LOGINAlexander no esperó más. Con un movimiento brusco la levantó y la llevó hasta la cama principal, recostándola con fuerza pero sin llegar a lastimarla. El vestido negro quedó hecho un desastre entre los dos. Lo subió por los muslos, por las caderas, hasta dejarla expuesta ante él. Sus manos grandes recorrieron la piel suave y abundante de Valeria con una avidez casi desesperada, apretando, memorizando, reclamando.— Eres mía esta noche — gruñó contra su cuello, mientras se deshacía de su propia ropa con movimientos torpes por la urgencia —. Toda.Valeria cerró los ojos con fuerza. Su cuerpo reaccionaba a pesar de ella. Cada caricia le arrancaba un temblor, cada roce de su boca le provocaba un calor traicionero entre las piernas. Pero en su mente el conflicto era brutal.Es el primero… el hombre que me gustaba en secreto, mi primer amor. Me hace sentir vista, deseada, como si este cuerpo que siempre escondí de verdad le importara. Pero me está obligando. No es amor. Solo me está usando.
Valeria forcejeó con todas sus fuerzas cuando Alexander finalmente la acorraló contra la pared del pasillo. Su respiración era agitada, el vestido negro se le había subido un poco por la carrera y el corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.— ¡Suéltame! — gritó, empujándolo.Él apenas se inmutó. Su cuerpo era más grande, más fuerte, y la tenía completamente inmovilizada. Entonces Valeria, desesperada, levantó la rodilla con fuerza y se la clavó entre las piernas.Alexander soltó un gruñido ahogado y se dobló ligeramente hacia adelante. El dolor le nubló la vista por un segundo… pero en lugar de enfurecerse del todo, soltó una risa ronca, casi rota.— Joder… — murmuró, todavía recuperando el aire —. Eres la primera. La primera que se pone tan difícil. La primera que me duele… y que al mismo tiempo me pone todavía más duro.Le agarró la muñeca con más fuerza y la giró, pegándola de nuevo contra la pared. Su otra mano bajó y le apretó con fuerza una nalga, hundiendo los dedos e
Las horas pasaban lenta y vertiginosamente en el reloj de pared, en la pantalla de su celular, en el reloj de mano de algún otro empleado, y le hacía sentir ligeros nervios en el estómago para Valeria, algo en sus rodillas temblorosas le indicaban que Alextander estaba planeando algo sospechoso, pero mientras pasaban los minutos, ella no podía dejarse llevar por aquellos pensamientos, respira hondo y exhala suavemente, podía con esto, ella puede. Finalmente la hora indicada había llegado, Valeria se detuvo frente a la puerta del penthouse con el corazón latiéndole con fuerza. Llevaba puesto el vestido negro que Alexander le había comprado semanas atrás: el mismo que marcaba cada curva de su cuerpo con una precisión casi cruel. Se pasó las manos por la falda, intentando calmarse, y finalmente empujó la puerta.El lugar estaba en completa penumbra.Solo la luz de la ciudad entraba a través del enorme ventanal de cortinas abiertas, dibujando rayas plateadas
Valeria llegó al café antes de que abrieran las luces del lobby. Encendió las máquinas, horneó la primera tanda de croissants y se puso el delantal negro con movimientos precisos. Había dormido poco, pero su rostro no lo delataba. El muro que había levantado seguía firme.Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron a las 8:15 a.m., ella ya sabía quién venía.Alexander Blackwood apareció impecable, traje gris oscuro, corbata perfectamente anudada y esa expresión de quien está acostumbrado a que el mundo se detenga a su paso. Se acercó al mostrador con paso seguro.— Cappuccino doble con canela extra — pidió, sin saludar.Valeria preparó el café en silencio. Ni una sonrisa. Ni un roce innecesario. Cuando se lo entregó, sus dedos no se tocaron.— Aquí tiene, señor Blackwood. Que tenga un excelente día.Él no tomó la taza de inmediato. Se quedó mirándola.— ¿Señor Blackwood otra vez?— Es lo correcto — respo
Al día siguiente Valeria llegó temprano al café. Preparó las máquinas con movimientos precisos, casi mecánicos. Había dormido poco, pero su expresión era serena. Fría. El dolor de la cláusula secreta y de las palabras de Alexander todavía le quemaba el pecho, pero ya no pensaba mostrárselo.Cuando la puerta se abrió y él entró, ella no levantó la vista de inmediato.— Cappuccino doble con canela extra — pidió Alexander con su voz habitual, arrogante y controlada.Valeria preparó el café en silencio y se lo entregó sin rozarle los dedos.— Aquí tiene, señor Blackwood.Él frunció ligeramente el ceño ante el tratamiento formal.— ¿Señor Blackwood otra vez?— Es lo que corresponde — respondió ella con calma—. Usted es mi jefe. Y yo soy solo la otra parte del contrato.Alexander se quedó mirándola unos segundos. Había una ligera sombra de culpa en su mirada… pero la arrogancia la tapó rápido. Recordó la noche anterior: su cuerpo temblando debajo de él, la forma en que lo miró, el hecho de
Valeria despertó con el cuerpo todavía sensible y el corazón lleno de una esperanza tonta. La cama a su lado estaba vacía, pero las sábanas aún conservaban el calor de Alexander. Se giró, esperando encontrarlo… y solo halló silencio. Se levantó despacio, se puso una de sus camisas que había quedado tirada en el suelo y bajó a la cocina con el estómago hecho un nudo de ilusión. Alexander ya estaba allí. Impecable. Traje negro, corbata perfecta, expresión fría. Bebía café negro como si la noche anterior no hubiera existido. — Buenos días — dijo ella, con voz suave, casi tímida. Él levantó la vista. Sus ojos la recorrieron un segundo… y luego se apartaron. — Buenos días. El chofer te llevará al café en quince minutos. Tengo una reunión importante. Valeria parpadeó, confundida. — ¿Eso es todo? ¿Después de… anoche? Alexander dejó la taza sobre la isla de mármol con un golpe suave pero firme. — Anoche fue parte del contrato, Valeria. Nada más. Cumpliste. Yo también. No hay que dram







