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Noventa y nueve veces te perdoné

Noventa y nueve veces te perdoné

에:  Simp-pático Inocente참여
언어: Spanish
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¿Cuánto me llegó a amar mi esposa? En aquel entonces, me pidió noventa y nueve veces que nos casáramos. Fue recién a la centésima cuando su insistencia terminó por conmoverme. El día de nuestra boda, le regalé noventa y nueve vales de reconciliación. Prometimos que, mientras le quedara uno solo, yo nunca me iría de su lado. Tras cinco años de casados, ella canjeaba un vale cada vez que salía a ver a su alma gemela. Al usar el número noventa y siete, ella notó de pronto que algo en mí había cambiado. Ya no había lágrimas ni escenas, ya no le suplicaba que se quedara a mi lado. Una vez, mientras ella perdía la cabeza por atender a su joven y mimado secretario, le pregunté en voz baja: —Si te vas con él, ¿puedo cobrar un vale de reconciliación? Se quedó pasmada un segundo y, extrañamente, cedió: —Está bien. Total, apenas habremos usado unos sesenta. Úsalo si quieres. Asentí y la dejé irse. No se imaginaba que era el noventa y siete. Ni que solo nos separaban dos vales del final.

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1화

Capítulo 1

Hoy se celebró por todo lo alto que el Grupo Herrera ganó el proyecto de la zona este.

Para mí, sin embargo, era apenas mi tercer día fuera del hospital tras la cirugía de hígado.

Pero en cuanto el jovencito que Elsa tiene por secretario se trajo abajo la pirámide de copas y bañó en champaña a uno de los socios, la primera reacción de Elsa fue proteger al muchacho.

Luego, sin dudarlo, me ordenó:

—Nelson Lima, discúlpate con el señor Santos.

Me quedé helado, sin poder creerlo.

Incluso el socio se mostró incómodo y señaló a Manuel con fastidio:

—Señora Herrera, la culpa fue de este tipo. Solo pido que sea él quien se disculpe.

A Manuel se le llenaron los ojos de lágrimas y, queriendo dar lástima, jaló a Elsa de la manga buscando refugio.

Ella le acarició la mano con suavidad y luego me dirigió una mirada cargada de una frialdad absoluta:

—¿Qué haces ahí parado? Anda, ofrécele una copa al señor Santos. Si una no basta, que sean dos. Y si no, tres... los que hagan falta para que se le pase el coraje.

Parecía haber olvidado por completo que acabo de salir del hospital y que tenía prohibido el alcohol. O quizás, simplemente le daba igual.

El murmullo de los invitados empezó a correr a mis espaldas. Podía sentir cómo me miraban con lástima.

Para todos era evidente que yo no tenía la culpa, pero también estaba claro que Elsa no pensaba dar su brazo a torcer: estaba decidida a proteger a Manuel a toda costa.

Quise plantarme y decir que no, pero Elsa leyó mis intenciones. Movió los labios para decirme en silencio: "Vale de reconciliación."

Me quedé frío. Recordé que, para convencerme de ir al altar, Elsa me lo pidió noventa y nueve veces, y las noventa y nueve veces le dije que no.

Pensé que se daría por vencida, pero a la número cien, reunió a toda mi familia y amigos para jurarme frente a ellos:

—Nelson, en este mundo no quiero a nadie más que a ti. Si hoy no aceptas, seguiré insistiendo hasta que me des el sí y seas mi esposo.

Conmovido por la entrega de su amor, acepté.

Aquella noche de bodas, para demostrarle que el sentimiento era mutuo, mandé a hacer noventa y nueve vales de reconciliación.

Fue nuestro pacto: mientras nos quedara uno solo, nunca nos separaríamos.

Durante los primeros tres años, Elsa los cuidó mucho y no gastó ninguno.

Pero todo cambió cuando apareció Manuel. En apenas dos años, ya se había gastado noventa y seis.

Y hoy, frente a todos, estábamos agotando el número noventa y siete.

Apreté la copa con toda mi fuerza. Con una sonrisa forzada, me acerqué al socio.

—Señor Santos, permítame brindar por usted.

El hombre suspiró, restándole importancia al asunto, y me dijo que con un sorbo era suficiente.

Pero yo, ignorando el aviso de mi propio cuerpo, le sostuve la mirada y me tomé la copa de vino tinto de un solo trago.

De reojo, vi cómo Elsa le dio un toquecito en la nariz a Manuel con ternura, mientras le decía con dulzura:

—Tontito, no corras así la próxima vez. ¿Y si te haces daño?
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