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️ Capítulo 18 — “El eco del alma”️

作者: LEFenix
last update publish date: 2026-09-08 10:21:39

La mañana se filtraba con una luz dorada que apenas lograba colarse entre las cortinas. El silencio del apartamento era tan profundo que podía escucharse el tic-tac del reloj mezclado con el leve zumbido del viento que rozaba los ventanales. Valentina despertó con la sensación de haber vivido un sueño demasiado vívido para ser real.

Por un momento permaneció inmóvil, observando el techo, intentando separar los recuerdos de la noche anterior de lo que su corazón seguía sintiendo. La cena, las miradas cruzadas, el vestido color vino, el vino derramado, el gesto protector de Mateo… Todo seguía allí, flotando en su mente como fragmentos de una película que no podía detener.

Sus dedos rozaron la sábana, buscando consuelo en el tacto.

—¿Qué fue todo eso? —susurró, apenas audible, como si temiera que las paredes pudieran responderle.

Recordó cómo los ojos de Mateo habían cambiado de tono cuando la miró: primero fríos, disciplinados, llenos de control… luego cálidos, desarmados, casi vulnerables. Era como si dentro de él convivieran dos hombres distintos, separados por una línea invisible. Mateo Han y Han Joon, el hombre público y el alma escondida.

Quizá, pensó, esa dualidad era su verdadera prisión… y también su mayor encanto.

Un leve sonido la sacó de sus pensamientos.

El tintineo de un cascabel anunció la llegada del pequeño Chewbacrazy, que trepó hasta su cama con la elegancia torpe de siempre. Se acurrucó sobre su pecho, y el ronroneo llenó el silencio con una melodía tibia, casi sanadora.

Valentina sonrió débilmente, acariciando su pelaje.

—Buenos días, mi amado peludo —murmuró con ternura—. ¿Sabías que hay una leyenda que dice que los gatos pueden ver entre dimensiones? Que distinguen lo que nosotros no podemos: la luz, la oscuridad… y los corazones verdaderos.

El gato ronroneó más fuerte, como si respondiera.

—Dime, Chewie… —continuó ella, en voz baja—, ¿crees que Mateo me va a herir? ¿O su corazón será lo bastante fuerte para romper esa dualidad que lo encierra y mostrar quién es realmente? —Hizo una pausa, como si temiera la respuesta—. ¿Podrá dejar de ser el Mateo que el mundo espera y convertirse, por fin, en Han Joon… el hombre que se atrevió a sentir?

Los ojos del gato se abrieron lentamente, reflejando la luz que entraba por la ventana.

Valentina sintió un nudo en la garganta y lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su pelaje.

—A veces pienso que sería más fácil si no lo hubiera conocido —susurró, la voz quebrada—, pero luego recuerdo cómo me mira… y todo el caos se vuelve poesía.

El reloj marcó las diez de la mañana, Valentina se peino se cepillo los dientes y se dispuso a disponerse a preparar el desayuno.Mientras lo hacia cerró los ojos, dejando que el ronroneo del gato se mezclara con sus pensamientos, y por un instante, sintió que entre ese sonido y el eco de su respiración, aún podía escuchar la voz de Mateo repitiendo su nombre:

Mafalda…

El sonido del timbre la hizo sobresaltarse.

Por un segundo pensó que era Laura, como cada domingo, trayéndole panecillos y su risa habitual. Se limpió las mejillas con la manga del suéter, aún con el gato acurrucado en su regazo, y fue hacia la puerta con pasos lentos. El cascabel tintineó otra vez, como si acompañara el eco de sus pensamientos.

Al abrir, la sorpresa le secó la voz.

Mateo estaba allí, sosteniendo dos cafés. Llevaba una sudadera gris y el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera salido de casa sin pensarlo demasiado. La mañana lo bañaba con una luz pálida, y por un instante, Valentina creyó ver en su mirada el mismo desorden que sentía dentro de sí: una mezcla de culpa, ternura y algo más que no se atrevía a nombrar.

—Pensé que te vendría bien un café —dijo él, con una sonrisa apenas visible—. No pude dormir mucho anoche.

El corazón de Valentina dio un salto.

No era la sonrisa de “Han Joon” —esa máscara tranquila y perfecta que mostraba al mundo—, sino la del Mateo que había aprendido a temer y desear al mismo tiempo.

Detrás de ellos, el viejo tocadiscos comenzó a sonar, como si tuviera vida propia.

Las primeras notas de “Is This Love to You” llenaron la habitación, y el aire se volvió casi tangible, denso, suspendido entre ambos.

Ella se apartó para dejarlo pasar.

El gato se enroscó en la esquina del sofá, observando con sus ojos de otro mundo, mientras Mateo dejaba las tazas sobre la mesa.

—No sé por qué vine —admitió él de pronto, con la voz quebrada—. Solo... necesitaba verte. Todo lo que pasó ayer me está dando vueltas en la cabeza.

