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Capítulo 4

Author: Lilly Saucedo
last update publish date: 2025-03-18 02:51:45

¡Micah! ¿Dónde diablos estás?

Alessandro aceleró a fondo. Había logrado escapar de sus enemigos por lo menos por esa jodida noche, pero obviamente no podía estar tranquilo hasta que lograra hablar con Spencer o su prometida volviera. Bajó del coche sólo hasta llegar a una posada. No era lujosa, pero ahí nadie le conocía. El dolor era intenso, la doctora le había dado algunos analgésicos y eso le había calmado momentáneamente el dolor, pero ahora que ya había pasado el efecto, sentía que su costilla se partía en dos. Entró al sitio, en él, una mujer con rasgos Indios lo atendió de inmediato con un acento muy marcado.

—Buenas noches caballero, ¿cuánto tiempo piensa quedarse? Tenemos habitación por día, por semana o permanentes. El líder de la mafia escudriñó el sitio con recelo, no necesitaba lujos, al contrario de sus enemigos, su gente estaba capacitada para sobrevivir en cualquier tipo de ambiente.

—Aún no lo decido, pero por lo pronto esta noche estará bien.

La mujer tomó un par de llaves que marcaban el número 12.

—Su habitación está en el segundo piso. ¿Puede llegar hasta ahí? No tenemos elevador y luce bastante agotado.

Para Banke, la dueña de la posada, era obvio que ese hombre era problemas, pero era más prudente no meterse en su camino.

—No se preocupe, puedo hacerlo. Ah, antes de todo, en un rato debe llegar un hombre, es muy parecido a mí, por favor hágamelo saber.

Banke asintió, ella era una mujer prudente y silenciosa.

Alessandro subió despacio y por instinto se llevó la mano a la herida para hacer un poco de presión y así aminorar el dolor tan intenso. Entró en la habitación y antes que nada revisó que todo estuviera bien. Esa era una costumbre que no podía abandonar después de haber sido traicionado en el pasado. Ningún sitio era seguro para el líder.

Arrojó su pequeña maleta a la cama y se dispuso a sentarse para nuevamente llamar a su hermano. El teléfono seguía sonando y Micah no respondía.

“Maldita sea, bien pueden matarme y este idiota no responde.”

Sacó su teléfono y marcó a su segundo al mando.

—Aristide, ¿Dónde está Micah? No responde llamadas. El guardaespaldas guardó silencio por un momento, después fue directo al grano.

—Micah no vendrá, Alessandro. Él, huyó con la modelo.

—¿Qué?

“¡Carajo!” Ahora si que estaba en problemas. En cuanto Spencer supiera que el que había huido con su prometida era su hermano, eso se pondría pesado.

Tenía que actuarse con inteligencia, tenía que tener la cabeza fría. Ellos no sabían esa información, de saberlo ya habrían comenzado una guerra. Entonces tenía que ser más listo que todos, no iba a permitir que su hermano muriera por una mujer que no valía la pena.

Pero ¿por qué carajos ella? De tantas mujeres que había en el mundo tenía que enamorarse de la novia de su enemigo. ¿Acaso era idiota? O ¿sólo tenía muchas ganas de morir?

¡Diablos! No sabía que hacer, todo era una jodida m****a que cada vez se ponía peor. Iba a hacer una locura, era la peor idea del mundo, pero iría a hablar personalmente con Ian Spencer para llegar a un acuerdo antes de que este se enterara que su hermano había escapado con su novia. Si, eso haría.

Si alguien debía morir ese era él, aunque todo se fuera al carajo después de eso. Entonces tomó nuevamente sus llaves para dirigirse hasta la mansión, aunque sabía bien que no podía pasar la seguridad. Pero hizo una locura aún más grande.

Tomó su teléfono y marco al número que tenía, pero que jamás había usado. El tercer timbrazo escuchó su voz.

—¿Sigues vivo? Me sorprendes.

Ese era un sujeto al que odiaba más que a nada en el mundo y escuchar su voz burlesca le molestaba aún más.

—Estoy en camino a tu casa para hablar.

No necesitaba cordialidades para poner en claro que esto era una jodida locura, iba a negar el hecho de que su hermano hubiese escapado con Francesca. No dió oportunidad a que Ian se negara, de inmediato cortó la llamada y pisó a fondo el acelerador.

No podía hacer mucho por su hermano ahora, pero hasta que todo se arreglara, debía encontrar la forma de no poner en riesgo a toda la organización. Podía sentir la tensión en su espalda mientras pensaba en las consecuencias de cada paso que daba. Ian Spencer era un hombre caprichoso, acostumbrado a conseguir lo que quería. Sabía que si descubrían la verdad, las cosas tomarían un rumbo irreversible. Y su hermano aún estaba perdido en medio de todo esto.

A medida que avanzaba por la carretera, su mente se llenaba de pensamientos oscuros. Su relación con Spencer no era precisamente amigable, pero algo en su interior le decía que, en este momento, el acercamiento era la única opción viable.

La mansión de Spencer estaba en la distancia. Alessandro sabía que entrar allí no sería fácil, pero ya había hecho cosas mucho más complicadas antes. Se sentó erguido, su mirada fija en la carretera mientras sus pensamientos se volvían más agudos. Si había algo que odiaba más que cualquier otra cosa era tener que recurrir a una alianza con alguien como Ian, pero esa era la jugada. La guerra abierta no era algo que le interesara, al menos no hasta que tuviera todo bajo control. Podía sentir que este era el momento, el único momento para poner fin a todo el caos, antes de que alguien más saliera herido. O muerto.

Cuando llegó a la mansión de Ian, no tenía idea de qué esperar. La seguridad era estricta, pero el líder de la mafia italiana sabía cómo moverse cuando se trataba de infiltrarse en lugares bien resguardados. No había forma de que lo detuvieran, pero su mente seguía dando vueltas, preguntándose qué diablo estaba haciendo. ¿De verdad estaba dispuesto a hacer esta jugada, a negociar con Spencer, o simplemente estaba buscando una forma de sobrevivir? Cualquiera que fuera la respuesta, sabía que no había vuelta atrás.

Al llegar a la puerta, un par de matones lo reconocieron. No era necesario un saludo. Simplemente, lo dejaron pasar, como si todo estuviera predeterminado.

La mansión de Ian era imponente, grande y llena de lujo. La opulencia de los lugares que solían frecuentar los capos de la mafia italianos no se comparaba con nada que él hubiera conocido. Pero no era ese el punto. Lo importante era que las conversaciones se llevarían a cabo allí, en ese preciso momento.

Alessandro no necesitaba palabras de cortesía. Se adentró en la mansión sin dudarlo. Ian lo esperaba en su oficina, detrás de un escritorio de madera oscura, con una copa de whisky en la mano. La sonrisa burlona que siempre lo caracterizaba no desapareció al verlo entrar.

—¿Qué te trae por aquí, Alessandro? —preguntó Ian con tono de provocación, como si estuviera completamente tranquilo.

—Una propuesta —respondió Alessandro, con firmeza. No tenía tiempo para juegos, no esta vez.

—¿Una propuesta? —La sorpresa cruzó el rostro de Ian, pero pronto se acomodó en su silla, evaluando la situación. La intriga lo dominaba—. ¿De qué tipo?

Alessandro dio un paso hacia adelante, confiado, pero sin dejar de vigilar cada detalle. Había llegado el momento de ofrecer la alianza que tanto tiempo había estado esperando, algo que ni Ian ni él se habían atrevido a proponer hasta ese momento. Ahora, con su hermano en peligro y la guerra a la vuelta de la esquina, era su única opción.

Fin capítulo 4

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