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Capítulo 5

Author: Linda Montoya
—Srta. Miranda, mañana vengo a ayudarle a mudarse.

Durante el camino de regreso, Liliana ya le había preguntado mil veces para asegurarse de que era en serio: Camila sí iba a terminar con Matías, y hasta la parte de la empresa que le correspondía, se la iba a llevar completa.

Y Liliana, siendo gente de Camila, obviamente se iba con ella.

Camila asintió.

Cuando vio a Liliana irse en el coche, se dio la vuelta rumbo a la mansión. No había avanzado ni dos pasos cuando le sonó el celular.

El contacto decía: Orfanato.

Camila contestó y del otro lado escuchó la voz del director, alterado:

—Camila… la gente del Grupo Salazar dijo que van a cortar el apoyo al orfanato. Y que los niños que están en el hospital… quieren que nos los llevemos. ¿Qué está pasando?

Orfanato. Grupo Salazar.

Nada más juntar esas dos cosas y Camila supo perfecto qué estaba intentando Matías.

Se le endureció la cara. Bajó la rabia y habló con calma, apretando los dientes:

—Director, ahorita mismo contacto a alguien para arreglar esto. No se preocupe.

Con eso, el director por fin respiró tantito.

Los niños que recibían ese apoyo tenían enfermedades genéticas desde nacimiento. Las máquinas que los mantenían estables… si se apagaban aunque fuera un segundo, se les podía ir la vida.

Y Matías lo sabía. Mejor que nadie.

Colgó y, sin pensarlo dos veces, Camila marcó un número que llevaba muchísimo sin llamar.

Del otro lado contestaron rápido. Una voz masculina conocida:

—Hola. Habla Javier Miranda.

A Camila se le apretó la mano en el celular. Se le calentaron los ojos. La voz le salió temblorosa:

—Hermano…

Hubo dos segundos de silencio.

Y luego, la misma voz… pero cargada de sarcasmo:

—Mira nada más. ¿La señorita “libertad y felicidad” se dignó a marcarme? ¿Y qué pasó con tu novio perfecto, el más amoroso, el que te “amaba” con locura? ¿Dónde anda Matías?

Camila tragó el nudo como pudo, pero aun así se le quebró la voz:

—Ya terminé con él… y necesito que me ayudes con algo.

Le explicó rápido lo del orfanato, y remarcó que era el mismo lugar que la había recibido de niña, cuando la secuestraron.

—Ya entendí. Yo me encargo —dijo Javier, bajando el tono.

Seguía enojado por todo lo de antes, pero al final… era su hermana. La había cuidado desde chiquita. Y escucharla así no le daba el corazón para hacerse el duro.

Se quedó callado un momento y luego soltó, más serio:

—Sé que piensas casarte con Samuel por alianza familiar. Si todavía no quieres, yo puedo hablar con mis papás. Pero Matías no. Camila… no te voy a empujar a algo malo.

A Camila se le volvió a apretar la garganta.

—Lo sé.

Cuando se le bajó ese ardor en el pecho, contestó tratando de sonar firme:

—Arreglo lo de acá y me regreso a casa. La neta… debí haberles hecho caso desde hace rato. Matías no era para mí.

Colgaron.

Dos minutos después le llegó un mensaje de Javier: además de decirle que lo del orfanato ya estaba solucionado, le pidió que al día siguiente fuera en nombre de la familia Miranda a la casa de los Molina para felicitar al señor Ernesto Molina por sus setenta.

Y de paso le dijo lo que estaba circulando: que la señorita de los Molina seguía inconsciente, porque alguien la había empujado y cayó al agua.

Las familias Miranda y Molina eran amigas de toda la vida. Era lo mínimo presentarse a saludar y a preguntar por la chica.

Camila aceptó.

Esa noche, Matías no volvió a la casa.

A Camila le llegó un mensaje de Daniela, claramente de provocación. Camila ni lo pensó: la bloqueó.

