Beranda / Romance / ME CASÉ CON EL AMANTE SECRETO DE MI MADRE / Capítulo 4: El último regalo de mi padre

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Capítulo 4: El último regalo de mi padre

Penulis: Connie Clarke
last update Tanggal publikasi: 2026-08-18 18:51:05

—Lo último que tu padre dejó para ti.

Las palabras de Adrian permanecieron suspendidas entre nosotros mientras yo lo observaba, intentando comprender cómo podía existir algo que mi padre hubiera dejado específicamente para mí y que hubiera permanecido oculto durante dieciséis años.

Mi padre había muerto cuando yo tenía ocho años. Durante todo ese tiempo, había aprendido a vivir con la idea de que su ausencia era una herida que nunca terminaría de cerrar. Conservaba algunas fotografías, sus viejos relojes, una caja de madera con cartas de cumpleaños y los recuerdos que mi madre había decidido contarme, pero jamás había imaginado que existiera algo más.

Mucho menos algo que Adrian hubiera guardado para mí.

—¿Qué es? —pregunté.

Adrian no respondió inmediatamente. Su mirada permaneció sobre mí, como si estuviera intentando decidir cuánto podía decir sin romper algo que ya estaba demasiado frágil.

—Hay cosas que debes saber antes de abrir esa puerta.

—No quiero otra explicación.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía.

—Quiero la verdad.

Adrian sostuvo mi mirada durante unos segundos y finalmente sacó una pequeña llave de plata del bolsillo de su pantalón.

—Entonces ven conmigo.

Lo seguí por el pasillo.

Cada paso hacia la habitación del extremo este hacía que mi corazón latiera con más fuerza. Las letras de mi nombre, grabadas en la puerta oscura, parecían diferentes ahora que sabía que mi padre estaba relacionado con aquel lugar. Ya no parecían una amenaza; parecían una invitación que había tardado dieciséis años en recibir.

Adrian se detuvo frente a la cerradura.

—Tu padre me entregó esta llave tres días antes de morir.

Lo miré.

—¿Y te pidió que guardaras esta habitación durante dieciséis años?

—Me pidió que la mantuviera cerrada hasta que tú fueras lo suficientemente mayor para decidir por ti misma qué hacer con la verdad.

Mi pecho se contrajo.

—¿Por qué no me lo dijiste cuando cumplí dieciocho?

—Porque Victoria seguía vigilándote.

El nombre de mi madre hizo que algo dentro de mí se tensara.

—¿Mi madre sabía de esta habitación?

Adrian asintió.

—Sabía que existía.

—¿Y sabía que estaba aquí?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué nunca intentó abrirla?

Adrian introdujo la llave en la cerradura.

—Tal vez porque sabía lo que había dentro.

El mecanismo hizo clic.

La puerta se abrió lentamente.

Esperaba encontrar documentos, dinero, armas, fotografías comprometedoras o alguna otra prueba de la vida secreta de mis padres, pero nada de eso apareció ante mis ojos.

La habitación estaba llena de fotografías.

Fotografías mías.

Me quedé inmóvil.

Había una imagen de mí a los siete años sentada junto a mi padre en el jardín, otra de mi primer día de escuela, una de mi cumpleaños número ocho y varias que ni siquiera recordaba haber visto antes. En algunas aparecía mi padre; en otras, yo estaba sola, jugando, leyendo o caminando por los terrenos de nuestra antigua casa.

Me acerqué lentamente a una pared.

—¿Quién tomó todas estas fotografías?

Adrian permaneció junto a la puerta.

—Tu padre.

Negué con la cabeza.

—No puede ser. Él trabajaba casi todo el tiempo.

—Encontró la manera.

Tomé una fotografía entre mis dedos y la observé con cuidado. Era una imagen de mí dormida en un sofá, con una manta sobre las piernas y un libro abierto sobre el pecho.

—No recuerdo esto.

—No tenías que recordarlo.

—¿Por qué?

Adrian bajó la mirada.

—Porque algunas cosas fueron tomadas para que las recordaras algún día, no para que las recordaras entonces.

Sentí un escalofrío.

Seguí caminando hasta que vi un pequeño escritorio en el centro de la habitación. Encima había una caja de madera.

Mi nombre estaba escrito en la tapa.

Evelyn.

Reconocí inmediatamente la letra.

Me temblaron los dedos.

—Es de mi padre.

Adrian asintió.

Me acerqué, pero antes de tocar la caja me detuve.

—¿Sabías que esto estaba aquí?

—Sí.

—¿Sabías que llevaba mi nombre?

—Sí.

Lo miré.

—¿Y nunca pensaste en abrirla?

—No era mía.

Aquella respuesta me sorprendió.

—Podrías haberlo hecho.

—Podría haber hecho muchas cosas durante estos dieciséis años.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Pero tu padre me pidió que respetara las decisiones que tú tendrías derecho a tomar algún día.

Por primera vez desde que lo conocía, entendí que Adrian no había guardado aquellos secretos únicamente para controlar mi vida. Había permanecido en silencio porque alguien que ya no estaba vivo le había pedido que lo hiciera.

Y, de alguna manera, eso hacía que confiara un poco más en él.

Abrí la caja.

Dentro había un sobre.

Solo uno.

Mi nombre estaba escrito en el frente con la misma letra que había visto en cientos de tarjetas durante mi infancia.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.