Valentina lo miró fijamente.

—¿Y qué es exactamente lo que te da vueltas, Mateo? ¿La culpa... o el miedo de sentir?

Él desvió la mirada, respirando hondo.

—Ambas cosas. Pero también algo más. —Sus dedos rozaron la taza—. Cuando te miro, siento que todo lo que soy se desordena. Y no sé si eso es bueno o peligroso.

Ella se acercó un poco más, con la voz apenas un susurro.

—Tal vez las dos cosas a la vez. Las emociones verdaderas casi nunca son seguras.

Por un momento, la canción llenó el silencio entre ellos, con esa voz rasgada que hablaba del amor como una pregunta sin respuesta.

Valentina lo observó en silencio, y dentro de sí, sintió que su gato tenía razón en algo que ni siquiera podía decir con palabras: a veces, lo que duele también es lo que más enseña.

Valentina respiró hondo, sosteniendo la taza caliente entre las manos.

El vapor ascendía como si quisiera dibujar palabras no dichas entre ambos.

—Ya que estás aquí —dijo finalmente, alzando la mirada—, lo mejor será hablar sin rodeos.

Mateo asintió, sin decir nada.

Ella sintió que su voz temblaba, pero continuó:

—¿Recuerdas el reto del que te hablé? Ese donde te pedí un mapa que me guiara entre tus silencios…

—Sí —respondió él, con una media sonrisa—. Dijiste que querías entender quién soy realmente.

—Exacto. Pero hoy el reto lo pongo yo —prosiguió ella, bajando la vista por un instante—. Y antes de hablar del tuyo, quiero hablarte del mío.

Mateo la miró con atención. Había algo en su tono, una mezcla de fragilidad y valor que lo desarmó.

—Soy una chica normal y sencilla —empezó—, con la autoestima bajo el subsuelo. A veces sufro de ataques de ansiedad, y Laura siempre está pendiente de mí, aunque viva lejos. Se lo prometió a mi madre antes de que ella muriera. Soy un caos en las relaciones; de hecho, mi último novio lo tuve a los veinticinco.

Sonrió con ironía, pero sus ojos brillaron con un dejo de tristeza.

—Y a Laura se le ocurrió la brillante idea de abrirme una app de citas…

—Sí, ya lo sé —la interrumpió Mateo con suavidad, anticipándose—. Enviaste una invitación equivocada... a mí.

Valentina lo miró, sorprendida por la ternura que destilaban sus palabras.

—Exacto. Y mira el caos que se creó a partir de eso. Tú, Mateo… aún estás con Claudia. Ella es perfecta, hermosa, y lo sabes. Yo no soy competencia para alguien como ella.

El silencio cayó entre ambos. Solo se oía la aguja del tocadiscos, arrastrando su nostalgia sobre el vinilo.

Mateo dio un paso hacia ella, sus ojos, oscuros y serios, buscaron los de Valentina.

—Lo que no sabes —dijo en voz baja— es que llevo tiempo observándote desde un rincón de la oficina. Te he visto quedarte dormida sobre el escritorio cuando el cansancio te vencía. Te he visto llegar con el cabello despeinado y aun así iluminar el pasillo.

Una sonrisa leve cruzó sus labios.

—También fui yo quien estacionaba su carro en tu puesto solo para verte rabiar. Nunca lo analizaste, ¿verdad? Puedo aparcar donde quiera, en los lugares ejecutivos incluso, pero… lo hacía por verte enojada. Tus reacciones me sacaban sonrisas cuando todo lo demás me asfixiaba.

Valentina lo miró, incrédula, mientras el corazón le retumbaba en el pecho.

Mateo continuó, acercándose un poco más:

—Yo era un trozo de hielo… uno que ni siquiera yo lograba romper. Y tal vez, solo tal vez, deseé que todo esto sucediera.

Sus palabras quedaron suspendidas entre ambos, junto a la voz de Bryant Barnes que seguía repitiendo “Is this love to you…”.

El gato, desde el sofá, levantó la cabeza como si comprendiera la gravedad del momento.

Y Valentina, por primera vez, no supo si lo que temía más era su propia vulnerabilidad… o la posibilidad de que él realmente la sintiera.

Valentina intentó no perder la compostura, aunque el peso de las palabras de Mateo se le clavaba como un temblor en el pecho.

Él permanecía de pie frente a ella, tan sereno que su calma resultaba inquietante.

—¿Sabes? —dijo finalmente Valentina, rompiendo el silencio—. Aún no entiendo por qué tú tenías esa app.

Mateo bajó la mirada, giró la taza entre sus dedos y sonrió con un dejo de ironía.

—Yo tampoco lo entiendo del todo. Fue… un impulso.

—¿Un impulso? —repitió ella, con incredulidad.

Él respiró hondo, buscando las palabras adecuadas.

