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Capítulo: Negociar con el dolor

작가: Luna Ro
last update 게시일: 2026-10-17 07:54:34

—Amelia, ¿no quieres que Aldo sufra por lo que te hizo.

—Quiero que Aldo pague.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Quiero que pague por todo lo que me hizo. Por haberme quitado mi empresa, por haberme dejado sin nada... por haber matado a mi hijo.

—Entonces, hagámoslo, únete a mí, vamos a hacerlos pagar.

—Pero… ¿y si descubren que esto solo es un matrimonio por despecho? —dijo con miedo y dudas.

El hombre sonrió.

—Déjalos, que piensen lo que sea, lo importante será verlos caer.

Él le tendió una mano, como si con eso fuesen a sellar un trato.

Amelia sintió miedo, pero cuando recordó su dolor, las palabras de Aldo sobre su hijo neonato, sobre cómo le robó todo sin piedad, finalmente su corazón se llenó de rabia, tomó la mano.

“Aldo debes pagar por el dolor de perder a mi hijo”

Ella subió al auto con ese hombre.

***

El chofer condujo hasta detenerse frente a una enorme mansión.

Amelia permaneció en silencio durante todo el trayecto.

Cuando el automóvil finalmente se detuvo, Amelia levantó la mirada.

Frente a ella se alzaba una mansión elegante, imponente, demasiado grande para una mujer que en ese momento sentía que no tenía absolutamente nada.

El chofer bajó del vehículo y abrió la puerta.

—Hemos llegado.

—Será tu nuevo hogar —dijo el hombre.

La palabra hogar le produjo un extraño escalofrío.

No estaba segura de poder llamar así a ningún lugar después de todo lo que había ocurrido.

Había perdido a su hijo. Había perdido la vida que creía tener asegurada.

Y, sin embargo, allí estaba.

—Ven, Amelia. Debes descansar.

Ella lo siguió sin decir una palabra.

La mansión era incluso más impresionante por dentro.

Los pisos brillaban, las paredes estaban decoradas con cuadros elegantes y enormes ventanales dejaban entrar la luz de la tarde.

Pero Amelia apenas prestaba atención.

Su corazón estaba demasiado ocupado intentando sobrevivir.

El hombre la condujo hasta una habitación.

—Puedes quedarte aquí. Nadie te molestará.

Amelia miró la cama.

—Debes descansar. Has pasado por mucho.

Ella tragó saliva.

—¿Cuándo…?

El hombre se volvió hacia ella.

—¿Cuándo qué?

Amelia apretó los dedos.

—¿Cuándo haremos todo eso?

Él comprendió inmediatamente a qué se refería.

La venganza. Todo aquello que habían hablado mientras ella estaba destrozada.

El hombre suspiró.

—Poco a poco.

Amelia levantó la mirada.

—Pero ellos…

—Ellos se casarán en un mes —la interrumpió—. Tenemos tiempo suficiente para que te recuperes. No puedes presentarte frente a ellos estando enferma.

Amelia bajó la mirada. Sabía que tenía razón.

Todavía estaba demasiado débil.

Pero había algo dentro de ella que comenzaba a despertar.

Una parte de Amelia que había permanecido enterrada durante demasiado tiempo.

—¿Y nosotros? —preguntó finalmente.

Él la miró fijamente.

—Nos casaremos un día antes que ellos.

Amelia sintió que su corazón daba un pequeño vuelco.

—¿Un día antes?

—Sí.

Él se acercó un poco.

—Cuando llegue ese día, todo estará preparado. No tendrás que preocuparte por nada. Verás, Amelia… todo saldrá bien.

Ella no respondió.

Solo lo observó mientras él salía de la habitación.

La puerta se cerró.

Y entonces llegó el silencio.

Amelia permaneció inmóvil durante algunos segundos.

Después caminó lentamente hasta la cama y se sentó.

Sus manos temblaban. Miró alrededor.

Aquella habitación era hermosa.

Pero no podía sentir felicidad.

Porque, por mucho lujo que la rodeara, había algo que nadie podía devolverle.

Su bebé.

Amelia cerró los ojos. Entonces recordó lo único que todavía conservaba.

Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un pequeño par de zapatitos.

Eran diminutos. Tan pequeños que cabían perfectamente en la palma de su mano.

Los había tejido durante las noches que soñaba con tener un hijo.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Bebé…

Su voz se quebró.

—Por favor… espérame.

Se llevó los zapatitos a los labios.

—Un día podrás volver al vientre de mamá. Te lo prometo.

Lloró en silencio.

—Esta vez voy a ser fuerte. Voy a hacer todo lo necesario para que vuelvas a mí. Nadie volverá a arrebatarte de mí.

Durante varios minutos permaneció abrazada a aquellos pequeños zapatitos.

Hasta que finalmente se obligó a levantarse.

Caminó hasta el espejo. Su reflejo la observó desde el otro lado.

Tenía los ojos hinchados. El rostro pálido. Parecía una mujer derrotada.

Pero Amelia no quería seguir siendo esa mujer. Se limpió las lágrimas.

—Te di todo de mí, Aldo.

Su voz comenzó a endurecerse.

—Te amé.

Respiró profundamente.

—Confié en ti. Y tú me pagaste con la peor traición que pudiste darme.

Amelia levantó el mentón.

—Pero se acabó.

Miró fijamente su propio reflejo.

—Ahora voy a demostrarte algo, Aldo.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Sin mí… eras nada.

 

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