Mag-log inRaihan percibió ese aroma, el olor de su compañera destinada, y su lobo interior no dejaba de repetir una y otra vez: «¡Es nuestra! ¡La hemos encontrado! ¡Es ella!»
Se quedó aturdido. Miró a su alrededor y en la habitación solo estaba Asya. No había ninguna otra mujer. Confundido, se acercó a ella. Se inclinó sobre su cuerpo, apoyando ambas manos a los lados de su cintura sobre el colchón, sosteniendo su propio peso para no aplastarla.
—Alfa... —susurró ella, extendiendo la mano con la intención de acariciar su mejilla. Sin embargo, justo antes de tocar su piel, retrajo la mano—. Quisiera tanto poder besarlo y estar con usted, pero aún no me he recuperado por completo y temo contagiarle mi enfermedad.
Raihan la observaba en silencio, pero sus mentes no estaban en la misma sintonía. Él no estaba pensando en eso; se había acercado solo para confirmar si el aroma provenía de ella. Y en ese instante se dio cuenta de la verdad: no. Llevaba meses teniendo una relación con Asya y jamás había sentido esa fragancia antes.
Ahora lo reafirmaba: el olor que le había golpeado los sentidos no era el de ella; eran totalmente distintos.
Enderezó su cuerpo y su mirada se fijó en el tubo insertado en el brazo de la mujer. Sus ojos viajaron entonces hacia la mesa. Allí, preparadas para la transfusión, descansaban dos bolsas de sangre. Estaban colocadas sobre una bandeja con paquetes de gel frío y cubiertas parcialmente con hielo, manteniendo la temperatura constante y baja necesaria para su conservación.
Raihan caminó hacia allí, tomó una de las bolsas y la acercó a su nariz. Entonces lo percibió: un aroma leve, pero que golpeó sus sentidos. Sin dudarlo, abrió el envase y la sangre comenzó a derramarse.
En ese momento, el olor desordenó todos sus pensamientos y nubló su juicio.
Asya quedó descolocada al ver la reacción de él. Observó la sangre derramada y lo miró con extrañeza.
—Alfa, ¿se encuentra bien? —preguntó—. ¿Por qué hizo eso?
Pero Raihan ya no podía concentrarse en ella. Su mente estaba nublada, dominada completamente por ese aroma que parecía perforarle la cabeza, el corazón y el alma.
Sin decir una palabra, soltó la bolsa vacía sobre la bandeja fría y se dio la vuelta, saliendo de la habitación a pasos largos y apresurados.
—¡Alfa! —llamó Asya, ofuscada—. ¿A dónde va?
Él no respondió, ni siquiera se detuvo. Al salir al pasillo, se encontró con una enfermera que, al verlo en ese estado, se alarmó. Sus ojos descendieron hasta sus manos manchadas de sangre, mostrándose inquieta.
—¡Alfa! ¿Qué ha sucedido?
—La dueña de la sangre que están utilizando para sanar a Asya —resaltó Raihan—, quiero verla. ¿Dónde está?
La enfermera, sorprendida pero sin atreverse a contradecirlo, asintió rápidamente.
—La llevaré con ella.
La mujer comenzó a guiarlo. Descendieron por una amplia escalera, cruzaron varios pasillos y finalmente se detuvieron frente a una puerta custodiada. Allí estaba D'Artagnan, el Beta de Argán.
—Alfa, ¿necesita algo? —preguntó él.
—Voy a entrar —soltó Raihan.
Antes de que D'Artagnan pudiera apartarse, Raihan ya lo estaba haciendo a un lado para empujar la puerta e ingresar al lugar. En cuanto lo hizo, el aroma lo invadió, mucho más puro y fuerte que antes. Allí estaba Asiget, amarrada a una silla.
En cuanto Raihan dio unos pasos hacia adentro, Asiget alzó la vista hacia él. No pudo sentirse sino sobrecogida ante la magnitud del hombre que tenía delante; se trataba de un varón de estatura imponente, complexión hercúlea y musculatura definida que denotaba una fuerza descomunal.
Su tez era de una palidez extrema y, lo que más resaltaba de su fisonomía, era que poseía albinismo: sus pestañas y cejas eran de un tono níveo, al igual que su pelo y el ligero vello que sombreaba su mandíbula, una barba incipiente que le otorgaba una imagen viril y maduro sin necesidad de ser abundante.
Sin embargo, lo que realmente la dejó estupefacta fue la fragancia que él desprendía. Su loba interior rugía con frenesí, agitada y eufórica, reconociendo a aquel que la Diosa Luna había designado para ella.
«¡Mi mate! ¡Mi lobo!»
Raihan avanzó hasta detenerse frente a Asiget. Se inclinó luego con elegancia peligrosa, apoyando ambas manos robustas sobre los apoyabrazos de la silla, arrinconándola y acercando su rostro hasta una distancia mínima.
Ante tal cercanía y autoridad, ella reaccionó por puro instinto encogiéndose un poco en su silla.
—Así que eres tú... —pronunció él—. Mi compañera. Mi mate.
Su rostro permanecía circunspecto, sin demostrar ninguna emoción.
