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Capítulo 6

Author: Linda Montoya
Liliana traía los labios apretados con fuerza. Iba detrás de Camila con el paso lento, hecha bolas por dentro; abría la boca como para decir algo… y lo volvía a tragar.

Camila notó la rareza. Se detuvo y se dio la vuelta despacio. Sus ojos oscuros, profundos, se le quedaron encima con calma.

—Ve a investigar. Quiero saber qué pasó de verdad con lo de Elisa en el agua.

—Sí, Srta. Miranda. —Liliana bajó la mirada, contestó rápido, y se fue a paso firme, ya con la mente en modo trabajo.

Camila se quedó un segundo ahí, alzó apenas una ceja y luego caminó con esa elegancia que traía puesta como armadura. Llegó a una mesa, tomó una copa de vino tinto con dos dedos y la levantó tantito. La luz le pegaba al vino y parecía brillar.

Le dio una vuelta suave a la copa y se movió a un lado, recta, fina… como una rosa en medio de la noche.

No tardó en llenarse el salón. Entre el ir y venir, alguien se acercó a saludarla.

En eso, una mujer con un vestido llamativo se le plantó enfrente, moviendo la cadera como si la pista fuera suya. Traía una sonrisa burlona, filosa, de esas que vienen con veneno.

—Srta. Miranda… ¿y el Sr. Salazar? ¿Por qué no lo veo?

Alargó la voz a propósito, con mirada de “a ver, cuéntame”.

Antes, cuando Matías y Camila andaban “enamoraditos”, eran inseparables. Llegaban juntos a donde fuera y se robaban la atención.

Y Camila… fuera donde fuera, brillaba.

Guapa, capaz, con la empresa creciendo… y con un “novio” que presumía ser el hombre perfecto. Daba envidia.

No como el suyo: siete años casada y ella siempre andaba o cazando a la amante… o yendo camino a cazar a la amante.

Pero mira nomás. En siete años, hasta lo que parece indestructible se rompe.

“Los hombres… son lo mismo”, pensó la mujer con una risita interna.

Camila todavía ni respondía cuando la otra fingió sorpresa, tapándose la boca.

—¡Ay, perdón! Qué tonta soy. Creo que vi al Sr. Salazar en la entrada… con su “hermanita” adoptiva. ¿No me digas que ni los viste?

Lo dijo como si estuviera revelando el chisme del año.

Camila entornó los ojos. Se le cruzó un frío por dentro, pero la comisura se le levantó.

Sonrió, tranquila.

—Ah, se me olvidaba avisarles… ya terminé con Matías. Y pronto me voy a casar. Ya les llegará la invitación.

Lo soltó sin titubear, como quien anuncia una reunión y ya.

Leticia Fernández se le acercó un paso, con la burla creciendo. Le clavó los ojos a Camila, como buscando la grieta, el temblor, la tristeza.

No encontró nada.

—¿No será que lo dices por coraje? —insistió, subiendo la voz para que la escucharan—. Si todo mundo sabe que ustedes eran uña y mugre. Antes se veían bien enamorados, daban hasta envidia.

—Y ahora por una “zorra” lo dejas así de fácil… ¿sí te atreves? ¿No te pesa?

Camila siguió igual de serena. Tomó un traguito de vino, dejó la copa y cruzó las manos con calma, elegante. La miró directo.

—Si me pesa o no, ya es pasado. La vida sigue, ¿no? —su voz salió suave, pero con filo—. A menos que tú quieras seguir poniendo el corazón… en un macho que parece semental de rancho.

Y sin despegar la sonrisa, Camila miró por encima de Leticia… hacia atrás.

Ahí estaba su esposo, Carlos Fernández.

Y pegada a él, recargada como si fuera su dueña, una mujer muchísimo más joven, toda arreglada, abrazándolo del brazo. Los dos… bien confianzudos.

Leticia volteó siguiendo la mirada de Camila. En cuanto lo vio, se le encogieron las pupilas y se le encendió la cara.

¡Pum!

Le dio un manotazo a la mesa. Las copas sonaron y el vino salpicó la mantelería blanca.

—¡Carlos Fernández, hijo de la chingada!

El grito fue tan filoso que medio salón volteó.

Camila soltó una risita de burla, acomodó la copa con calma clink, limpio y se dio la vuelta, lista para largarse de ahí.

Pero apenas giró, se topó a lo lejos con Daniela y Matías.

Daniela venía de blanco, como “angelito”. Se le acercó rápido y, con toda la confianza del mundo, se le colgó del brazo a Camila, sonriendo con esa cara inocente que ya daba asco.

—Ay, Camila… Matías todavía no ha aceptado casarse contigo, ¿no? Si tú dices eso así, la gente se va a confundir…

La voz sonó dulce, pero era un aguijón directo al pecho.

Matías se quedó a un lado, con el ceño fruncido, claramente molesto. Se acercó con paso duro y le reclamó a Camila:

—Camila, yo dije que nos íbamos a casar, pero no ahora. ¿No puedes comportarte tantito? ¿A fuerza quieres armar un show aquí?

La miró como si ella fuera la culpable de todo.

—Si hoy vas y le pides perdón a los Molina, si aceptas que te equivocaste… te perdono tus berrinches de estas semanas.

Se cruzó de brazos, impaciente, como si Camila fuera una niña haciendo drama.

Llegaron tarde. Solo alcanzaron a escuchar la parte de “me voy a casar” y ya con eso se lanzaron a juzgarla.

Camila metió las manos a los bolsillos. Se plantó derecha. Lo miró con frialdad y la sonrisa le salió helada.

—Matías, te lo repito por si no te quedó claro: ya terminamos. En quince días me caso. Y ese día… por favor vaya—se corrigió, más filosa—, por favor vayan.

Cada palabra cayó como navaja, cortando lo que todavía fingían que existía.

Matías se quedó un segundo congelado… y luego soltó una risa de desprecio.

—No mames, Camila. Llevamos siete años. ¿Cómo vas a casarte con otro así nada más? No te hagas, ni tú te la crees. Estás jugando.

En su mirada había soberbia, como si ella fuera incapaz de irse.

Porque ella lo amaba… según él, hasta la muerte.

Y remató, sin piedad:

—Tus papás ya ni te quieren. Si también me dejas, te vas a quedar sola.

Eso le apagó el rostro a Camila de golpe. Como el cielo cuando viene tormenta.

Los puños se le cerraron tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. Hasta los hombros le temblaron.

Claro.

Solo la persona que más te conocía… sabía exactamente dónde clavar el cuchillo.

Y en ese instante, todo lo bonito que había tenido con él se le volvió puro filo, cortándole por dentro.
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