Love Bet

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last updateLast Updated : 2026-02-04
By:  Gabrielle S.Ongoing
Language: English
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Sophia Moreau is a challenge no man has ever won. A self-made CEO, ruthless and untouchable, she built her empire from the ground up, leaving no room for weakness. No distractions. No mistakes. And definitely no men who think they can outplay her. But Travis Cole? He doesn’t walk away from a challenge. For years, Travis has kept a list—a private game between him and his closest friends. The women no one else could have, the ones deemed impossible. He’s never lost a bet. Never failed to break down the walls of even the most untouchable. And when Sophia’s name is thrown into the mix? He’s supposed to say no. She’s supposed to be off-limits. But one encounter with her, one sharp-tongued argument, one look in those firestorm eyes, and suddenly—he wants her. More than the game. More than the win. More than he should. What he doesn’t realize? She’s the one game he was never meant to play. And when she finds out the truth, when she learns that he made her a bet— She won’t just walk away. She’ll make sure he is the one left broken. Because Travis might have fallen first… But Sophia? Sophia was never meant to fall at all.

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Chapter 1

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SERA

Isabella era una diosa. Todos querían ser como ella, incluida yo. Anhelaba que me amaran de la misma manera, que mi padre me tomara en cuenta como a ella, pero era evidente que estaba pidiendo demasiado; una verdadera locura, si éramos sinceros.

Isabella es mi hermanastra, y era su cumpleaños número veinticinco. Había convocado a la mitad de la élite de Manhattan: joyas, perfumes y risas que costaban una fortuna. Yo había planchado mi mejor vestido para la velada, una prenda sencilla de color azul marino que se había lavado tantas veces que el color parecía estar pidiendo disculpas por su propia existencia.

Tomé la bandeja y me dirigía a la cocina cuando las escuché. Dos mujeres, de pie en un rincón justo al lado del pasillo principal, con copas de champán en la mano, hablando de la forma en que habla la gente cuando asume que nadie importante la está escuchando.

—...al parecer, hay otra hija. Una cosita ilegítima que el padre mantiene oculta.

Disminuí el paso.

—Escondida por una buena razón, estoy segura —dijo la segunda mujer, soltando una risita—. Escuché que es difícil de mirar. Para nada como Isabella.

—¿And quién puede culparlos? ¿Quién querría exhibir a un ser humano tan repulsivo? Una hija de una prostituta.

No me detuve. Continué avanzando, un pie delante del otro, con la bandeja firme entre las manos. Me desvié hacia un rincón apartado y me detuve; las lágrimas brotaron sin mi permiso. Parpadeé una y otra vez para contener el llanto; no iba a llorar hoy, al menos no frente a toda esa gente.

Exhalé, me erguí y me giré hacia el salón, pero la voz de mi madrastra me detuvo en seco.

—¿Por qué estás holgazaneando? ¿Acaso de repente no tienes nada que hacer con tu vida? —preguntó con severidad, y mis dedos temblaron.

—I-Iba hacia el salón —tartamudeé.

Me examinó por un momento y sacudió la cabeza.

—Eres patética, Seraphina —dijo, y bajé la mirada. Escuchaba eso todos los días y, sinceramente, ya había empezado a creérmelo—. Deberías haber desaparecido con tu madre —añadió con asco—. Por desgracia, nos dejó a nosotros la carga de lidiar contigo.

La miré y las lágrimas volvieron a brotar. Lo odiaba. Se suponía que ya debía de estar acostumbrada a sus desplantes, pero, de algún modo, sus palabras siempre abrían una herida nueva.

—¿Por qué está llorando? —preguntó Isabella desde atrás antes de colocarse al lado de su madre. Su madre se encogió de hombros y me miró con desprecio.

—¿Tienes que hacer que todo gire en torno a ti, Seraphina? Hoy es mi día especial y, aun así, ¿quieres dar lástima? —preguntó Isabella, fingiéndose dolida.

—Eso no es verdad, me alegra que sea tu cumpleaños —dije mientras me secaba las lágrimas.

Ella se acercó y me dio unas palmaditas en los hombros.

—Deja el melodrama y alégrate por mí. —Luego se volvió hacia su madre—. Vamos, mamá, papá está a punto de dar un discurso.

Su madre me lanzó una última mirada antes de salir con Isabella.

