Teilen

Capítulo 5

Ding
Llegamos a una taberna en los límites del territorio de la manada, famosa por sus vistas a la montaña y sus salones privados. Era de esos lugares donde las parejas celebraban uniones, bodas y aniversarios.

Kane estacionó el auto y se bajó; abrió mi puerta y me tomó en brazos para sacarme del asiento trasero. Por un segundo vertiginoso, volví a estar contra su pecho: acogedor, firme, familiar.

Me envolvió su olor a pino, humo y algo más, algo que siempre había sido solo suyo. Llevaba siete años soñando con ese aroma. Había intentado imaginarlo durante las largas noches en que el dolor me hacía olvidar cómo se sentía el consuelo.

Y ahora me tenía en sus brazos; fue tal el impacto que casi me derrumbo mientras la garganta se me cerraba y me ardían los ojos. Pero entonces me sentó en la silla de ruedas de golpe, de forma abrupta, y se volvió hacia Vivra.

—Dame las toallitas —pidió.

Ella extrajo el paquete de su bolso y se lo pasó. Él desdobló una para frotarse las manos; luego usó otra, y otra más, restregándose la piel como si hubiera tocado algo podrido. Como si yo lo hubiera contagiado.

Vivra dejó escapar una risita incómoda y cristalina.

—Perdón, Selene. Es maniático con la limpieza. No soporta que otra mujer lo toque. Creo que es cosa del Norte.

Lo vi frotarse las manos hasta que se le enrojecieron los nudillos y fingí no darme cuenta. No era por la limpieza.

Siete años atrás, cuando lo tocaba, cuando le tomaba la mano, cuando lo abrazaba por la cintura desde atrás, cuando me quedaba dormida con la cabeza en su pecho, él jamás habría hecho algo así; nunca se apartaba ni se estremecía ante mi contacto.

Esto era distinto, una acción completamente a propósito; me estaba demostrando, con total claridad, que ahora le causaba repulsión cada centímetro de piel que alguna vez acaricié. Me estaba borrando.

Entramos a la taberna. El dueño, un lobo viejo de cabello canoso y cara amable, nos llevó a un salón privado con vista a las montañas. El paisaje era impresionante, con cumbres nevadas, valles verdes y un río que serpenteaba por el bosque como una cinta de plata.

Kane pidió por todos. Empezó a enumerar platos de mariscos como cangrejo, langosta, ostras y camarones. Todo un festín.

Antes nunca comía mariscos y yo tampoco; ambos los aborrecíamos desde niños. Pero ahí estaba él, ordenándolos como si se tratara de su comida favorita.

¿Para quién los pedía? Para Vivra, claro. Ella asentía con una sonrisa complacida y le apretaba el brazo por debajo de la mesa.

No quería complicarme la vida. Ya me costaba comer cualquier cosa; últimamente casi nada me caía bien. Así que cuando el mesero se acercó a mí, pedí una sopa ligera de verduras.

Fue entonces cuando Kane explotó.

—Ya estás en los huesos —dijo en voz tan alta que el mesero dio un paso atrás—. ¿Ahora estás a dieta? ¿Qué te pasa?

Una ternura amarga y dolorosa me atravesó. Todavía lo notaba; a pesar de todo, se daba cuenta. Mantuve la voz tranquila.

—A Harlan le gusto delgada.

Harlan. El novio falso; el guerrero que Ilsa contrató siete años atrás para fingir que me besaba bajo el viejo roble. Lo vi una sola vez, apenas cinco minutos, y después desapareció de mi vida para siempre. Ni siquiera recordaba cómo era su rostro.

Pero el nombre seguía funcionando; siempre funcionaba. Kane palideció antes de que el rostro se le encendiera de pura rabia. Apretó tanto la mandíbula que se le marcaron los músculos bajo la piel y empujó la silla hacia atrás de golpe; las patas rasparon el piso de madera con un ruido que sobresaltó a todos en el salón.

—Voy a salir —dijo, marchándose de inmediato.

