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CAPÍTULO 15: LO QUE NO ESTABA ENSAYADO

Author: Maxxi Mendoza
last update publish date: 2026-09-14 20:17:34
Elías llegó al parque botánico con diez minutos de anticipación, tal como le había recomendado Maya. Llevaba una camisa blanca sin corbata, las mangas arremangadas hasta el antebrazo, y un reloj que no necesitaba revisar porque el pulso le marcaba la hora con una insistencia que no lograba calmar. Lizzy lo esperaba junto a la entrada de los invernaderos, con un vestido verde que se confundía con las hojas de los helechos gigantes y una sonrisa que parecía ensayada, pero que a Elías le resultó ge
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    El viernes llegó demasiado rápido. Maya lo supo porque, desde primera hora de la tarde, Elías no dejó de enviarle mensajes. Primero le preguntó si debía llevar la planta en una bolsa de papel o en una caja. Después quiso saber si la tarjeta debía ir dentro del envoltorio o entregarse por separado. Finalmente le envió una fotografía de dos camisas y le pidió que eligiera cuál debía ponerse. Maya contempló la pantalla de su teléfono, incrédula. Elías: ¿Azul oscuro o gris? Maya: La que quieras. Elías: Necesito una respuesta concreta. Maya: Azul oscuro. Elías: ¿Por qué? Maya: Porque te lo digo yo. Elías: Ese no es un argumento. Maya: Y esta conversación no es una auditoría. Ponte la azul y deja de molestarme. Elías respondió con un pulgar levantado. Maya dejó el teléfono sobre la barra y soltó una carcajada. —¿Ahora también le eliges la ropa? —preguntó Julián. —Es una camisa. —Claro. Primero le eliges la camisa, después la corbata, luego el apartament

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    Maya llevaba veinte minutos mirando la misma taza. No porque tuviera algo especial. Era una taza blanca, común y corriente, con una pequeña grieta cerca del asa que Julián llevaba semanas prometiendo retirar del inventario. Lo que ocurría era que tenía la mente en otra parte, y cuando Maya pensaba demasiado en algo que no quería admitir, cualquier objeto se convertía en una excelente excusa para dejar de trabajar. —Si sigues frotando esa taza, vas a terminar borrándole el color —comentó Julián desde la máquina de espresso. Maya bajó la mirada hacia sus manos. —Estoy limpiándola. —Claro. Y yo estoy preparando una tesis sobre las propiedades medicinales del café. Ella dejó la taza sobre la barra. —¿No tienes nada que hacer? —Tengo muchísimo. Por ejemplo, observar cómo la asesora sentimental más famosa de este establecimiento está a punto de sufrir un colapso porque su cliente se va a una cita. Maya lo miró con una expresión asesina. —No voy a sufrir ningún colapso.

  • MI ULTIMA CITA A CIEGAS   CAPÍTULO 15: LO QUE NO ESTABA ENSAYADO

    Elías llegó al parque botánico con diez minutos de anticipación, tal como le había recomendado Maya. Llevaba una camisa blanca sin corbata, las mangas arremangadas hasta el antebrazo, y un reloj que no necesitaba revisar porque el pulso le marcaba la hora con una insistencia que no lograba calmar. Lizzy lo esperaba junto a la entrada de los invernaderos, con un vestido verde que se confundía con las hojas de los helechos gigantes y una sonrisa que parecía ensayada, pero que a Elías le resultó genuina. —Llegaste puntual —dijo ella, extendiendo la mano. —Y tú llegaste antes —respondió él, estrechándosela con una firmeza que le sorprendió a sí mismo. —Quería elegir un buen lugar antes de que oscureciera. —¿Y cuál elegiste? Lizzy lo guió por un sendero de piedra volcánica que serpenteaba entre palmeras enanas y estanques cubiertos de nenúfares. El aire olía a tierra mojada y a flores que Elías no sabía nombrar. Caminaron en silencio durante un par de minutos, y él recordó las pal

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    Maya no durmió bien. La conversación con Lizzy le había dejado un sabor amargo, como si hubiera mordido una fruta verde sin darse cuenta. Se despertó antes del amanecer, con el estómago revuelto y una pregunta martillándole la cabeza: ¿por qué le molestaba tanto que Elías hubiera encontrado a alguien compatible? Se obligó a ducharse con agua fría, a vestirse sin mirarse al espejo, a salir del apartamento sin revisar el teléfono. Pero al llegar al café, Julián la recibió con una ceja levantada. —Tienes cara de que el gato te robó el desayuno —dijo él, secando vasos con un trapo que parecía más sucio que los propios vasos. —No tengo gato. —Por eso mismo. Los gatos huelen el mal humor. Maya le arrebató el trapo y lo lanzó al fregadero. No tenía energía para sus malos chistes. Encendió la máquina de espresso, colocó las tazas en su lugar y se ató el delantal con movimientos bruscos. Cada ruido de la cafetería le recordaba que Elías no había llegado todavía, y eso la inquietaba más

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    Maya cerró la caja registradora con más fuerza de la necesaria.El sonido seco del cajón deslizándose fue lo único que rompió el silencio de la cafetería, ya casi vacía. Faltaban quince minutos para cerrar y, por primera vez en meses, deseó que Elías no regresara esa tarde, como lo venía haciendo después de que tenía una cita para su retroalimentación.Pero regresó.Como siempre.Se sentó en la mesa ocho, aunque esta vez no llevaba computadora. Solo su teléfono. Y una sonrisa que no intentaba disimular.Maya fingió no verlo durante exactamente cuarenta y siete segundos. Los contó mentalmente mientras acomodaba unas tazas que ya estaban perfectamente alineadas.—¿Vas a ignorarme todo el día? —preguntó él finalmente.Ella levantó la vista.—Estoy trabajando y quiero terminar rápido para irme temprano a casa.—Lo sé, pero técnicamente yo también soy tu trabajo.Maya asintió sin mayor emoción.—¿Y tu laptop? Hoy finalmente decidiste no registrar esta cita —preguntó, pues a pesar de que ya

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    El correo llegó un martes por la mañana, justo cuando Elías estaba a punto de cerrar la laptop al terminar de trabajar. Lo reconoció al instante: el mismo asunto genérico, la misma estructura pulcra, el mismo lenguaje demasiado optimista para alguien que había pasado semanas acumulando silencios incómodos frente a desconocidas. “Tenemos una nueva coincidencia para ti”. Elías suspiró. Durante un segundo pensó en enviárselo a Maya y programar una nueva cita, pero se arrepintió y simplemente lo ignoró, incluso contra esa pequeña esperanza que se negaba a morir en él. Llevaba días sin citas y se empezaba a sentir más a gusto consigo mismo. Tal vez, una parte de él comenzaba a creer que las apps y el porcentaje de compatibilidad no siempre eran efectivos. Quiso llamar a Maya, contarle lo que pensaba, pero entonces, antes de que pudiera marcar, entró su llamada. —Hola, Maya… no vas a creer lo que acabo de hacer… —dijo con cierta emoción en sus palabras, pero ella ni siquiera lo no

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