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Capítulo 3

Author: Linda Montoya
—Camila, aunque te pongas necia, hay límites.

Matías la miró con decepción. Su voz salió helada.

—Dime ahorita dónde está Daniela y lo de hoy te lo dejo pasar.

—Ya te dije: no sé dónde está Daniela Lozano. —Camila lo miró de frente, palabra por palabra—. Ese “secuestro” no tiene nada que ver conmigo.

En el siguiente segundo, Matías le cerró la mano alrededor del cuello.

Los dedos apretaron. A Camila se le fue el aire; la vista se le nubló hasta volverse negro… y justo cuando sintió que se iba, alcanzó a oír el tono de una llamada.

Matías la soltó.

Era su asistente: ya habían encontrado a Daniela.

Matías ni la volteó a ver. Se dio la vuelta y salió casi corriendo hacia la puerta.

Camila se quedó en el piso, pálida. En el cuello ya se le marcaban los dedos, morados sobre la piel. Se veía horrible.

Abajo, el coche arrancó. El motor se fue alejando.

Cuando por fin recuperó el aire, se levantó como pudo y se fue tambaleándose al baño. Se vio en el espejo: la cara hinchada, los ojos rojos, deshecha.

Y ahí sí… ya no aguantó. Se le soltaron las lágrimas.

Siete años con Matías.

¿Y ni así pudo creerle?

Respiró hondo, se obligó a calmarse. Se lavó la cara, se limpió, sacó pomada y se la untó en el cuello. Luego se arrastró a la cama, rendida… y se durmió como piedra.

A la mañana siguiente, temprano, le llegó un mensaje de su asistente:

“Srta. Miranda, del equipo del Sr. Salazar avisaron que habrá junta de consejo. ¿A usted ya le llegó la convocatoria?”

La empresa de Matías la habían levantado entre los dos. Y varios proyectos, Camila los había ganado a pulso: cenas de “negocios” donde se tuvo que tomar de más, hasta quedar con el estómago hecho trizas, con tal de arrebatárselos a la competencia.

Lo normal era que sí le avisaran.

Pero a ella no le había llegado nada.

Camila respondió de inmediato: que estuviera al pendiente de cualquier movimiento de Matías, y que ella se iba a lanzar para la empresa en cuanto pudiera.

Se arregló y bajó.

Al llegar a su coche, apenas abrió la puerta sintió que algo no cuadraba. Intentó echarse para atrás, pero ya era tarde: alguien le cubrió la boca y la nariz con una toalla. Un olor fuerte, químico, le golpeó de lleno… y la conciencia se le fue.

Cuando volvió en sí, estaba dentro de un costal. Tenía la boca tapada con una toalla, y las manos y los pies amarrados con mecate.

Forcejeó. Nada. Ese nudo no cedía.

Iba a buscar otra forma de zafarse cuando escuchó una voz masculina conocida afuera:

—¿Esta es la persona que estuvo molestando a Daniela?

Camila se quedó tiesa. Como si le hubieran metido un golpe al pecho.

Era Matías.

Gimió detrás de la toalla, intentando que él se diera cuenta de que la que estaba ahí era ella… pero alguien le dio una patada durísima.

—¡Ya cállate!

Matías miró con asco el bulto tirado en el suelo. Su tono fue de hielo.

—Se metió con la gente que es mía… no sé con qué cara. Hay que enseñarle la lección como se debe.

—Matías… ¿no es demasiado? —La voz de Daniela sonó pegada a él.

Daniela lo traía del brazo, arrimada a su pecho, con cara de susto.

—Mejor ya déjalo así… a mí no me pasó nada. Me encontraste a tiempo, de verdad estoy bien.

Matías, al verla así de “tierna”, se ablandó.

Le acarició la mejilla con el pulgar y le habló suave:

—Esto no se puede dejar así. Si no, la próxima se van a atrever otra vez contigo.

—Daniela… yo no voy a dejar que nadie te haga daño.

Camila, escuchándolos, se quedó helada por dentro.

De pronto, la levantaron y la colgaron en el aire.