—Es de él.

Adrian no dijo nada.

Tomé el sobre con ambas manos y lo abrí con cuidado. Dentro había varias hojas dobladas, amarillentas por el tiempo.

Desplegué la primera.

La primera línea hizo que mi respiración se detuviera.

Mi querida Evelyn:

Cerré los ojos por un instante.

No había escuchado la voz de mi padre en dieciséis años, pero aquella letra consiguió hacerlo presente de una manera que ninguna fotografía había logrado.

Continué.

Si estás leyendo esta carta, significa que ya eres lo suficientemente mayor para conocer una verdad que tu madre intentará mantener lejos de ti.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Miré a Adrian.

Él no apartó la mirada.

Volví a leer.

Victoria no es la mujer que crees que es.

Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el papel.

No.

No podía ser.

Mi madre podía ser fría, distante y controladora, pero seguía siendo la mujer que me había criado después de la muerte de mi padre. La mujer que había estado a mi lado cuando tuve fiebre, la mujer que me había enseñado a defenderme, la mujer que había pasado años diciéndome que mi padre me había amado más que a cualquier cosa en el mundo.

¿Cómo podía haber escrito mi padre algo así sobre ella?

Seguí leyendo.

No quiero que la odies. Quiero que comprendas que algunas personas pueden hacer cosas terribles mientras creen que están protegiendo aquello que aman.

Mi respiración se volvió más lenta.

Aquello no parecía una acusación.

Parecía una advertencia.

Tu madre ha cometido errores que quizá nunca pueda perdonarme por no haber detenido antes. Pero el peligro no comenzó con ella. Ella simplemente decidió convertirse en parte de él.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

Adrian permaneció en silencio.

—Adrian.

—Continúa leyendo.

Volví a bajar los ojos.

Si alguna vez escuchas que mi muerte fue un accidente, no lo creas.

La hoja tembló entre mis dedos.

Mi padre sabía.

Él sabía que podía morir.

Y, sobre todo, Evelyn, no confíes en nadie que te diga que el pasado debe permanecer enterrado.

Mis ojos recorrieron las siguientes líneas.

Entonces llegué a una frase que hizo que mi sangre se enfriara.

La persona que intentó destruirme no quería mi empresa. Quería algo que solo yo sabía.

Pasé rápidamente a la siguiente página.

Estaba arrancada.

—¿Qué...?

Revisé el sobre.

No había más hojas.

—Falta una parte.

Adrian se acercó.

—Sí.

—¿Quién la quitó?

Su mandíbula se tensó.

—No lo sé.

—Pero sabes quién podría haberlo hecho.

No respondió.

Me puse de pie.

—¿Fue mi madre?

Adrian sostuvo mi mirada.

—No tengo pruebas.

—Eso no es lo mismo que decir que no.

—No.

La honestidad de su respuesta me hizo sentir aún más inquieta.

—¿Qué ocurrió tres días después de que mi padre te entregara esta carta?

Adrian bajó los ojos durante un momento.

—Murió.

—Eso ya lo sé.

Mi voz se quebró.

—Quiero saber qué ocurrió realmente.

Adrian respiró profundamente.

—Tu padre descubrió que alguien dentro de su propia familia estaba trabajando contra él.

—¿Quién?

—Nunca logró decírmelo.

—Pero estaba investigándolo.

—Sí.

—¿Y mi madre?

Adrian levantó la mirada.

—Tu madre sabía que estaba investigando.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, mi teléfono comenzó a sonar.

Miré la pantalla.

Mamá.

Durante varios segundos no fui capaz de contestar.

Finalmente acepté la llamada.

—¿Evelyn?

Su voz sonaba extraña.

No era la voz de la mujer poderosa que conocía.

Era una voz cansada.

Asustada.

—¿Qué quieres?

Hubo una larga pausa.

—¿Abriste la habitación?

Mi corazón se aceleró.

—¿Cómo sabes que existe?

Mi madre respiró profundamente.

—Porque tu padre me dijo que algún día lo harías.

Miré a Adrian.

Su expresión había cambiado.

—Entonces dime la verdad.

La voz de Victoria tembló.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Estoy intentando descubrir quién mató a mi padre.

Silencio.

Después, mi madre susurró:

—Tu padre no murió por lo que descubrió.

Me quedé inmóvil.

—¿Entonces por qué murió?

Otra pausa.

Y entonces escuché algo que jamás había oído en la voz de mi madre.

Miedo.

—Porque intentó salvarte.

La llamada terminó.

Miré lentamente a Adrian.

—¿Salvarme de qué?

Él no respondió.

En cambio, su mirada se dirigió hacia una fotografía que estaba colgada al fondo de la habitación.

Una fotografía que yo no había visto antes.

Me acerqué.

Era mi padre.

Mi madre.

Y un adolescente que reconocí inmediatamente.

Adrian.

Pero había algo extraño.

Yo estaba en medio de ellos.

Y mi mano estaba agarrada a la de Adrian.

En el reverso de la fotografía había una fecha.

14 de agosto.

Mi cumpleaños.

Pero debajo de la fecha había una frase escrita por mi padre.

El día que Evelyn olvidó quién intentó matarla.

Mi corazón se detuvo.

Porque, por primera vez, comprendí que quizá mi memoria no había desaparecido por accidente.

Alguien se había asegurado de que olvidara.

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