—Supongo que… necesitaba recordar que aún podía sentir algo. —Alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los de ella—. Con Claudia todo se volvió… predecible. Perfecto en apariencia, vacío en esencia. Ella es hermosa, brillante, ambiciosa… pero con el tiempo, nuestras conversaciones se llenaron de silencios que no construyen, sino que desgastan.

Valentina lo observó, atenta. Cada palabra que salía de él parecía más una confesión que una explicación.

—Abrí la app una noche —prosiguió—, no para buscar a alguien, sino para distraerme del ruido en mi cabeza. Y ahí… apareció tu nombre. Tu perfil tenía un error, una foto borrosa, sin poses, sin pretensiones. Fue eso lo que me llamó la atención.

Valentina sonrió apenas, nerviosa.

—¿Y decidiste aceptar la invitación por curiosidad?

—No. —Mateo negó con suavidad—. Lo hice porque algo en ti me resultó… real.

Hubo un instante de silencio absoluto. Ni el reloj se atrevió a marcar el tiempo.

Él se acercó un poco más, bajando el tono de su voz.

—Claudia siempre fue la mujer que todos esperaban que tuviera. La hija del socio, la imagen perfecta del hombre que aparenta tenerlo todo. Pero contigo… —hizo una pausa— contigo no hay apariencias. Hay caos, risas, silencios incómodos… y una calma que no sabía que necesitaba.

Valentina tragó saliva, sin poder sostenerle la mirada.

—No digas eso, Mateo. No puedes comparar lo que tenemos con una relación de años.

—No la estoy comparando. —Su voz sonó más grave, más sincera—. Solo digo que hay cosas que uno siente una vez, y si las ignora, se condena a vivir a medias.

Las palabras quedaron flotando en el aire, tan frágiles y verdaderas que dolían.

El gato, desde el sillón, soltó un leve maullido, rompiendo el hechizo.

Mateo sonrió apenas.

—No vine a confundirte, Valentina. Vine porque me di cuenta de que tú fuiste el mapa que pedías. No para guiarte a mí, sino para recordarme a mí mismo quién soy cuando dejo de ser Han Joon.

Ella lo miró en silencio. Su respiración era un hilo, y el eco de la canción seguía repitiendo, suave y melancólico:

“Is this love to you…”

El silencio se hizo espeso. Las palabras de Mateo flotaban entre ellos, cargadas de verdad y peligro.

Valentina bajó la vista, respirando con dificultad.

—Mateo… —dijo apenas—, no puedes decirme todo eso y esperar que no me afecte.

Él se acercó, lentamente, hasta quedar frente a ella. Sus ojos eran un torbellino de emociones que ya no podía contener.

—No espero que no te afecte —susurró—. Solo quiero que sepas lo que hay detrás de este caos.

La cercanía era insoportable. El aire se volvió más denso, más cálido. Valentina sintió que el corazón se le desbordaba en el pecho.

Mateo alzó una mano y la acarició con la yema de los dedos, apenas rozándole el rostro.

—No deberías mirarme así… —murmuró ella, temblando.

—¿Y cómo quieres que te mire, Valentina? Si desde anoche no he dejado de pensar en ti.

Sus labios se encontraron en un beso breve, temeroso, pero tan cargado de necesidad que el mundo pareció detenerse.

No hubo prisa, solo la certeza de que ambos estaban cruzando un límite invisible.

Cuando se separaron, Valentina mantuvo los ojos cerrados unos segundos más, intentando recuperar el aliento.

—No puedo… —susurró, abriendo lentamente la mirada—. No mientras sigas con Claudia.

Mateo la miró, con un gesto de culpa y comprensión a la vez.

Ella prosiguió, con voz serena pero firme:

—La señora Han, tu madre me dijo anoche sobre el vestido que me obsequiaste lo siguiente “este tipo de hanbok simboliza elegancia y respeto. Representa a quien lo lleva como alguien fuerte, pero sensible… alguien capaz de sostener su propia historia mientras honra sus raíces.

Es decir que el amor sin claridad solo destruye. Y no quiero convertirme en una sombra más en tu historia.

El silencio volvió, pesado y hermoso.

Mateo asintió despacio, con una tristeza profunda que no trató de ocultar.

—Tienes razón —dijo al fin—. No mereces eso… y yo no quiero seguir siendo el hombre que no se atreve a elegir.

Valentina bajó la vista, acariciando a su gato que se había acurrucado junto a ella.

—Entonces el mapa sigue ahí, Mateo. Pero ahora el camino depende de ti.

Él sonrió apenas, con esa mezcla de dolor y esperanza que solo dejan los amores imposibles.

—Lo encontraré, Valentina. Aunque tenga que perderme para hacerlo.

Y con esas palabras, se marchó.

La puerta se cerró suavemente, y el eco del clic se mezcló con la respiración de Valentina que se quedó en silencio, observando la taza de café sobre la mesa, aún tibia, y sintió que, por primera vez, el caos dentro de ella tenía nombre.

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