로그인¿Cuánto me llegó a amar mi esposa? En aquel entonces, me pidió noventa y nueve veces que nos casáramos. Fue recién a la centésima cuando su insistencia terminó por conmoverme. El día de nuestra boda, le regalé noventa y nueve vales de reconciliación. Prometimos que, mientras le quedara uno solo, yo nunca me iría de su lado. Tras cinco años de casados, ella canjeaba un vale cada vez que salía a ver a su alma gemela. Al usar el número noventa y siete, ella notó de pronto que algo en mí había cambiado. Ya no había lágrimas ni escenas, ya no le suplicaba que se quedara a mi lado. Una vez, mientras ella perdía la cabeza por atender a su joven y mimado secretario, le pregunté en voz baja: —Si te vas con él, ¿puedo cobrar un vale de reconciliación? Se quedó pasmada un segundo y, extrañamente, cedió: —Está bien. Total, apenas habremos usado unos sesenta. Úsalo si quieres. Asentí y la dejé irse. No se imaginaba que era el noventa y siete. Ni que solo nos separaban dos vales del final.
더 보기Cada vez que el agotamiento me pasaba factura, solía escaparme una semana a un pueblo pesquero para desconectar del mundo.Un año después, ya me había convertido en socio del bufete y mi carrera iba viento en popa.Todo marchaba de maravilla, salvo por esa pesadez que sentía cada vez que veía el rostro triste de Elsa frente al edificio.En ese año, ella recibió noventa y nueve acuerdos de divorcio y no firmó ninguno.Intentó recurrir a la misma persistencia de hace años, creyendo que mi compasión me traería de vuelta.Si bien al principio sentí algo de flaqueza, mis colegas me abrieron los ojos sobre sus actos.Resulta que Elsa buscó a mis padres para implorar perdón, olvidando que de tal palo, tal astilla. Yo no perdono traiciones, y menos cuando involucran a los míos.Al escucharla, mi madre la echó de la casa y me llamó de inmediato para decirme que apoyaba totalmente mi decisión de divorciarme.Cualquier duda que me quedara desapareció por completo. Después de aquello, Elsa no vol
—Estos dos años me acerqué a Manuel porque veía en él al hombre que eras hace nueve años. Me confundí, creí que lo quería, pero cuando te fuiste entendí que todo fue un espejismo. Al único que he amado siempre es a ti.La miré con sarcasmo, aguantando las ganas de vomitar. Ella siguió con su falso sentimentalismo:—He visto cómo has cambiado estos años. Quizás tu frialdad en el trabajo me hizo sentir presionada. Te volviste tan racional y controlador... como una máquina fría y desalmada. Por eso, cuando apareció Manuel, fue puro instinto. Sentí que recuperaba al Nelson del principio. Nelson, no quiero el divorcio y mucho menos perderte. ¿No puedes perdonarme? Enfrenté mis miedos y volé hasta acá solo por ti.Mientras hablaba, Elsa rompió a llorar, pero yo no sentía nada.Esta era la mujer que alguna vez amé: a pesar de su engaño, seguía buscando excusas.Hasta pretendía culparme de su infidelidad diciendo que yo había cambiado, que era demasiado racional.Que, por sentirse presionada,
Incluso para los negocios internacionales, ella me enviaba a mí, su persona de más confianza, con los contratos ya firmados para cerrar los tratos.—¿Qué pasó exactamente? ¿Por qué te vas del país así de pronto? —preguntó la voz al otro lado de la línea.Elsa guardó silencio un momento y soltó un suspiro:—Nelson se fue...—¿Cómo? —se extrañó el amigo, pero no hizo más preguntas.—Dime algo, ¿estos tres años todos sintieron que me pasé de la raya con Manuel? ¿Creen que traicioné a Nelson?Su pregunta dejó al amigo en silencio. Y el silencio, a veces, es la mejor respuesta.—Ya entiendo —dijo Elsa con amargura—. Me equivoqué. Desde que apareció Manuel, me sentí atraída por él sin darme cuenta. Sentía que a veces se parecía al Nelson de antes, alegre y lleno de vida. Pero no debí confundirlos. En estos dos años agoté las noventa y nueve oportunidades que Nelson me dio. Nunca pensé en separarme de él, pero ahora es él quien ya no me quiere.Al decir esto, su voz se volvió grave y quebrada
Intentaba mantener la compostura, pero encontrarse una y otra vez con mi lugar vacío la ponía de un humor de perros.Se sentía dispersa, incapaz de dar pie con bola en el trabajo. Al ver ese escritorio desolado, la inquietud se transformó en una angustia. Finalmente estalló y llamó al director de Recursos Humanos.—Señora Herrera, ¿necesita algo?—¿Nelson pidió el día hoy? —preguntó ella, repasando los documentos como si no le importara.El director guardó silencio y la miró con desconcierto.—El señor Nelson renunció.—¿Qué?La mano de Elsa se frenó en seco al firmar y la punta del bolígrafo terminó rasgando el papel.—¿Cuándo pasó? ¿Quién lo autorizó? ¿Por qué no estaba enterada?El director respondió confundido:—Presentó la renuncia anoche, ¡y usted misma la aceptó esta mañana!Esas palabras dejaron a Elsa helada, como si le hubiera caído un rayo. De inmediato encendió la computadora, revisó los correos y, con la mano temblorosa, abrió la solicitud de renuncia. Al ver el nombre












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