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Huída

Author: Everly Writer
last update publish date: 2026-01-03 07:26:09

Escuchar su voz fue como sentir un golpe directo al pecho.

La misma voz del hombre del que, por error, me habían inseminado… y que además era mi jefe.

El mismísimo Caleb Evans.

No me detuve a pensar, no miré atrás, no busqué explicaciones. Apenas crucé la puerta del hotel, eché a correr.

Ya tenía demasiados problemas como para quedarme a enfrentar a ese energúmeno que, sin duda, exigiría arrebatarme a mis bebés como si fueran parte de su imperio.

Mis piernas temblaban, el aire me quemaba los pulmones y mi mente repetía una sola idea: huir.

Mientras avanzaba sin rumbo, recordé con angustia que esa mujer, la que me había hablado en el hospital, no me había dejado ningún número, ninguna forma de encontrarla si algo salía mal. Estaba completamente sola.

Pensaba en eso cuando, de pronto, unas manos duras me sujetaron por los brazos. Grité y pataleé. Me debatí con todas mis fuerzas, pero era inútil. Eran dos hombres, grandes, firmes y entrenados.

—Suéltenme —lloré—, por favor, estoy embarazada…

Uno de ellos se rio con desprecio.

—Eres demasiado inepta y vieja para parir las hijas de mi señor Evans. Te llevaremos para que las abortes de una vez.

Sentí que el mundo se me venía encima. Lloré sin pudor, supliqué, prometí irme lejos, desaparecer, hacer lo que quisieran.

El miedo me atravesaba hasta el alma. Entonces, una voz firme resonó en la distancia.

—Aléjense de ella. Ahora.

Los hombres se rieron de ella como si no tuviera poder alguno. Pero ella apareció acompañada de otros hombres que no tardaron en enfrentarlos. Todo ocurrió rápido. Hubo gritos, empujones, pasos acelerados. Yo apenas podía respirar del susto.

—¿Ya te diste cuenta de que debes irte de inmediato? —me preguntó, mirándome fijamente.

Asentí sin fuerzas, con el corazón desbocado.

—Sí… sí, por favor.

No dijo nada más. Me tomó del brazo y me condujo hasta una camioneta oscura. Cerró la puerta y el vehículo arrancó sin mirar atrás. No supe cuánto tiempo pasó hasta que llegamos al aeropuerto.

Caminé como en automático mientras ella compraba un vuelo de última hora. Me entregó el pase de abordar y, bajó la voz.

—Este es un pasaje solo de ida —me advirtió—. Si te quedas, él te las quitará… ¿estás lista para desaparecer?

La miré, apretando el boleto con manos temblorosas, y solo pude responder:

—Sí, quiero desaparecer para siempre y cuidar sola de mis hijas —La mujer me sonrió. Para mí, en ese momento era como mi ángel de la guarda.

Abordé el avión sin saber a dónde iba. Lloré casi todo el vuelo, con el rostro vuelto hacia la ventanilla y el corazón apretado, como si cada nube me arrancara un recuerdo. Ni siquiera entendía las siglas impresas en el boleto, no conocía el país, no tenía un plan. Pero era eso o quedarme y morir condenada a la arrogancia de ese tal Evans, a su poder, a su desprecio.

Cerré los ojos y me repetí que al menos mis hijas seguían conmigo.

Cuando el avión aterrizó, caminé desorientada por un aeropuerto que me resultaba ajeno.

Revisé mis bolsillos con desesperación. Nada. Ni un solo dólar.

Seguía vestida con el uniforme del hotel, arrugado y sucio. Salí al exterior y me senté en la acera, incapaz de seguir avanzando. Las lágrimas volvieron a inundar mis ojos.

—¿Por qué lloras así, muchacha? —preguntó una voz masculina.

Levanté la mirada y vi a un hombre dentro de un auto viejo me observaba con cautela, sin burla, sin dureza.

—Soy extranjera —respondí con la voz rota—. No tengo dinero… no tengo dónde pasar la noche.

El hombre apagó el motor y suspiró.

—Sube —dijo finalmente—. Te llevaré a un refugio cercano. No es gran cosa, pero es seguro.

El miedo me recorrió entera. Dudé. Miré el coche, miré sus manos, su rostro cansado. Al final asentí. No tenía otra opción.

El refugio era sencillo. Apenas cruzamos la entrada, una mujer de hábito oscuro salió a nuestro encuentro.

—Faustino, ¿por qué regresaste tan pronto? —lo reprendió con suavidad—. Veo que no has pasado por el pan para mis chicos.

Él se rascó la cabeza, incómodo.

—Es que… me encontré a esta oveja descarriada y acongojada —murmuró—. No tiene a nadie y acaba de confesarme que está en embarazo. No podemos dejarla sufrir, madre.

La mujer me miró con atención, como si pudiera leerlo todo en mis ojos. Se acercó y tomó mi brazo con firmeza cálida.

—Ven, hija —me dijo—. Vamos a darte un chocolate caliente. Hoy no habrá pan, porque Faustino no cumplió con su tarea.

Entonces, sonreí de verdad. Me dejé guiar por ese pasillo estrecho, con una taza humeante entre las manos y el corazón aún temblando. Justo antes de cruzar la puerta, la madre superiora se volvió hacia mí y preguntó en voz baja:

—Dime, hija… ¿de quién estás huyendo exactamente?

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