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Capítulo 2

Author: Linda Montoya
Desde que salió del bar hasta que se subió al coche, Matías ni siquiera salió a buscarla.

En cambio, a Camila le cayó un mensaje al celular, bien quitado de la pena… y encima con tono de reproche:

“Daniela y yo no somos lo que tú crees. Hoy te pasaste. ¡Tienes que pedirle perdón a Daniela!”

¿Pedirle perdón a Daniela Lozano?

A Camila se le dibujó una sonrisa de burla. Aventó el teléfono al asiento del copiloto, como si le diera asco.

Matías tal vez ni lo sospechaba…

pero desde hacía un mes, a ella le llegaban fotos: Matías y Daniela paseando, posando como pareja, hasta tomándose fotos tipo preboda en un estudio… y otras donde él se agarraba a golpes con alguien por celos, como si de verdad estuvieran en una relación.

Y cada vez que Camila le preguntaba, Matías la despachaba con lo mismo: “andaba de viaje”, “mucho trabajo”.

Pero ya.

Desde hoy ya no iba a inventar nada: ya no lo quería.

Camila arrancó y se fue directo a la casa que compartían.

En cuanto entró, se puso a sacar todo lo que Matías le había dado cuando andaban bien: regalos, fotos de pareja, videos, hasta los cuadernos de “diario” que escribían juntos…

Se llevó todo al jardín. Lo acomodó en una tina metálica y le prendió fuego.

Apenas se levantaron las llamas, escuchó un grito furioso a sus espaldas:

—¿¡Qué estás haciendo!?

Matías le jaló el brazo con fuerza. Ante sus ojos, Matías se lanzó sin pensarlo a rescatar de la fogata las fotos que ya se estaban consumiendo.

Y lo demás… como el fuego ya estaba más fuerte, al meter la mano se quemó el dorso.

Matías soltó el aire entre dientes, sacudiéndose.

Ya sin aguantar, le gritó a Camila:

—¿Tú qué traes? ¡A Daniela le estás colgando una bronca que no le toca y aun así ella me estaba diciendo que regresara a tranquilizarte, que no me agarrara contigo… y tú aquí quemando nuestras fotos!

—Camila, ¿cuándo te volviste tan inmadura?

Camila levantó la mirada. Los ojos helados. La sonrisa afilada.

—Sí, la neta… soy bien inmadura. Matías, terminamos.

Y se dio la vuelta para meterse a la casa.

La palabra "terminamos" le pegó a Matías en el estómago… pero luego pensó: Camila casi se había peleado con su familia por él. Lo amaba tanto antes. ¿Cómo iba a cortar por una “tontería”?

Más bien, decidió que Camila lo estaba chantajeando, usando lo de “terminar” para hacerlo sentir culpable.

Convencido, la alcanzó y la frenó en la escalera.

—Ya, no hagas drama. Sí, estuvo mal que se me olvidara el aniversario… pero mañana es Día del Amor y la Amistad, ¿no? Lo compensamos ese día.

Camila iba a decir que no, pero Matías ya estaba decidiendo por los dos.

Ahí mismo, frente a ella, reservó un restaurante y compró boletos para el cine. Guardó el cel y se acercó a abrazarla.

Camila se hizo a un lado de golpe.

—¿Tú…?

—Matías… ¿tú sí te has olido? —Camila lo miró fijo, fría—. ¿No sientes a qué hueles?

A ella se le metió en la nariz ese perfume dulce, empalagoso, como a frutas y flores… el olor de Daniela.

Matías se quedó tieso. Bajó la cabeza, se olió la ropa y se le endureció la cara.

Luego se jaló la corbata y agarró ropa limpia del clóset.

—Voy a bañarme.

A Camila le dio igual.

Pensó: si hoy se queda en la casa, ella no quería ni tocarlo ni dormir con él.

Así que se dispuso a mover sus cosas al cuarto de huéspedes… cuando el teléfono a un lado, vibró con el aviso de mensaje.

