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Capítulo 3

作者: Mariposa Lisker
—Señorita Ortiz, no se deje engañar por esa cara de víctima. Yo confié demasiado en él en aquel entonces, y por eso Castel nunca pudo volver a dedicarse a la fotografía.

—Eduardo, por querer ganarle a Castel en el concurso de fotografía, no solo buscaste a esos maleantes para obligarlo a posar para fotos indecentes, sino que además lo acusaste de hacer trampa en el concurso. Si yo no hubiera llegado a tiempo, Castel casi se quita la vida.

Al escuchar eso, la mirada de Francisca se volvió helada de golpe.

—¡Lárgate de aquí! Si sigues arruinando la boda, te voy a cobrar, una por una, todas las que le hiciste a Castel, hasta que…

Me levanté tambaleándome.

Antes de que Francisca terminara de hablar, bajé tambaleándome del crucero y corrí directo hacia la avenida junto al puerto.

Un camión de carga venía a toda velocidad.

Pero justo cuando cerré los ojos para esperar el impacto, Francisca me empujó con fuerza.

***

Francisca se arrastró hasta mí con una pierna herida por el impacto y me sujetó del cuello de la camisa.

—¿A quién quieres darle lástima con tu numerito de querer matarte? ¿Crees que así voy a ablandarme?

Al mismo tiempo, sonó la alerta del sistema.

[Usuario, se detecta que el nivel de afecto de Francisca hacia ti está aumentando. ¿Deseas continuar con la conquista?]

Miré a Francisca con sorpresa, pero la vi ordenándole a su asistente que cancelara la boda.

Francisca pareció notar mi mirada y levantó los ojos hacia mí.

Yo aparté los ojos con calma.

—No.

Ahora solo quería volver a casa.

Después de que el chofer me llevó de regreso, descubrí que tenía varias raspaduras en el cuerpo. Tenía la piel cubierta de sangre y suciedad; estaba hecho un desastre.

Busqué desinfectante para limpiarme las heridas, pero de pronto derribaron la puerta de mi habitación de una patada.

Paloma entró furiosa y me pateó el abdomen.

—¿Dónde escondiste a Castel? Si le pasa algo, te juro que voy a hacer que desees estar muerto.

Francisca y Aita entraron detrás de ella y me miraron con una hostilidad evidente.

—Con razón has estado montando una y otra vez este show de querer matarte. Seguro era para cubrir tu crimen. Te lo advierto: si a Castel le pasa algo, te mato con mis propias manos.

Pero ¿yo qué iba a saber dónde se había escondido otra vez?

Sin embargo, sus palabras me hicieron entender algo.

Como todas se preocupaban tanto por Castel, quizá de verdad perderían la razón por su desaparición.

Y entonces me matarían.

Al ver que no hablaba, una chispa de odio cruzó los ojos de Francisca.

—Parece que, si no te hacemos sufrir un poco, no vas a abrir la boca.

Tomó una botella de alcohol y me la echó directo sobre las heridas. Un dolor punzante me atravesó de golpe, y el sudor frío me empapó la frente.

Pero ellas no pensaban detenerse. Ordenaron a los guardaespaldas que me sujetaran.

Paloma sostenía unas pinzas metálicas al rojo vivo, mientras Francisca seguía echando alcohol sobre mis heridas.

Entonces entré en pánico.

Sí, quería morir, pero no quería que me torturaran hasta la muerte.

Forcejeé con todas mis fuerzas. De pronto, uno de los guardaespaldas me golpeó la nuca con un palo.

La sangre me corrió por la frente. Mi cuerpo temblaba tanto que ya ni siquiera tenía fuerzas para gritar.

—Mátenme de una vez…

Al ver que seguía resistiéndome, Francisca tomó un cuchillo y caminó hasta quedar frente a mí.

La punta fría y brillante del cuchillo quedó a solo un centímetro de mi ojo izquierdo.

—¿Crees que así te vamos a tener lástima? Te lo pregunto por última vez. ¿Dónde está Castel?

Levanté la cabeza con el rostro pálido y reuní mis últimas fuerzas para sonreír con arrogancia.

—¿Castel? Lo maté. Tiré su cadáver al mar para que se lo comieran los tiburones. ¿No lo aman todas? ¿No querían casarse con él? Pues ese sueño ya no se les va a cumplir. Vamos, mátenme para vengarlo.

Los ojos de Francisca se enrojecieron de furia.

Con fuerza, clavó el cuchillo en mi pecho.

En el último segundo, una voz familiar hizo que su mano se desviara un poco.

Me desplomé en el suelo.

Justo antes de que mi conciencia se desvaneciera, escuché la voz de Castel.

—¿Por qué están todos aquí? Qué bueno, justo compré postres para ustedes. Ah… ¿por qué hay tanta sangre?

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