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Capítulo 4

Author: Linda Montoya
—Soy el asistente del señor Samuel Velasco. Me llamo Gael Navarro.

El hombre que iba al frente sacó una tarjeta de presentación y se la extendió. Luego hizo una seña hacia atrás.

—Con este tipo nos encargamos nosotros.

Los guardaespaldas se acercaron, agarraron al hombre y lo aventaron afuera.

Tras el golpe seco, Camila por fin entendió: no era una alucinación.

La gente de Samuel… la había salvado.

La tensión que traía atorada se le soltó de golpe. Camila abrió la boca para decir algo, pero de pronto se le fue la luz. Antes de desmayarse, lo último que oyó fue a Gael ordenando que la llevaran al hospital.

Cuando despertó, vio a alguien cuidándola junto a la cama. Era su asistente.

—Srta. Miranda… por fin despertó.

Liliana Hernández era la chica a la que Camila había apoyado cuando se graduó de la universidad. Después, por lo buena que era, se quedó trabajando con ella. En su corazón, Camila ya era como su hermana mayor. Cuando se enteró de lo que pasó, del susto casi se accidenta de camino al hospital.

Camila la miró y se le suavizó un poco la expresión.

—Estoy bien.

¿Cómo que “bien”?

Liliana se acordó de lo que le dijo el doctor: costillas fracturadas, daño en el corazón y los pulmones. Si llegaba tantito más tarde, podía morirse.

Se le apretó el pecho de puro coraje y tristeza.

—No diga eso…

Camila tosió dos veces, tomó un par de tragos de agua y preguntó:

—Lo del consejo… ¿qué pasó al final?

—Srta. Miranda, usted tiene que hablar con el Sr. Salazar. —Liliana traía la indignación atravesada—. ¡Quiere transferirle a Daniela el 30% de las acciones! Y esta empresa la levantaron entre los dos… y aun así usted ni siquiera tiene ese porcentaje.

Camila se quedó un segundo en blanco. Luego, una sonrisa amarga le cruzó la boca.

Cuando la empresa apenas arrancaba, Matías le dijo que “el riesgo era muy alto” y por eso la dejó con una participación mínima.

Pero ahora… podía regalarle treinta por ciento a otra persona como si nada.

Sintió que una mano invisible le apretaba el corazón. Le dolió hasta respirar. Le subió ese sabor metálico a la garganta.

—Contacta a la gente del consejo —ordenó, conteniendo el temblor—. Diles que yo no estoy de acuerdo.

Se clavó las uñas en la palma para no quebrarse. Se obligó a pensar. Luego le fue dictando a Liliana, una por una, las medidas que iba a tomar y qué debía hacer ella.

Antes de irse, Liliana le pasó el mensaje que Gael dejó.

—Srta. Miranda, el señor dijo que estos días se van a quedar aquí. Que si necesita algo, puede llamarle cuando sea.

Camila se quedó tantito ida… y entonces recordó: fue Samuel quien mandó a rescatarla.

Asintió.

Cuando Liliana salió, Camila agarró su celular y le mandó a Samuel un mensaje de agradecimiento.

Camila estuvo casi un mes hospitalizada. Mientras tanto, Liliana se mantuvo firme en la empresa. Matías intentó pasar por el consejo la decisión de transferir acciones a Daniela, pero no lo logró.

Encima, varios socios cancelaron proyectos y contratos. Matías traía la cabeza hecha un desmadre.

El día que Camila salió del hospital, ni siquiera volteó a ver a Matías, que la esperaba en la entrada con cara de tormenta. Se fue derecho con Liliana hacia el estacionamiento.

—¡Camila!

La jaló del brazo con un tirón brusco. Las costillas, apenas recién sanadas, se le volvieron a resentir con el movimiento. Camila soltó un gemido de dolor.

Matías vio que no estaba actuando y frunció el ceño, a punto de preguntarle qué le dolía… pero Liliana se le plantó enfrente y la cubrió con el cuerpo, furiosa.

—¿Quién te dio permiso de tocarla?

A Liliana le valió su puesto, su “rango”, lo que fuera.

—La Srta. Miranda está lastimada. Si por tu culpa se le abre la herida, tú…

—Camila, ya deja de actuar —Matías la interrumpió, mirándola con asco y decepción—. Ya entendí tu jueguito. Todo este mes te hiciste la enferma para que no pudiera pasar las acciones a Daniela, ¿no? ¿Así de mal la odias?