Era el celular de Matías.

Camila volteó hacia el baño, donde se escuchaba el agua, y sin pensarlo desbloqueó la pantalla. Lo primero que vio fue el chat con Daniela.

El historial estaba lleno de coqueteos descarados, de esos que no hace falta explicar.

Y el último mensaje… era una foto de Daniela, casi sin ropa, preguntándole si así se veía bien. Encima le escribía que lo estaba esperando para que, como la otra vez, le “revisara el cuerpo”.

También venía una foto de su cintura… y un tatuaje, justo en la parte baja del abdomen.

Ahí estaba el nombre de Matías, como si Daniela se estuviera marcando como “de él”.

Camila soltó el celular como si le estuviera quemando. Se dobló sobre el bote de basura y vomitó con fuerza.

Matías salió corriendo al oírla.

—¿Qué tienes? —su voz sonó preocupada, casi cariñosa—. ¿Te sientes mal? Te llevo con un doctor.

—¡Quítate! —Camila lo empujó con todo cuando él intentó cargarla.

Tenía los ojos rojos. Las manos le temblaban. Todo el cuerpo le vibraba de rabia y asco.

¿De verdad… nunca había conocido al hombre que tenía enfrente?

Porque al principio Matías no era así.

Antes, por una sola palabra de ella, dejaba claro ante cualquiera que tenía novia y cortaba cualquier insinuación.

Si ella se enfermaba, se quedaba toda la noche con ella.

Hasta cuando se fue la luz en su recámara, se quedó abajo, en la entrada del edificio, toda la noche para que no le diera miedo…

Esos recuerdos estaban claritos… y lo de hoy era otro mundo.

Camila no entendía en qué momento el Matías que la amaba se había podrido por dentro.

—¿Revisaste mi celular? —La voz de Matías la arrancó de regreso.

Camila levantó la cara y se topó con sus ojos furiosos. La burla le pesó más.

—Si no hiciste nada malo, ¿por qué te da miedo que vea tu celular?

—¡Camila! —Matías le apretó los hombros y la estampó contra la pared. Su voz se volvió hielo—. El celular es mi privacidad. Y lo del tatuaje… Daniela se lo hizo por admiración y respeto hacia mí, como su hermano. ¡No vengas a ensuciarla con tus ideas enfermas!

¿Ideas enfermas?

Las manos de Camila, pegadas a su cuerpo, temblaban sin parar.

Ellos hacían algo tan descarado, tan asqueroso… y todavía tenían el descaro de acusarla a ella.

Dicen que cuando te enojas al límite te da risa.

Camila se rio… con los ojos a punto de llorar.

Matías la miró unos segundos. Aflojó las manos de sus hombros, como si fuera a decir algo… cuando su celular sonó de golpe.

Contestó.

Del otro lado, la voz de Daniela entró hecha un temblor:

—¡Matías, ayúdame! ¡Hay… hay alguien siguiéndome!

—¡Daniela! —Matías se tensó al instante, apretando el teléfono—. ¿Dónde estás? Voy por ti, aguanta, yo…

—¡No! ¡No me rasguen la ropa, por favor! ¡Nooo!

Después de ese grito, la llamada se cortó. La pantalla se apagó.

Matías se quedó congelado un segundo… y luego empezó a marcar, a llamar, a ordenar. Le gritó a su gente que salieran a buscarla.

Cuando colgó con su asistente, se volteó hacia Camila con una furia que daba miedo, como si quisiera hacerla pedazos.

—¡Camila! ¿Dónde está Daniela?

Apretó la mandíbula.

—Tú, si quieres hacer berrinche, hazlo conmigo. Daniela no te ha hecho nada. ¿Qué tan podrida tienes que estar para hacerle algo así?

Los ojos de Camila se le fueron enfriando, centímetro a centímetro, con cada palabra.

Y contestó, con una calma filosa:

—Eso no tiene nada que ver conmigo.
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