—Una coja... —añadió después con un tono despectivo—. No sé cómo te atreves. ¿De verdad crees que puedes ocupar ese lugar?
Asiget tragó saliva y se quedó mirándolo. Aunque sus palabras eran de desprecio, su voz resultaba extrañamente hipnótica y sensual.
Sostuvo la mirada en aquel hombre de apariencia imponente, quedando inevitablemente atrapada en la intensidad de sus ojos azules, tan claros y penetrantes que parecían reflejar el mismo cielo.
—Yo ni siquiera sé quién eres tú —declaró ella, intrigada.
—Soy Raihan, el Alfa del Clan Argán —respondió el albino.
Apenas escuchó ese nombre, el semblante de Asiget cambió a una de horror. Era la primera vez que lo veía, pero había escuchado innumerables historias, y Aidan, en particular, no había cesado de hablar pestes sobre él.
Lo habían descrito como un ser despiadado, un lobo cruel que maltrataba a sus amantes y carecía por completo de empatía. Afirmaban que era egoísta hasta la médula, que utilizaba a los demás como meras herramientas para su propio provecho y que no dudaba en eliminar a quien dejaba de serle útil.
Para Asiget, él era el monstruo de las leyendas, y la idea de que la Diosa Luna hubiera unido su destino al de semenjante demonio la llenaba de desesperación. ¿Por qué tenía que ser precisamente él?
—Yo, en cambio, sé bien quien eres, Asiget —agregó Raihan—. Aidan te utilizó para llegar a un acuerdo conmigo a cambio de tu hermana.
Asiget sintió una punzada aguda en el pecho por la crudeza de la verdad que acababa de exponer.
Había intentado ser una buena esposa, había puesto su empeño en cumplir con su rol como Luna del Clan, en sostener a Aidan, en acompañarlo con lealtad y dedicación, incluso cuando sabía que su corazón no le pertenecía. Había sido paciente, comprensiva y, aun así, Aidan no dudó en descartarla.
De pronto, empezó a sentir dolor en el vientre y espalda baja, pero Raihan captó su atención con lo que dijo a continuación.
—Sin embargo, entiendo a Aidan. Después de todo, ¿para qué más podría servir una coja?
La indignación brotó en el pecho de Asiget. Aquella humillación era demasiado para soportarla en silencio.
—Es cierto que tengo una limitación física —replicó—, pero eso no define lo que soy ni mi valor.
—¿Quién te dio permiso para hablar? —inquirió—. No te he concedido ese derecho.
Entonces, inclinándose un poco más hacia ella, aspiró con profundidad, como si analizara su esencia misma, y su expresión cambió levemente, tornándose más compleja.
—Soy yo quien decide quién eres y cuál será tu propósito a partir de ahora. Aidan te envió para reemplazar a tu hermana, así que ahora me perteneces —sentenció.
De pronto, los párpados de Asiget comenzaron a sentirse pesados y se cerraron sin que pudiera impedirlo, en lo que su cabeza perdió toda estabilidad.
El cuerpo de Asiget cedió sobre la silla, como si toda la energía que la sostenía hubiese desaparecido de forma repentina, y aquello dejó a Raihan completamente desconcertado.
—Oye… —murmuró—. Oye, loba… ¡Asiget!
Verla así, con los ojos cerrados y el cuerpo inerte, provocó en él una sensación extraña, una de inquietud. La idea de que pudiera estar muerta cruzó su mente y aquello bastó para alterar completamente su habitual frialdad.
Entonces, comenzó a desatarla con movimientos rápidos, liberando sus muñecas y el resto de su cuerpo.
—¡D’Artagnan! —rugió con una voz potente—. ¡D’Artagnan!
El llamado no tardó en ser respondido. La puerta se abrió y su Beta apareció, sorprendido por la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Raihan ya había terminado de soltar las ataduras y cargó a Asiget en brazos.
—¡Llama al médico! —ordenó—. ¡Traigan a todos a mi habitación! ¡Ahora! ¡Si ella muere, todos morirán!
