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Capítulo 3

Author: Cristina Rivas
Mi estuche cayó al suelo, haciendo que los bolígrafos, borradores y la regla salieran disparados en todas direcciones. Incluso, mi comprobante de admisión al examen se deslizó varios pasos más allá de mí

—Ah, perdón. No te vi.

Era un chico que no conocía. No lograba identificarlo. Pero no me importaba. Lo único que tenía en la mente era el examen, por lo que lo ignoré y me encaminé rápidamente a recoger mi comprobante.

Mis dedos estaban a punto de alcanzarlo cuando un zapato pisó el papel y, un segundo después, el muchacho se inclinó hasta acercar su rostro al mío.

—¿De verdad eres ciego o solo exageras? —dijo, con un tono cargado de burla—. Aunque tus ojos sí se ven bastante raros.

—Eso no es asunto tuyo —respondí, tirando del comprobante.

Pero no se movió.

—Seas ciego o no, sigues siendo un obra de caridad. Así que deja de estar pegado a Lena. No seas tan egoísta, ¿sí?

Levanté la mirada hacia él y estreché mis ojos. Su rostro me resultaba vagamente familiar.

—Quita el pie. Lo que haya entre Lena y yo no tiene nada que ver contigo.

—Vaya, de verdad eres... —comenzó a decir, mientras giraba el zapato sobre mi admisión, rasgando el papel por completo.

Sin embargo, antes de que pudiera terminar de hablar, alguien lo empujó con tanta fuerza que lo hizo tambalearse hacia un lado.

Lena estaba allí, con el rostro helado.

—¿Qué demonios te pasa? —preguntó con el ceño fruncido.

El chico se quedó desconcertado por un instante.

—¿Y a ti qué te pasa? —inquirió—. No lo hice a propósito. Ya me disculpé.

Lena recogió el comprobante roto y los lapiceros esparcidos por el suelo, y me los colocó en las manos, diciendo:

—Te acompañaré hasta tu salón.

Mantuve la cabeza gacha y la seguí, apretando el estuche contra mi pecho.

Cuando pasamos junto al chico, lo escuché murmurar entre dientes:

—Qué dramático es este cieguito.

Reconocí aquella voz. Él había estado fuera del edificio aquella noche, junto a Grant.

Lena me acompañó hasta la puerta del salón donde debía presentar el examen antes de ir a buscar el suyo.

Durante unos minutos, todo se sintió como antes. Pero no me había imaginado su frialdad, ni su impaciencia.

La verdad era que ya no lograba entenderla.

Cuando por fin terminó el examen, en toda la escuela se respiraba un ambiente mucho más relajado.

Aquella noche, terminé de ordenar mis apuntes y tomé mi teléfono.

Grant había publicado una foto del disco y la descripción rezaba:

«Una sorpresa que llegó en el momento perfecto. Todavía no dejo de escucharlo. Gracias por el regalo».

Era exactamente el mismo disco que le había regalado a Lena. Incluso se veía la dedicatoria de cumpleaños que yo mismo había grabado en la funda.

En efecto, era el regalo de cumpleaños que yo le había dado. Y ella se lo había entregado a Grant.

El dolor me invadió tan de golpe que sentí que me ardían los ojos.

Un segundo después, la llamé.

—¿Le regalaste a Grant el disco que te compré para tu cumpleaños?

—Sí —respondió Lena con desinterés—. Grant y yo estábamos hablando y resulta que a él también le gusta. Así que se lo llevé para que lo escuchara.

Apreté el móvil con fuerza, y, cuando por fin hablé, mi voz se quebró por la emoción.

—Me tomó dos semanas encontrar ese disco. —Hice una pausa—. Le diste mi regalo a otra persona sin siquiera decírmelo. ¿No crees que te pasaste?

—Es solo un disco —respondió con aparente irritación—. ¿En serio me llamaste para hacerme un interrogatorio por un disco?

—No se trata del disco —repuse con voz temblorosa—. Sino que despreciaste lo que ese regalo significaba para mí.

—Me lo regalaste, así que ahora es mío. Lo que haga con él es mi problema. Tú no tienes derecho a decidir.

Abrí la boca, pero no me salió ninguna palabra.

—Esto es agotador —murmuró un segundo después, antes de colgar.

Me quedé sentado, sosteniendo el móvil, mientras un dolor insoportable se apoderaba de mi pecho.

Había utilizado exactamente las mismas palabras que había dicho el día de la foto de graduación.

Después de aquello, dejamos de hablarnos por completo.

Hasta que, aquella primavera, nuestra clase organizó una reunión.

Yo no quería ir. Pero como era la primera actividad que alguien había organizado en todo el año, mis padres insistieron en que fuera.

Incluso la señora Carol le pidió a Lena que estuviera pendiente de mí.

Era la primera vez que Lena y yo nos veíamos desde nuestra discusión.

Durante todo el trayecto, estuvo de mal humor. Intenté hablarle varias veces, pero sus únicas respuestas fueron «mmm» y «claro». Nada más.

Por eso, al cabo de un momento, dejé de intentarlo y pasamos el resto del camino en silencio, como dos desconocidos que, por casualidad, lo sabían todo el uno del otro.

El restaurante estaba lleno de ruido. Todos hablaban al mismo tiempo, interrumpiéndose los unos a los otros.

Yo bebía mi refresco y escuchaba.

Mis ojos no me permiten mirar una pantalla durante mucho tiempo, por lo que también siempre he procurado evitar la luz intensa del sol, siempre que sea posible. Y, cuando oscurece, prácticamente me quedo ciego.

Básquetbol, videojuegos, ciclismo... No había una sola conversación en aquella mesa en la que pudiera participar.

Apenas nos habíamos sentado y yo ya quería regresar a casa.

Entonces, alguien propuso jugar a verdad o reto. La botella pasó por varios compañeros hasta que terminó apuntando a Lena.

Ella eligió «verdad».

Alguien sonrió con picardía.

—Lena, siempre cuidas muy bien de Owen. ¿Te gusta?
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