A través de la tela del costal, con la luz colándose, Camila alcanzó a ver a Matías acercarse.

¡Pum!

Un bat de béisbol le pegó con una fuerza brutal.

Camila soltó un gemido. Le supo a metal la boca: sangre. La vista se le hizo borrosa.

Pero el de enfrente no paró.

Golpe tras golpe.

Hasta que perdió la cuenta de cuántas veces la golpeó.

Entonces Matías por fin se detuvo.

Aventó el bat a un lado y caminó hacia Daniela.

En cuanto se dio la vuelta, bajaron a Camila del aire. La toalla que le tapaba la boca ya estaba empapada de sangre, pesada y roja.

—Matías… me dio miedo. —Daniela casi corrió a colgarse de Matías, abrazándolo por la cintura.

Pero su mirada se fue por encima del hombro de él, hacia Camila, que ya la habían sacado del costal.

Los ojos de Daniela brillaban, retadores, orgullosos, como diciendo: ¿ves lo que te pasa por querer quitarme a mi hombre?

Camila escupía espuma con sangre. Clavó la mirada en Matías y, con un hilo de voz, alcanzó a decir:

—Ma… Matías…

Matías frunció el ceño.

Esa voz… sonaba a Camila.

Estaba a punto de voltearse para ver qué estaba pasando atrás cuando Daniela, de la nada, se desvaneció en sus brazos.

—¡Daniela! —Matías se olvidó de todo al instante.

Como no reaccionaba, la cargó en brazos y se fue a zancadas hacia donde tenía el coche. Se subió, arrancó… y se largó.

Camila, tirada en el piso, los vio irse.

Y algo dentro de ella se terminó de hundir.

Le soltaron el mecate de las muñecas. Luego la agarraron como si fuera un costal de basura y la aventaron dentro de una camioneta.

Al moverse, el pecho —cerca de las costillas— le pegó un dolor que casi la dejó sin aire.

La vista se le iba y venía, negra por ratos.

Afuera, los tipos ni se daban cuenta de cómo iba. Andaban discutiendo quién se la llevaba al “siguiente lugar”.

—La señorita Daniela dijo que le consiguiéramos unos hombres para “atenderla” bien… pero con cómo está, ¿aguanta viva después?

—Tú no te preocupes si vive o no. Lo que quieren son fotos.

—La neta… sí está bien buena.

Se soltaron risas asquerosas, bajas, sucias.

Camila escuchó “señorita Daniela”… y entendió de golpe quién estaba detrás.

Daniela quería destruirla.

Dejarla marcada para siempre.

Camila empezó a planear cómo salvarse. Se arrastró despacio hacia la otra puerta. Apenas tocó la manija, alguien la jaló del cabello y la arrastró de regreso. Le ardió el cuero cabelludo como si se lo estuvieran arrancando.

—¡Pinche vieja! ¿Todavía te quieres pelar?

Camila apretó los dientes. Los miró con rabia. Sabía que así no se iba a escapar.

La desesperación le apretó el corazón… pero su mano, atrás, tocó algo frío.

Metal.

Un pedazo de lámina.

En un segundo, tomó una decisión.

Cuando uno de ellos se le acercó con el mecate, Camila agarró la lámina con fuerza y se la pegó al cuello.

—¿Qué… qué chingados vas a hacer? —El tipo se quedó pálido.

La lámina apretó un poco más. Se sintió el calor de la sangre.

—¡Me van a dejar ir! —Camila lo miró con una furia rota, la voz raspada.

El hombre iba a responder cuando afuera se escuchó un golpe fuerte… y de inmediato, sonidos de pelea, secos y rápidos.

Luego, la puerta de la camioneta se abrió.

Aparecieron varios guardaespaldas vestidos de traje negro. Al frente venía un hombre de lentes sin armazón, de aspecto serio y pulcro.

—Señorita Camila, una disculpa… llegamos tarde.

Camila los miró, alerta y confundida, como si no pudiera creerlo. Con dificultad, soltó:

—¿Quiénes… son ustedes?
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