Al día siguiente, cuando Liliana pasó por ella, Camila primero le pidió que la llevara a la casa de los Molina.

Después, que se fuera a supervisar la mudanza al nuevo departamento.

Camila bajó del coche y ya iba a entrar cuando de pronto alguien la jaló del brazo hacia atrás. Casi se va de espaldas.

—¿Qué te pasa? —Camila volteó.

Era Matías.

En cuanto lo vio, se le enfrió la cara.

Matías la miró como si la conociera de toda la vida… pero al mismo tiempo como si estuviera viendo a una desconocida. Algo en el estómago se le apretó, como si se le estuviera escurriendo algo entre los dedos.

—Ya veo que ya entendiste —dijo él, como si le estuviera dando permiso de existir.

Camila lo miró con cara de ¿de qué hablas?, sin ganas de gastar saliva. Dio un paso para seguir, porque hoy venía como representante de la familia Miranda.

—Señorita Camila… —Daniela se le atravesó, sonriendo con esa carita “inocente”—. Gracias por venir hoy a pedir perdón por mí. Como tú eres, en teoría, la novia de Matías… la familia Molina no te va a hacer nada.

A Camila le brincó una alarma por dentro.

Miró a Daniela, luego a Matías… y entendió.

Se habían inventado una historia completa.

—Yo no vine por ustedes —dijo Camila, con una sonrisa helada—. Lo que ustedes hagan… no tiene nada que ver conmigo.

Daniela ni de chiste le creyó. Se acercó, como presumiendo, y le susurró al oído:

—Te aviso algo: nunca me vas a ganar. Mira… aunque yo empujé a la señorita Elisa al agua, Matías me quiere tanto que te va a usar a ti para que pagues el precio.

—Tú, en su corazón… no eres nada.

La cara de Camila se endureció de golpe. Los ojos se le volvieron puro filo.

—¿Tú empujaste a Elisa?

Daniela sonrió, orgullosa.

—Obvio. ¿A poco no? Se puso de necia a quererme quitar cosas. Se lo buscó.

Y en el siguiente segundo…

Camila le agarró el cabello con fuerza.

Y le soltó dos cachetadas que tronaron.

El ardor se expandió. Daniela chilló cuando entendió lo que estaba pasando.

—¡Camila! —Matías reaccionó y se le fue encima, sujetándole la muñeca a Camila. La cara se le puso dura—. ¿Qué chingados te pasa? ¡Suéltala!

Daniela estaba en shock… pero en cuanto vio a Matías, se tapó la cara y se puso a llorar.

—Matías… yo solo quería preocuparme por la señorita Camila… y me pegó así nada más. ¿Cómo puede hacerme esto?

Camila se zafó y alzó una ceja, sonriendo de lado.

—¿Y qué? ¿Se la vas a regresar? ¿Me vas a pegar por ella?

Matías se quedó mirando a Camila como si no la reconociera. Antes, ella jamás le hablaba así. ¿Quién le había dado ese valor?

Se le endureció más la cara, listo para decir algo… pero Camila lo cortó:

—Yo no los busco, así que no se me peguen. Y lo de ir a pedir perdón por ella… ni en sueños.

—Y te lo dejo claro, Matías —lo miró fijo, palabra por palabra—: ya no somos nada. Un ex decente debería desaparecer… como si estuviera muerto.

Y sin darles otra mirada, Camila se metió directo a la casa de los Molina.

Matías se quedó con la cara negra.

Daniela temblaba de coraje, pero todavía se esforzó por verse comprensiva.

—Perdón… fue mi culpa. Si no fuera por mí, Camila no se pondría así.

Yo voy a pedir perdón con la señorita Elisa… no quiero meterte en problemas.

—No digas tonterías —Matías le apretó la muñeca con más suavidad—. Yo lo arreglo.

Se quedó viendo la entrada por donde Camila ya había desaparecido. Se le frunció el ceño, sin entender.

¿De dónde le salió tanto carácter?
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