LOGINEn medio de la fiesta de compromiso, cuando la torre de champán ya iba por la mitad, el celular de Marcos Harrison sonó. Me miró fijo y soltó, serio: —Tengo que irme. Lilia se desmayó en el aeropuerto. —Si te vas, lo nuestro se acaba —le respondí con firmeza. De todos modos, se fue... justo frente a doscientas personas. Cargó a Lilia Harrison en brazos —llevaba el abrigo que yo le había regalado— y se fue en mi auto. Al día siguiente recibí un correo: "Lilia se mudará a mi departamento. Me necesita. Ojalá lo entiendas. Cuando se recupere, tú y yo nos casamos. Confía en mí." Me quedé mirando la pantalla y, sin darme cuenta, solté una carcajada. Al final, no era a "quien lo amaba" a quien quería, sino a "quien lo necesitaba". Y yo, por ser tan autosuficiente, no le servía. Esa noche busqué un número en la agenda: el de alguien a quien jamás tomé en serio, pero que me había esperado por veintitrés años. Llamé. —Mañana a las siete, en el restaurante frente al mar.
View MoreLa cara de Lilia se quedó completamente descolorida.Miró a Marcos, luego a mí, y de repente pareció entender que todo había terminado.En su cara se mezclaron el pánico, la desesperación y, al final, algo que se transformó en pura locura.—¡Perfecto! —se levantó de un salto, gritando, casi desgarrándose la voz—. Si ya está todo a la vista, entonces yo tampoco voy a seguir fingiendo.—Sí, te engañé —le escupió a Marcos—. Me acerqué a ti por dinero, solo por eso.Luego me señaló a mí.—¿Y tú, Clara? ¿Te crees muy santa, muy superior? Tuviste suerte, nada más. Te colgaste de Ethan Roberts y ahora te queda perfecto el papel de mujer perfecta.Se inclinó hacia adelante.—Si no fuera por él, ¿qué serías? Una pobre desgraciada a la que dejaron tirada.Soltó una risa rota, casi histérica.—Por lo menos yo admito que voy detrás del dinero. ¿Y tú? ¿Tanta pose? ¿Esa farsa de amor verdadero, mujer herida y digna? ¿No te da vergüenza tu actuación?Luego se giró otra vez hacia Marcos.—Y tú tampoco
A la tarde siguiente, Marcos apareció en el despacho de abogados hecho polvo.Lilia venía colgada de su brazo, pero ya no tenía nada que ver con la niña frágil de antes.Llevaba ropa de marca de pies a cabeza, el pelo perfectamente peinado y un maquillaje impecable.Lo más llamativo, sin embargo, era su mirada: altiva, orgullosa, con un brillo de triunfo que no intentaba disimular.Cuando me vio, se le dibujó en los labios una sonrisa cargada de veneno.—Vaya, Clara —dijo, con una ironía clarísima en la voz—. Cuánto tiempo sin vernos.Me escaneó de arriba abajo sin ningún pudor.—He oído que últimamente no te va nada mal —añadió—. Te conseguiste a Ethan Roberts; se nota que estás en tu mejor momento.Se inclinó un poco hacia mí y bajó la voz, como si estuviéramos compartiendo un secreto.—Pero, ¿sabes qué? Marcos igual me escogió a mí.—Aunque tuviera que casarse con otra, decidió mantenerme a su lado.Me miró directamente a los ojos y sonrió.—¿Y tú? Tú, que te creías tan por encima d
Un mes después, la boda de Marcos se celebró tal como se había planeado.La novia era Emilia Rawlings, hija única de un senador: hermosa, elegante, bien educada, con todos los atributos que el círculo social consideraba perfectos.La ceremonia tuvo lugar en la iglesia más lujosa del centro, llena de flores, con los vitrales iluminados por la luz y las bancas ocupadas por los apellidos más conocidos de la alta sociedad.Yo también recibí la invitación, pero no fui.Ethan se quedó conmigo en casa y vimos la transmisión en vivo.—¿Te vas a arrepentir alguna vez? —me preguntó, sin apartar la vista de la pantalla.—No —respondí—. Solo me parece triste.—¿Por él?—Por Emilia —aclaré—. Ella no tiene idea de con quién se está casando.Ethan apretó mi mano, sin decir nada.En la televisión, Marcos y Emilia intercambiaron anillos y se dieron el beso de rigor.Todo se veía impecable: la pareja perfecta, la boda perfecta, la foto perfecta. Pero yo sabía que todo era una fachada.Y, como era de esp
Tres días después recibí el informe del investigador privado.Mientras leía, la cara se me iba poniendo cada vez más seria.Al mismo tiempo, la familia Harrison también estaba en apuros.Desde el escándalo mediático, los negocios de los Harrison se habían desplomado y Diana había terminado internada de tanto coraje.—Marcos —dijo ella, débil, recostada en la cama del hospital—. Ya me puse en contacto con la familia Rawlings.—¿La familia Rawlings? —Marcos se quedó helado.—Sí, la familia del senador —explicó Diana—. Tienen una hija, Emilia: veintiséis años, graduada de Stanford, muy dulce y educada. Y lo más importante: su influencia en la política nos puede ayudar a salir de esto.—Mamá, no me digas que pretendes que yo... —la cara de Marcos cambió de inmediato.—Que te cases con ella —Diana fue directa—. Es nuestra única salvación. Los Rawlings están dispuestos a ayudarnos, pero quieren una alianza.—Mamá, no quiero —dijo Marcos en voz baja—. En mi corazón solo cabe... solo cabe Clar
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