ログインMaya cerró la caja registradora con más fuerza de la necesaria.El sonido seco del cajón deslizándose fue lo único que rompió el silencio de la cafetería, ya casi vacía. Faltaban quince minutos para cerrar y, por primera vez en meses, deseó que Elías no regresara esa tarde, como lo venía haciendo después de que tenía una cita para su retroalimentación.Pero regresó.Como siempre.Se sentó en la mesa ocho, aunque esta vez no llevaba computadora. Solo su teléfono. Y una sonrisa que no intentaba disimular.Maya fingió no verlo durante exactamente cuarenta y siete segundos. Los contó mentalmente mientras acomodaba unas tazas que ya estaban perfectamente alineadas.—¿Vas a ignorarme todo el día? —preguntó él finalmente.Ella levantó la vista.—Estoy trabajando y quiero terminar rápido para irme temprano a casa.—Lo sé, pero técnicamente yo también soy tu trabajo.Maya asintió sin mayor emoción.—¿Y tu laptop? Hoy finalmente decidiste no registrar esta cita —preguntó, pues a pesar de que ya
El correo llegó un martes por la mañana, justo cuando Elías estaba a punto de cerrar la laptop al terminar de trabajar. Lo reconoció al instante: el mismo asunto genérico, la misma estructura pulcra, el mismo lenguaje demasiado optimista para alguien que había pasado semanas acumulando silencios incómodos frente a desconocidas. “Tenemos una nueva coincidencia para ti”. Elías suspiró. Durante un segundo pensó en enviárselo a Maya y programar una nueva cita, pero se arrepintió y simplemente lo ignoró, incluso contra esa pequeña esperanza que se negaba a morir en él. Llevaba días sin citas y se empezaba a sentir más a gusto consigo mismo. Tal vez, una parte de él comenzaba a creer que las apps y el porcentaje de compatibilidad no siempre eran efectivos. Quiso llamar a Maya, contarle lo que pensaba, pero entonces, antes de que pudiera marcar, entró su llamada. —Hola, Maya… no vas a creer lo que acabo de hacer… —dijo con cierta emoción en sus palabras, pero ella ni siquiera lo no
Maya llegó a su apartamento pasadas las once de la noche, con el cuerpo cansado y la mente demasiado despierta. Cerró la puerta con cuidado, por pura costumbre, como si alguien pudiera quejarse del ruido… aunque vivía sola desde hacía años. El lugar era pequeño, pero funcional. Un sofá viejo de segunda mano que crujía al sentarse, una mesa redonda que servía para todo, desde comedor hasta escritorio o incluso mesón de cocina, pues su cocina era tan estrecha que tenía que decidir si abría la nevera o el cajón de los cubiertos, porque ambas cosas al mismo tiempo eran imposibles, y no había mesón, solo el lavaplatos y la estufa. Dejó las llaves en el platón de cerámica junto a la puerta, se quitó los zapatos y caminó descalza hasta la cocina. Abrió la nevera y la miró con resignación: leche, huevos, un trozo de queso y un envase de comida recalentada que llevaba ahí más días de los que quería admitir. —Mañana —murmuró—. Mañana cocino algo decente. Se sirvió un vaso de agua y apoyó
A partir de ese día, todo empezó a moverse. No con grandes eventos, sino con cosas pequeñas. Pequeñas, pero importantes. *** Una tarde, Maya se acercó con dos cafés y se sentó sin preguntar. —Hoy no tienes citas —dijo—. Cancelé la de hoy. Él la miró, alarmado. —¿Qué? ¿Por qué? —Porque llevas cinco días seguidos conociendo gente nueva —respondió—. Necesitas un descanso. —Pero el plan… —El plan incluye que no te desgastes —lo interrumpió ella—. Hoy tu cita eres tú mismo. —Eso suena… deprimente y desgastante. —Solo si eres mala compañía. ¿Eres mala compañía, Elías? Él dudó. —No lo sé. —Pues vamos a averiguarlo. Yo seré tu cita, entonces. Ese día no hablaron de aplicaciones, ni de perfiles, ni de potenciales candidatas. Hablaron de música. —No te imagino escuchando música —dijo ella, riéndose. —¿Por qué? —Tienes cara de silencio. —Escucho jazz —respondió—. Y música clásica cuando trabajo. —Eso confirma
El sábado olía a café recién molido, a lluvia lejana y a nervios. Maya revisaba la hora en el móvil mientras caminaba de un lado a otro detrás de la barra. —Relájate tú también —dijo Julián—. Parece que la cita fuera tuya. —Es mi paciente —respondió ella—. Si sale mal, es mi reputación como asesora la que queda dañada. —¿Tu reputación dónde? —se burló él. No le contestó, porque en ese momento Elías entró por la puerta. Traje azul oscuro, camisa azul claro, zapatos impecables. El pelo, como siempre, perfectamente peinado hacia atrás, ni un solo mechón fuera de lugar. Maya lo miró de arriba abajo, se cruzó de brazos y negó con la cabeza. —No. —¿No qué? —preguntó él, confundido. —Así no —sentenció—. Pareces un gerente de banco a punto de negarle un crédito a la muchacha. —Este es mi atuendo habitual. —Ese es el problema. Lo arrastró, literalmente, hacia el pasillo del baño. —Maya… —protestó él. —Shhh! Confía en mí. O finge que confías. Lo paró frente al
El calendario del café marcaba octubre. La pizarra del día decía: “Especial de la casa: capuchino con canela”. Y la servilleta de la mesa 12 estaba a punto de convertirse en el documento estratégico más importante de la vida sentimental de Elías. —Necesitamos un plan —dijo Maya, ya sentada, con la lengua entre los dientes mientras dibujaba cuadros y flechas. —Pensé que el contrato era el plan —comentó él. —No, eso solo es el marco legal de tu desastre —respondió ella—. Esto es el plan real. Dibujó una línea de tiempo. —Mira: octubre, noviembre, diciembre. Tres meses. Objetivo: que a más tardar el 31 de diciembre estés con una mujer que, mínimo, te provoque quedarte en la misma mesa sin mirar el reloj. —Eso no es un objetivo técnico. —No estamos en una auditoría —dijo ella—. Estamos en “operación: que dejes de ser tan infeliz”. Empezó a enumerar en voz alta: —Primero: dejarás de salir con mujeres solo porque cumplen los requisitos de