Se fue embalando, como si fuera el ofendido.

—Tú eres mi novia. El papá de Daniela fue mi salvador. ¿No puedes aguantarla tantito por eso?

—Además, cuando supiste que Daniela era huérfana… tú misma me pediste que la cuidara más.

Camila se rió, pero de pura rabia.

Sí, al principio le dio lástima: una chica sin papá, criada por los Salazar. Le dijo a Matías que la apoyara.

Pero lo que ellos habían hecho… no merecía compasión.

Camila lo miró con una frialdad que cortaba.

—Yo no te dije que la “cuidaras” hasta meterla en tu cama.

—¡Lo de Daniela y yo es limpio! —Matías explotó—. ¿De verdad tienes que ser así de desconfiada? ¿Cuándo te volviste tan…?

¡Paf!

El sonido de la cachetada tronó.

Matías giró la cara. En sus ojos oscuros se le instaló la incredulidad.

¿De verdad… ella le pegó?

Camila bajó la mano. La cara bonita, fría, sin temblarle.

—Matías, si tanto quieres “cuidar” a Daniela, entonces quédate con ella. De aquí en adelante, lo tuyo y lo de ella ya no me importa.

—¿Qué significa eso? —Matías frunció el ceño, irritado, con un nervio raro—. ¿Me estás terminando?

—Sí. —Camila se acomodó un mechón detrás de la oreja y habló firme—. En cuanto pueda, saco mis cosas de la casa. Y tú… no te me vuelvas a aparecer. Me das asco.

Y jaló a Liliana del brazo y se fue.

Matías tardó unos segundos en reaccionar. Cuando por fin quiso ir tras ellas, el coche de Camila ya había salido disparado frente a él.

Su humor se puso peor.

En su cabeza, Camila solo estaba haciendo berrinche. Con tantos años juntos, con lo mucho que ella lo había amado… ¿cómo iba a terminarlo así, tan fácil?

En eso sonó su celular y lo regresó a la realidad.

Al ver el contacto en la pantalla, su mirada se le suavizó en automático.

—Daniela, ¿qué pasó?

—Matías… —del otro lado, Daniela sonó chiquita, asustada—. ¿Tu novia… digo, Camila… sí aceptó ir al evento?

Se oyó un suspiro tembloroso.

—Si ella no va a pedir perdón por mí… la familia Molina no me va a dejar en paz.

Hace medio mes, en una fiesta, Daniela se peleó con alguien. En el arrebato, empujó a una chica al agua. Después se enteró de quién era: Elisa Molina, la hija de los Molina. Una niña frágil, siempre cuidada como porcelana, tan protegida que ni a eventos la dejaban salir por su salud.

Por suerte, nadie sabía que la que la empujó fue Daniela.

Todavía podía usar a Camila como chivo expiatorio.

Los ojos de Matías se oscurecieron un instante.

La mejilla le ardía por la cachetada, recordándole lo de hace unos minutos.

No alcanzó a decirle a Camila lo del evento… pero aun así le habló a Daniela con calma:

—No te preocupes. Yo lo voy a arreglar. No te va a pasar nada, te lo juro.

—Yo sabía que tú eres el mejor conmigo. —Daniela se animó de inmediato—. Entonces voy contigo al evento, ¿sí? Me voy a escoger un vestido bien bonito.

Matías le dijo que sí a todo.

Colgó, y en ese mismo segundo se le endureció la mirada. Marcó a su asistente.

—Diles que corten el apoyo al orfanato.

El asistente se quedó pasmado.

—¿Sr. Salazar? Pero… ese orfanato fue donde usted y la Srta. Miranda… o sea, donde se hicieron novios. Usted dijo que pasara lo que pasara no se les podía quitar el apoyo. ¿Cómo que…?

—Hazlo. —Matías apretó la mandíbula y se tocó con la lengua el lado donde le pegaron—. Y ya.

Porque él sabía algo que pocos: Camila venía de un orfanato. Por eso, durante años, se había “aguantado” y había patrocinado ese lugar.

Pero ahora…

Camila se atrevió a pegarle, a terminarlo, a faltarle al respeto.

Ya era hora de que aprendiera una lección.

Que entendiera, de una vez, cuál era “el camino correcto”.
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