El sol de la tarde bañaba las majestuosas murallas de Argán con un destello dorado y cálido, anunciando el ocaso de una era y el florecer de una nueva historia.En todo el territorio del clan se respiraba un aire festivo y vibrante; las calles estaban adornadas con estandartes brillantes, las plazas olían a banquetes en preparación y la música se escuchaba en cada rincón.Argán entero estaba en celebración. No era un día cualquiera: se trataba de la víspera de la jornada más esperada en décadas.En las enormes puertas del castillo, Leonard aguardaba la llegada de los distinguidos invitados.Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada, la puerta se abrió para revelar a Nathan, el respetado Alfa de Midgar.Tras él descendió Daphne, luciendo resplandeciente, elegante y con la serenidad de una mujer que finalmente había encontrado la plenitud y el calor de hogar que tanto anhelaba.Junto a ellos bajó un niño de diez años: su hijo, el pequeño Enrique.—¡Leonard! —saludó Nathan, acorta
Raihan salió del cuartel, encontrando a Leonard esperando ansioso en las inmediaciones. Su hijo había intentado entrar con él a la reunión; sin embargo, el Alfa se lo prohibió, pues sabía que terminaría interviniendo por los Skargan en cada decisión.Durante veinte años, Leonard había abogado sin descanso por ellos: preguntando, intercediendo y solicitando cada vez más beneficios. Raihan había tenido que ponerle límites, recordándole que estaban cumpliendo una condena y que no podía pretender que vivieran como reyes.Al ver salir a su padre, Leonard se acercó a él.—¿Cómo te fue? ¿Qué pasó ahí adentro? ¿Qué dijeron? —preguntó sin rodeos.—Dijeron que se quieren quedar a vivir aquí —expuso Raihan.Una sonrisa amplia y radiante se dibujó en el rostro de Leonard. Raihan entornó los ojos, adivinando el trasfondo de su expresión.—Parece que tú ya lo sabías...—Pues sí, lo he hablado con Valentina. —Ya veo —comentó Raihan, cruzándose de brazos—. Así que prácticamente ya lo tenían planeado
[Años más tarde]Raihan se hallaba en el cuartel donde habían sido reunidos todos los miembros pertenecientes a la manada Skargan, el grupo nómada que años atrás había secuestrado a Leonard, pero que en realidad había sido condenado por ser declarado cómplice de Sergio tras el asesinato de los guardias en el puesto de mando de la frontera.Todos se encontraban allí presentes: Goran, el que había sido su líder, su hija Valentina y el resto de los miembros de la manada.Raihan se mantenía de pie frente a ellos con una postura imponente. Los contempló en silencio por unos segundos antes de tomar la palabra.—Han pasado veinte años desde que fueron declarados culpables y condenados a servir a Argán. He estado leyendo detenidamente cada uno de los informes. No me he perdido ni un solo documento que hablara sobre ustedes durante todo este tiempo... y debo decir que estoy realmente sorprendido. Han cumplido con sus responsabilidades sin protestar, sin intentar hacer las cosas a su modo o que
Daphne se encontraba dentro de una lujosa carroza, con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho.Estaba sumamente nerviosa; no dejaba de restregarse los dedos y jugar con sus manos para calmar la ansiedad. Tras un viaje bastante largo desde Argán, finalmente había llegado a su destino.La carroza se detuvo. Un criado le abrió la puerta y ella descendió con elegancia, apoyando los pies en el piso firmemente mientras alzaba la mirada para contemplar el majestuoso palacio que se erigía ante ella.Los portones principales se abrieron de par en par. Daphne comenzó a caminar hacia el interior mientras, a sus espaldas, varios empleados se encargaban de bajar sus pertenencias.Al adentrarse, su mirada fue directa hacia el centro del vestíbulo: allí la aguardaba Nathan, flanqueado por otras personas a sus espaldas. Se detuvo a un par de metros de distancia, esbozó una sonrisa radiante y realizó una reverencia.—Un gusto volver a verlo, Alfa de Midgar.Nathan sonrió.—Bienvenida a mi cl
Daphne se hallaba a horcajadas sobre Nathan, con la silueta de ambos despojada de toda vestidura. Su densa melena se derramaba libre sobre los hombros y la espalda, mientras sus labios se unían a los del Alfa en un beso devoto.Las manos grandes y masculinas de Nathan modelaban con lentitud la figura de la joven: ascendían por la curva de su cintura, descendían por el contorno de sus caderas y volvían a subir, memorizando cada centímetro de su piel suave.Daphne, con los brazos ceñidos alrededor de su cuello, deslizaba los dedos entre las hebras del cabello plateado de él, entrelazándolos con fascinación.El contacto de los senos de Daphne contra los pectorales de Nathan enviaba chispas a todo su cuerpo. Cada vez que sus pezones rozaban la piel tibia del Alfa, un estremecimiento recorría su columna, erizándole la piel por completo.Nathan bajó el ritmo de sus besos hacia la mandíbula de la joven, descendió por la curva de su cuello, lambió y succionó con deleite, dejando un rastro de
El corazón de Daphne comenzó a latir a un ritmo desenfrenado. La idea de que Nathan la quisiera llevar a su territorio, de que hablara con tanta devoción de convertirla en su esposa, la llenaba de un gozo inmenso.Sin embargo, aun en medio de tanta emoción, la prudencia y el realismo de Daphne salieron a la superficie.—Alfa... —articuló con cierta timidez—. Casarme con usted significaría que yo sería la Luna de Midgar.—Exactamente —respondió Nathan—. Ocuparás ese lugar tan importante a mi lado, y juntos lideraremos la manada.—Pero... yo no estoy calificada para ocupar una posición tan imponente como esa —confesó con el alma al desnudo—. He sido una empleada la mayor parte de mi vida. No sé hacer otra cosa... No tengo los conocimientos ni la preparación para guiar a todo un clan.—Todo eso se puede resolver. Ya verás, encontraré la solución a todo.El Alfa desprendió una de sus manos del agarre y posó la palma sobre la mejilla de Daphne.—Escucha... quiero que vengas conmigo a Midga