Vivra aguardó apenas dos segundos, lo justo para que la puerta se cerrara tras él; entonces tomó un vaso de agua helada y me lo arrojó a la cara. El frío me sobresaltó, cortándome la respiración. El agua me chorreaba por las mejillas, se me metía en la boca y me empapaba el vestido.

—Perra —dijo Vivra en voz baja y venenosa, muy distinta del tono dulce y meloso que usaba frente a Kane—. ¿Crees que hacerte la indefensa hará que vuelva contigo? ¿Crees que dar lástima y estar hecha pedazos servirá para que se olvide de mí y de nuestro cachorro?

No respondí. Me quedé ahí sentada, chorreando, con las manos temblándome en el regazo. Se inclinó hacia mí.

—Déjame decirte algo, Selene. Kane es mío. Es mío desde hace años y será mío hasta el día en que muramos. No creas ni por un segundo que puedes quitármelo solo porque fuiste su primer amor.

Seguí sin responder, por lo que me volteó la cara de una cachetada; el golpe resonó por todo el salón privado, haciendo que la cabeza se me fuera de lado mientras la mejilla me ardía, caliente y palpitante.

El agua la podía soportar; eso me lo merecía por estar siendo egoísta al aferrarme a esos últimos momentos con Kane, cuando sabía que él pertenecía a otra.

Pero la cachetada no. Eso no podía hacérmelo.

Sin pensarlo, la empujé para apartarla. Fue apenas un roce; tenía los brazos tan débiles que no habría podido tirar ni un vaso aunque lo intentara. La palma le rozó el hombro y ella retrocedió medio paso, tambaleándose.

Y entonces se cayó. Se desplomó en el piso como un peso muerto y empezó a gritar.

—¡Mi vientre! ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude! ¡Me atacó! ¡Estoy embarazada! ¡Llevo dentro al cachorro de Kane! ¡Ayúdenme!

Miré mis manos y luego la vi retorcerse en el piso, incapaz de comprender qué estaba pasando. Apenas la había tocado; me encontraba tan débil que ni siquiera podía levantar un vaso de agua sin que me temblaran las manos. ¿Cómo iba a empujarla con la fuerza suficiente para hacerla caer?

Kane llegó corriendo.

Irrumpió en el salón y vio a Vivra en el suelo. Tenía la cara crispada de dolor. Dolor fingido, me di cuenta cuando sus ojos se desviaron un segundo hacia mí y la comisura de su boca se curvó en algo parecido a una sonrisa.

Cuando vio a Kane, el dolor fingido dio paso a una actitud de terror y agonía.

—Kane... Kane, ayúdame. Me empujó. ¡Intentó matar a nuestro cachorro! —sollozó.

Kane se volvió para mirarme. Tenía el rostro petrificado y la mirada helada; unos ojos vacíos, cargados de algo muy parecido al odio.

—Selene —dijo con voz baja y amenazante—. ¿Qué hiciste?

—Kane, yo no... Ella miente... apenas la toqué...

—¿Que apenas la tocaste? Está en el suelo, Selene. Está embarazada, esperando un hijo mío.

—Lo sé, pero...

—Hace siete años me engañaste, me rompiste el corazón y me tiraste a la basura como si no fuera nada. Y ahora, cuando por fin encontré a alguien nuevo y logré rehacer mi vida, ¿regresas y la atacas?

Abrí la boca para hablar, pero no me salió ni una palabra. ¿Qué podía decir? ¿La verdad? No me iba a creer. Nunca me creía.

Kane caminó hacia mí; sus pasos retumbaban sobre el piso de madera hasta detenerse frente a mi silla de ruedas. Entonces la pateó una, dos veces, haciendo que la silla se estremeciera debajo de mí mientras el cuerpo entero se me sacudía.

Después la empujó hacia atrás.

La silla de ruedas rodó por el salón hasta chocar contra el borde de una mesa y volcarse. Al caer, la cabeza se me estrelló contra la esquina de la madera. Escuché un crujido, incapaz de distinguir si provenía de la pata del mueble o de mi propio cráneo, mientras un flujo espeso me bajaba por el rostro. Era sangre.

Quedé tendida en el piso, rodeada de platos rotos, agua derramada y esquirlas de vidrio. Me zumbaban los oídos y la vista se me nublaba.

