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Me Obligaron a Ser Madre de Trillizos
Me Obligaron a Ser Madre de Trillizos
Author: Patricia Miranda

Capítulo 1

Author: Patricia Miranda
—Voy a bajar un momento. Regreso enseguida.

Vi a Hugo inclinado junto a la entrada, poniéndose los zapatos, y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Había vuelto al pasado.

—Quédate aquí tranquila, amor. Cuando vuelva, te traeré de la pastelería, el pastel de castañas que tanto te gusta, ¿sí?

Al oír aquel tono cariñoso, sentí una punzada en el pecho.

Hasta el momento de mi muerte, nunca había logrado entenderlo.

Habíamos sido novios durante tres años y llevábamos cinco de casados. Nos amábamos profundamente y nunca nos habíamos sido infieles.

En mi historial médico no constaba ningún embarazo ni parto, y los estudios tampoco mostraban señales de que hubiera dado a luz.

Los tres niños tampoco tenían ningún parentesco biológico con él.

Sin embargo, en mi vida anterior él había insistido en que eran míos.

Incluso me había obligado a renunciar a una fortuna de varios millones y marcharme con las manos vacías.

¿Por qué?

Hasta descubrir la verdad, no podía permitir que Hugo saliera de casa.

Cuando extendió la mano hacia la puerta, corrí hasta él, salté y me aferré a su espalda.

—No salgas, amor. Tengamos un hijo. Ahora mismo.

Su cuerpo se tensó y su voz se volvió un poco ronca.

—¿Ahora? ¿Por qué tanta prisa? Si de verdad queremos tener un bebé, primero tendríamos que prepararnos.

Me aferré con más fuerza.

—¡No me importa! Ven a bañarte conmigo.

Solo podía pensar en una cosa: si teníamos un hijo propio, quizá dejaría de obsesionarse con aquellos tres niños desconocidos y yo podría evitar la tragedia de mi vida anterior.

Hugo terminó cediendo. Acabábamos de entrar al baño cuando, a las seis en punto de la tarde del 7 de julio, sonó el timbre de nuestro departamento, ubicado en la zona sur de la ciudad.

—¡Voy a abrir!

Como si hubiera estado esperando aquella señal, Hugo corrió hacia la entrada.

Me lancé tras él para detenerlo, pero ya era demasiado tarde.

La puerta se abrió.

Del otro lado había tres niños idénticos. Al fondo del pasillo, las puertas del ascensor acababan de cerrarse, pero no alcancé a ver quién los había dejado allí.

Hugo se volvió hacia mí con el rostro iluminado y repitió exactamente las mismas palabras que en mi vida anterior:

—¡Amor, ven a ver a nuestros hijos! ¡Se parecen muchísimo a ti!

Sentí que todas mis fuerzas me abandonaban y retrocedí tambaleándome.

—Nunca te he sido infiel. ¿Cómo podrían ser hijos míos?

La sonrisa de él desapareció al instante. Me señaló y gritó:

—¡Son tuyos y punto! ¡Es evidente que tú los diste a luz! ¡No intentes negarlo! ¡Hoy reconocerás que son tus hijos, quieras o no! ¡Ni se te ocurra abandonarnos!

Su rostro mostraba la misma locura que en mi vida anterior.

Esta vez no reaccioné con desesperación ni intenté defenderme a gritos.

Solté un suspiro y pregunté con calma:

—Dices que son mis hijos. Un embarazo de nueve meses siempre deja rastros, ¿no? ¿Dónde están las pruebas? Llevamos ocho años juntos. Puedo mirarte a los ojos y jurarte que jamás te he traicionado ni he hecho nada contra nuestra familia.

Mi voz reflejaba una perplejidad sincera.

—No entiendo por qué insistes en decir que estos tres niños de origen desconocido son míos.

Hugo reaccionó como si lo hubiera ofendido de la peor manera. Se le marcaron las venas de la frente y volvió a señalarme.

—¿Pruebas? ¡Ellos son la prueba! ¡Paula Barrera, nunca imaginé que pudieras ser tan despreciable! ¡Son tus propios hijos! ¿Ni siquiera quieres reconocerlos como tus hijos? ¡Me has decepcionado!

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