Encontré un lugar al fondo del salón. No un asiento, solo un espacio donde quedarme de pie para poder mirar sin ser vista.

Mi padre estaba al frente de la sala, alto e impecable, imponiendo esa clase de atención innata en ciertos hombres. Alzó su copa y el lugar guardó silencio de inmediato.

—Isabella Moretti —dijo, y su voz transmitía una calidez que yo llevaba veintitrés años preguntándome si era capaz de sentir—. Mi hija. Mi orgullo.

Los invitados respondieron haciendo chocar sus copas.

Mi hija. Mi orgullo. Algo que jamás me había dicho a mí.

—Gracias a todos por venir esta noche —continuó, y yo cambié de postura—. Es un verdadero honor contar con todos ustedes para el cumpleaños número veinticinco de mi hija. Jamás podré expresar lo orgulloso que me siento de esta joya —declaró, y los presentes vitorearon. La sonrisa de Isabella se ensanchó.

—Ella ha sido la definición de la hija perfecta: hermosa, inteligente y el vivo retrato de su padre. Es por eso que, en su vigésimo quinto cumpleaños, quiero declarar públicamente que Isabella Moretti es y será la única heredera que tengo —concluyó mi padre, y la multitud estalló en vítores.

Me di la vuelta para regresar a mi habitación antes de que las lágrimas volvieran a traicionarme, cuando de pronto choqué contra un muro; excepto que no era precisamente un muro. Tropecé hacia atrás y estuve a punto de caer; levanté la mirada con el ceño fruncido, pero me quedé helada.

Era alto, de una manera que parecía reconfigurar el espacio a su alrededor. Traje oscuro, sin corbata, con el botón superior de la camisa desabrochado, como si las formalidades fueran algo que solo aplicaba a los demás hombres. Su mandíbula era afilada, sus hombros anchos, y sus ojos grises, pálidos y completamente imperturbables. Me miró desde arriba con una expresión que no era del todo fría ni de ninguna otra forma; simplemente vacía. Como si no hubiera interrumpido nada, porque yo no era nada que valiera la pena interrumpir.

Me contempló durante unos segundos, como si mi presencia le causara repulsión, antes de marcharse finalmente sin decir una sola palabra. Me quedé allí, intentando recuperar el aliento. Un aliento que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba conteniendo.

Unos golpes en la puerta interrumpieron mi sueño. Me levanté y caminé despacio hacia la entrada. Rogué que no fuera nadie de mi familia; no tenía fuerzas para lidiar con ellos.

—Tenemos un invitado, tu padre dice que te vistas de inmediato y bajes al salón de recepción —dijo el ama de llaves, entregándome una caja en cuanto abrí la puerta.

Recibí la caja despacio, todavía desconcertada.

—¿Qué invitado? —pregunté, sorprendida de que mi padre me necesitara allí.

—Isabella está a punto de comprometerse —dijo, y mi rostro se iluminó, pero sus siguientes palabras me derrumbaron—. Con Damian De Luca.

—¿Qué? —pregunté horrorizada.

¿Damian De Luca? ¿El hombre más temible de Nueva York? ¿El mismo que mataba gente sin pestañear? ¿Por qué mi padre le entregaría a Isabella a un hombre así?

El ama de llaves se retiró.

Dejé caer la caja sobre la cama y sacudí la cabeza. Sabía que Isabella no había sido precisamente buena conmigo, pero me sentía mal por ella. ¿Damian De Luca?

Me vestí rápidamente y me dirigí al salón de recepción. Al llegar a la entrada, me detuve. Exhalé frente a la puerta durante unos segundos antes de entrar. Todos se giraron hacia mí; en ese momento, sentí que las rodillas me flaqueaban.

Miré a mi alrededor. Mis padres e Isabella estaban sentados al otro extremo; no lograba descifrar sus expresiones. Luego miré al hombre y se me abrieron los ojos de par en par. ¡El hombre de antes! ¿Él era Damian De Luca? Volvió a examinarme. Esta vez, su rostro no expresaba nada. De repente, se volvió hacia mi padre.

—No quiero a esta hija —dijo, mirando a Isabella.

—¿Qué? —murmuró Isabella, como si no le gustara en absoluto cómo sonaba aquello.

Él la ignoró y me miró lentamente; se me cortó la respiración.

—La quiero a ella —me señaló, y me quedé de piedra.

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