pertenecía.

—Ven aquí, hija.

La anciana la envolvió en un cálido abrazo, y Lena correspondió de inmediato.

—Siempre voy a apoyarte, sin importar la decisión que tomes. Esta siempre será tu casa, Lena. Las puertas estarán abiertas para ti cuando quieras regresar.

La señora Amelia se apartó del abrazo y sostuvo el rostro de Lena entre sus manos.

—Pero prométeme que no perderemos el contacto.

Lena sonrió entre lágrimas.

—Te lo prometo, mamá. Lo haré. Solo cuídate mucho mientras no estoy.

Y así fue.

Al día siguiente, Lena abandonó New City para comenzar una nueva vida junto al bebé que llevaba en su vientre.

Nadie sabía adónde había ido, excepto la señora Amelia.

Todo lo que Lena deseaba era dejar atrás el dolor, las traiciones y el sufrimiento que había vivido a manos de su madrastra y de su hermanastra.

SEIS AÑOS DESPUÉS...

Un taxi amarillo se detuvo frente a la entrada de una escuela. Una mujer bajó apresuradamente del vehículo, pagó la carrera y corrió hacia el portón.

—¡Dios mío! Llegué veinte minutos tarde. Deben de estar esperándome.

—¡Mamá! —gritó una vocecita, haciendo que la mujer se detuviera de inmediato.

Lena se dio la vuelta.

Un adorable niño de seis años la saludaba con una enorme sonrisa. Tenía el cabello rubio, ojos grises y unas tiernas mejillas regordetas.

—Evans... —rió Lena mientras corría hacia él.

Se agachó hasta quedar a su altura y le sostuvo el rostro entre las manos.

—Aquí estabas. Te estuve buscando por todas partes.

La sonrisa del pequeño desapareció al instante, siendo reemplazada por un ceño fruncido.

—Llegaste veinte minutos tarde, mamá. Calculando la distancia entre tu oficina y la escuela, más el tráfico que podrías encontrar, deberías haber tardado aproximadamente diez minutos en llegar. Veinte menos diez... significa que llegaste diez minutos tarde. ¿Por qué? ¿Qué te retrasó?

Lena soltó una risa incrédula y puso los ojos en blanco.

De repente...

—¿Evan te está haciendo otra vez sus aburridos cálculos matemáticos, mamá? —preguntó otra vocecita.

Lena levantó la vista.

Un niño idéntico a Evans, excepto por su cabello castaño, caminaba hacia ellos.

—Ven aquí, Ryan.

El pequeño se acercó y le lanzó una mirada de reproche a su hermano.

—¿No deberías alegrarte de que mamá haya venido a recogernos en lugar de estar regañándola?

—No la estaba regañando. Solo estaba preocupado porque llegó tarde. Pero supongo que tú no lo entenderías. No es mi culpa que seas el hermano menos inteligente.

—¡¿Menos inteligente yo?! —Ryan hizo un puchero—. Solo porque eres mejor en matemáticas que yo no significa que seas el listo y yo el tonto.

—Sigues siendo el menos inteligente.

—¡Ya basta! —intervino Lena.

Los miró con expresión seria.

—¿No pueden dejar de pelear, al menos aquí?

Los gemelos resoplaron al mismo tiempo, cruzándose de brazos y apartando la mirada.

—Bien... ¿y dónde están sus hermanas?

—¡Aquí estamos, mamá! —respondió una dulce vocecita.

Lena giró la cabeza.

Dos niñas idénticas caminaban hacia ellos. Tenían la misma edad que Ryan y Evans.

La única diferencia entre ellas era el color de sus ojos: una tenía los ojos grises y la otra, marrones.

Lena frunció el ceño al notar algo.

—Ava, cariño... ¿qué ocurre? ¿Por qué estás tan triste?

Preguntó mientras acariciaba la cabeza de la pequeña de ojos grises, que mantenía la mirada fija en el suelo.

—Aida... ¿qué le pasó a tu hermana?

Aida, Ryan y Evans soltaron un suspiro antes de que la niña respondiera.

—Hoy, en la cafetería de la escuela, los otros niños volvieron a burlarse de Ava.

—¿Y por qué?

—Porque... se estaban riendo de nosotros por no tener un papá como los demás.

Al escuchar esas palabras, Lena sintió que el corazón se le hacía pedazos.

Su expresión se apagó mientras observaba a Ava, que seguía mirando al suelo en silencio.

Meses después de abandonar New City para empezar una nueva vida, Lena descubrió que no esperaba un solo bebé...

Esperaba cuatro.

Dos pares de gemelos idénticos.

Los niños eran Evans y Ryan.

Las niñas, Ava y Aida.

Ava siempre había sido la más tranquila y tímida de los cuatrillizos, aunque también era la más inteligente.

Precisamente por eso era el blanco favorito de las burlas de sus compañeros.

Aida, en cambio, era valiente, impulsiva y jamás dudaba en defender a su hermana.

Evans, el genio de la familia, prefería denunciar a los responsables ante la escuela... después de darles uno de sus largos y aburridos discursos.

Ryan, por otro lado, era el más travieso y revoltoso.

Si alguien se metía con sus hermanos, él era el primero en devolver el golpe.

Lena les había dicho a los cuatrillizos que su padre había fallecido.

Desde entonces, muchos niños se burlaban de ellos por no tener papá.

Y quien más sufría por ello era la pequeña Ava.

—Lo siento... —murmuró Lena con tristeza.

Los tres niños corrieron inmediatamente a abrazarla.

—¿Por qué te disculpas, mamá? —preguntó Aida.

—No es tu culpa que nunca hayamos podido conocer a nuestro papá —añadió Ryan.

—A nosotros no nos importa tener un papá o no. Tú eres más que suficiente para nosotros —dijo Evans.

Al escuchar esas palabras, el corazón de Lena se llenó de calidez.

Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

—¿No son ustedes los niños más adorables del mundo? —rió mientras los abrazaba.

—¡Claro que sí! Aunque, siendo sinceros, yo soy la más linda y la más bonita de todos —presumió Aida.

—Ahí va otra vez... —murmuraron los dos niños al mismo tiempo, poniendo los ojos en blanco.

Lena soltó una pequeña carcajada.

—Muy bien, vámonos a casa. Les preparé panqueques y un pastel para todos.

Se puso de pie y detuvo otro taxi.

—¡Sí! ¡Pastel! ¡Mi favorito! —gritó Ryan antes de subir corriendo al vehículo.

Evans chasqueó la lengua.

—Yo preferiría un parfait de frutas. Es mucho más saludable, nutritivo y delicioso que esa absurda mezcla de azúcar que llaman pa...

—¡Cállate, Evan! —lo interrumpieron Ryan y Aida al mismo tiempo.

Evans resopló con fastidio antes de subir al taxi.

Lena caminó hasta donde estaba Ava.

—Ven, cariño. Vámonos a casa.

Sonrió con dulzura mientras tomaba la mano de la pequeña.

Juntas subieron al taxi, que poco después se alejó de la escuela rumbo a casa.

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