Kane ni siquiera me miró. Levantó a Vivra en vilo para sostenerla como si fuera de cristal, besándole la frente y susurrándole al oído palabras suaves y tiernas que no alcancé a escuchar. Después la sacó en brazos por la puerta.

Él no miró hacia atrás.

Seguí ahí tendida, mirando el techo. El dueño de la taberna entró corriendo, seguido por el personal y los guerreros de la manada. Alguien gritaba que llamaran a un sanador y otra persona me limpiaba la sangre de la cara.

Tomé la manga del Beta, que había aparecido de la nada, pálido por la impresión.

—Dile a mi madre —susurré—. Dile que no lo culpe y que esto fue decisión mía. Que fue culpa mía. Dile... dile que lo siento. Que ya no puedo quedarme con ella.

El rostro del Beta se descompuso y asintió en silencio. Cerré los ojos. Siete años. Siete años de lucha, de esperanza y de soñar con volver a ver a Kane Blackwood.

Lo había visto, y con eso bastaba.

Lies dieses Buch weiterhin kostenlos
Code scannen, um die App herunterzuladen

Aktuellstes Kapitel

  • Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata   Capítulo 12

    Tres meses después, Mary estaba bajo el viejo roble, cuyas hojas ya lucían tonos dorados y rojizos. El follaje se desprendía de las ramas para caer como lluvia a su alrededor y posarse sobre sus hombros; a escasos pasos, Kane se mantenía estático, con las manos ocultas en los bolsillos y la mirada fija en el cielo.—Deberías volver al Norte —dijo Mary.Kane negó.—Este es mi hogar.—Aquí no hay nada para ti.—Ella está aquí.Miró el viejo roble, la hierba al pie del árbol, el sendero que llevaba al Manantial de la Luna.—Su recuerdo está aquí. Con eso basta.Mary se quedó callada un largo rato. Luego sacó la piedra de luna del bolsillo.—Ella quería que te quedaras con esto —dijo.Kane bajó la mirada hacia la piedra. Apenas brillaba bajo la luz otoñal, tenue y cálida, como un pequeño latido.—Guárdemela —dijo— hasta que vuelva a verla.A Mary se le llenaron los ojos de lágrimas. Aun así, asintió.Kane se volvió y caminó hacia el bosque, adentrándose en un sendero cubierto de maleza por

  • Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata   Capítulo 11

    Pasaron tres días.Kane no se apartó de mi lado. Dormía en la silla junto a mi cama, con la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta. Comía lo que servían en la casa de curación, carne grisácea y puré de papa grumoso, sin quejarse. Me tomaba la mano cuando el dolor arreciaba. Me leía una novela romántica vieja que había encontrado en la biblioteca del lugar, con el lomo agrietado y las páginas amarillentas.Mi madre iba y venía. Me traía ropa limpia, mi té favorito, la fotografía de mi padre que yo tenía en la mesita de noche. Ella y Kane interactuaban poco, pero la veía observarlo y notaba que la ira en su mirada comenzaba a suavizarse, apenas un poco.Al tercer día, llegó Vivra. No venía sola. El Rey Alfa caminaba a su lado, mostrando una expresión rígida.Se detuvieron en el umbral de mi habitación. El Rey me examinó de arriba a abajo, fijándose en el suero, la venda y la piel grisácea. No se le movió un músculo.—Kane —dijo—. Vuelve a casa.Kane no se levantó. No me soltó l

  • Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata   Capítulo 10

    KANELa habitación de Selene se encontraba al fondo del pasillo del tercer piso, con la puerta cerrada y un pequeño cartel junto al marco que indicaba que era la 317.Mary se detuvo frente a la puerta y se volvió hacia Kane.—No le queda mucho tiempo —dijo—. Según la bruja, quizá un mes, pero... —Negó con la cabeza—. Cada día está más débil.—Lo sé —dijo Kane—. Lo sé perfectamente.—Y ella no sabe que vienes. No quería que la encontraras en este estado. Quería que siguieras adelante, que vivieras tu vida.Kane tragó saliva.—Lo sé.Mary abrió la puerta.La habitación era pequeña, con apenas una cama, un armario y una silla. Las cortinas estaban corridas, pero una lamparita sobre la mesita de noche daba un resplandor amarillo y tenue.Selene estaba recostada en la cama.Estaba delgadísima, más delgada de lo que jamás la había visto. Los pómulos se le marcaban hasta parecer descarnados. Las clavículas le sobresalían por encima del borde de la manta. Tenía la piel pálida; no, más que páli

  • Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata   Capítulo 9

    KANEEl paquete llegó esa tarde.Kane había regresado a la casa de curación de la manada y estaba sentado en una silla de plástico junto a la cama de Vivra. Ella dormía tranquila, respirando suave y parejo, con una mano sobre el vientre. El sanador había dicho que podría volver a casa al día siguiente. Había sido solo un susto. El cachorro estaba bien.Una enfermera entró con una cajita en las manos.—Esto llegó para usted —dijo—. Sin remitente.Kane tomó la caja. Era liviana y no más grande que la palma de su mano. La abrió. El corazón le dio un vuelco.Dentro estaba la piedra de luna. La misma que le había regalado a Selene cuando tenían diecisiete años, la que ella llevaba al cuello todos los días. La veía brillar cuando ella caminaba por el bosque. La sentía apretada entre los dos cuando la abrazaba de noche. Selene había prometido llevarla para siempre.También había una nota en la caja. Una sola línea, escrita con la letra temblorosa de Mary.“Ya no necesita esto. – Mary”Kane se

  • Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata   Capítulo 8

    Kane no sabía la verdad, al menos no del todo; tenía claro que estaba enferma, pero ignoraba por completo hasta qué punto. Sabía que tenía envenenamiento por plata, pero no sabía que ya me estaba muriendo ni que la bruja me había dado un mes de vida, quizá menos.La noche en que volví de la taberna, la fiebre me subió de golpe.Mi madre iba de un lado a otro por la casa; me ponía paños fríos en la frente, me cambiaba la funda de la almohada cada vez que la empapaba de sudor y, a las dos de la madrugada, llamó a la bruja de la manada.La bruja llegó. Era una mujer mayor de cabello gris y ojos amables que llevaba siete años tratándome. Me había visto pasar de una joven sana de dieciocho años a una mujer moribunda de veinticinco. Me había tomado la mano en cada ritual de purificación y llorado con mi madre cuando los tratamientos dejaron de hacer efecto.Esa noche, le bastó mirarme para ponerse seria.—El veneno de plata le llegó hasta la médula —le dijo a mi madre—. A este ritmo, quizá l

  • Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata   Capítulo 7

    Kane estaba de pie en el pasillo de la casa de curación, con la mirada clavada en el suelo, intentando comunicarse con Selene por el enlace mental. Nada.Llamó a su madre.—Kane —dijo Ilsa—, ¿por qué la empujaste así? Tuve que aguantar a Mary gritando durante una hora, hasta que se calmó. Ya sabes lo protectora que se pone con esa muchacha.—¿Selene está herida?—Solo tiene un raspón en la frente, ya se lo vendaron. Su prometido vino a buscarla, así que ahora se está quedando en la casa de él.Prometido. Van a casarse. Esas palabras se le clavaron como agujas; sintió el pinchazo de cada una, una por una, desgarrándolo por dentro. Salió. En el exterior, la noche soplaba con un aire denso y hostil. Se salpicó la cara con el agua de un abrevadero al costado del edificio; le temblaban las manos sin control.Entonces, Vivra le habló por el enlace mental:—Kane, tuve una pesadilla, tengo mucho miedo; vuelve a la cama.Volvió a la habitación de Vivra. Se sentó en el borde de la cama y Vivra s

Weitere Kapitel
Entdecke und lies gute Romane kostenlos
Kostenloser Zugriff auf zahlreiche Romane in der GoodNovel-App. Lade deine Lieblingsbücher herunter und lies jederzeit und überall.
Bücher in der App kostenlos lesen
CODE SCANNEN, UM IN DER APP ZU LESEN
DMCA.com Protection Status