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Capítulo: Nueva diseñadora

Author: Luna Ro
last update publish date: 2026-10-17 07:54:38

Un mes después

La sala de juntas de Luna Trece estaba llena.

Los principales socios de la compañía habían sido convocados a una reunión extraordinaria

Durante las últimas semanas, los rumores sobre Federico Cantú se habían extendido por toda la industria de la moda.

Aseguraban que seguía hundido en la depresión después de la muerte de su hija, mientras que otros afirmaban que su ausencia de los eventos empresariales era una señal de que había perdido el interés en la compañía.

Lo único cierto era que Federico llevaba demasiado tiempo sin aparecer públicamente.

Y Verónica Solís, su exesposa, estaba decidida a aprovecharlo.

Las enormes puertas se abrieron, interrumpiendo las conversaciones.

Verónica entró con un elegante vestido color crema, el cabello perfectamente peinado y una sonrisa que transmitía una seguridad casi provocadora.

A su lado caminaba Aldo Mirellez, gerente de MacStyle, una empresa de moda de bajo costo que aspiraba a ganar terreno frente a las grandes firmas del sector.

La presencia de ambos no pasó inadvertida.

Algunos socios intercambiaron miradas. Otros bajaron la voz para comentar la situación.

Todos conocían la relación entre Verónica y Aldo, aunque ninguno se atrevía a mencionarla abiertamente frente a ellos.

Verónica ya no conservaba acciones de Luna Trece, pero actuaba como socia.

Oficialmente, su presencia no estaba justificada; sin embargo, muchos sospechaban que utilizaba esa posición para obtener información que pudiera beneficiar a MacStyle.

Ella no se molestaba en desmentirlo.

Al fin y al cabo, mientras Federico permaneciera ausente, todavía podía sacar provecho de aquella situación.

Tomó asiento y dejó su bolso sobre la mesa. Después, recorrió el lugar con la mirada, deteniéndose en la silla vacía de la cabecera.

—Veo que Federico todavía no se presenta —comentó, fingiendo preocupación—. Es una lástima. Espero que se encuentre mejor.

Uno de los socios carraspeó.

—El señor Cantú no ha informado que vaya a ausentarse de manera definitiva.

—Por supuesto. No estoy diciendo eso —respondió ella con dulzura—. Solo me preocupa que esté tomando decisiones importantes en un momento tan complicado para él.

Aldo permaneció a su lado, observándola con discreción.

Verónica sabía perfectamente cómo actuar. Durante años había aprendido que una sonrisa y unas palabras de preocupación podían resultar mucho más útiles que una amenaza directa.

—Después de una tragedia como la que vivió, cualquiera necesitaría tiempo para recuperarse —continuó—. Pero Luna Trece no puede detenerse indefinidamente. Hay empleados, contratos y socios que dependen de esta compañía.

Esta vez, varios presentes asintieron.

Era exactamente la reacción que buscaba.

—Si Federico necesita ayuda, yo estoy dispuesta a colaborar —añadió—. A pesar de nuestro divorcio, le deseo lo mejor. Siempre será alguien importante en mi vida.

Aldo disimuló una sonrisa.

Qué mujer tan hábil. Podía hablar de amor y preocupación mientras calculaba cuánto podía obtener de una empresa que ya no controlaba.

—Aunque, naturalmente —prosiguió Verónica—, si su estado emocional le impide cumplir con sus responsabilidades, tendremos que considerar qué es lo mejor para Luna Trece.

La puerta volvió a abrirse.

Federico Cantú acababa de entrar.

Verónica perdió la sonrisa.

Por un instante, creyó que se había equivocado de hombre.

El Federico que tenía delante no se parecía al hombre vulnerable que había imaginado encontrar. Vestía un traje oscuro impecable, llevaba el cabello perfectamente arreglado y caminaba con la serenidad de quien no necesitaba demostrarle nada a nadie.

Su rostro era frío.

Su mirada, implacable.

Era el hombre que ella había conocido años atrás, el empresario cuya sola presencia bastaba para imponer silencio en una sala llena de personas acostumbradas a salirse siempre con la suya.

Federico ni siquiera la saludó.

Caminó hasta la cabecera de la mesa, dejó una carpeta frente a él y observó a los socios.

—Buenos días. Gracias por asistir. No les quitaré demasiado tiempo.

Se sentó y abrió la carpeta.

—Tenemos dos asuntos que resolver.

Verónica recuperó la compostura, aunque sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del bolso.

—El primero —continuó Federico— es la dirección creativa de Luna Trece. Después de revisar los últimos resultados y el desempeño de nuestro equipo, he decidido terminar la relación laboral con Paolo Lyre. Su salida es efectiva a partir de hoy.

Un murmullo recorrió la mesa.

—¿Ya tomaste esa decisión? —preguntó Verónica, incapaz de ocultar su sorpresa—. Paolo tiene experiencia. No puedes despedirlo sin más.

Federico levantó la mirada.

—Puedo hacerlo dentro de mis facultades y conforme a los procedimientos de la empresa. La documentación correspondiente ya está preparada.

Deslizó una hoja hacia los socios.

—Pronto conocerán al nuevo diseñador de Luna Trece. Estoy convencido de que su talento nos permitirá recuperar la posición que nunca debimos perder.

De pronto, la puerta se abrió.

—Ella es la nueva diseñadora de mi empresa Luna Trece, Amelia Macedo.

Verónica y Aldo alzaron la vista, incrédulos, y ante ellos, estaba esa mujer, la exesposa sumisa y traicionada, ahora parecía renacida y poderosa frente a ellos.

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