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La Demoledora Verdad

Author: Angy Ocampo
last update publish date: 2025-09-29 07:27:49

El padre de Kimy permaneció en silencio ante la intervención de aquel extraño que se dirigía a los presentes. Creí por un momento que después de la muerte de Mayeth todo había quedado atrás, pensó.

Los constantes ataques de ansiedad de ella sí eran reales. Aquellas pesadillas donde un ente maligno se robaba a nuestro hijo… eran reales. Siempre intenté comprender sus arranques de locura, pero jamás los creí del todo.

—¿Es posible que este monstruo haya cobrado la vida de mi madre, papá? —oí la voz de Kimy nombrar a su padre—. ¿Es verdad?

¿Qué trato hizo con él?… ¿Por qué no me lo dijiste? ¡Yo tenía derecho a saberlo, padre! ¿Por qué?

Para mí, como ser celestial, se me hacía imposible que una madre hiciera algo tan terrible, tan antinatural. Era demasiado monstruoso para ser real.

Las palabras de Kimy fueron dolorosas y lastimeras. Aquel hombre permaneció callado, se quitó los lentes y suspiró.

—Hijo… solo deseábamos ser padres. Queríamos tener descendencia. Hicimos de todo por lograrlo.

El cuerpo de Kimy se tensó. Era evidente la mezcla de pena, decepción y apatía que le provocaban las palabras de su padre.

Este prosiguió:

—Tu madre no sabía exactamente lo que estaba haciendo. Era una mujer joven, ingenua e ilusionada con la idea de un heredero. Cuando llegó a casa con la idea de hacer un trato con un ser mágico, me mantuve escéptico al principio. No le pregunté nada; la idea la hacía tan feliz que decidí apoyarla…

Llegó el día de hacer el conjuro, o el contrato. Imaginé que sería uno de esos lugares donde acudes a pedir intervención divina y pagas para que tus peticiones sean escuchadas. Pero esa vez no fue así. Me quedé inmóvil al llegar al lugar del pacto. Era extrañamente iluminado, lleno de lujo y de una riqueza desbordante. Esperaba un sitio lúgubre, con personas pálidas, demoníacas e inadaptadas. Seres deformes que solo con verlos me causaran terror.

Pero, para mi gran sorpresa, nos recibió una mujer de gran belleza: cuerpo escultural, voz seductora. Bien reza el dicho: desconfía, porque así se ve el mal, vestido con traje un domingo.

La observé detenidamente mientras se acercaba con naturalidad. Parecía “normal”, pero sus ojos no tenían luz. Era como un ser hueco, sin vida.

La mujer nos pidió unos datos iniciales, triviales. Mi esposa estaba emocionada por poder, al fin, lograr el objetivo que tanto habíamos anhelado.

El nombre de Mayeth Sun resonó en el amplio pasillo y llegó hasta la sala de espera de aquel lugar. Avanzamos hacia la oficina de donde provenía la voz.

En ese momento, no pude evitar notar los metales y piedras preciosas en el techo; parecía obra de pintores de otro mundo. La belleza plasmada allí me hizo querer contemplarla por siempre. Me perdí tanto en aquella pintura que ni siquiera sé cuándo atravesé el umbral de la puerta.

Inmediatamente el ambiente cambió. Todos mis sentidos se agudizaron ante la presencia del poder que nos aguardaba. Percibí cómo mi esposa se encogía detrás de mí debido al espectro que nos observaba. Parecía humano… me dije, pero sus ojos me hicieron temblar.

Nos pidió sentarnos. Estaba detrás de un escritorio perfectamente construido en madera fina, con un olor que me recordó a un pino recién cortado. El mueble tenía talladas algunas figuras que, por un momento, me permitieron ignorar la presencia del “hombre” frente a nosotros.

Aquel ser dijo:

—¿Están listos para firmar el contrato?

Mayeth respondió con un tímido “sí”.

El ser extendió un documento lleno de cláusulas y requisitos. Nos dijo que solo eran formalidades. Le pidió a ella que extendiera su mano derecha. Cuando lo hizo, el dador del pacto se cortó la suya. Las gotas de sangre cayeron sobre el documento y desaparecieron. En un parpadeo, estrechó su mano con la de Mayeth y pronunció:

—Está hecho. Felicidades.

Por primera vez vi la verdadera expresión de aquel monstruo. Su rostro, sus gestos… eran macabros. Sentí cómo el cuerpo de mi esposa se estremecía. Yo mismo sentí que cada vello de mi piel se erizaba. Su risa maligna me robó la calma. Ese simple acto de consolidación completó el pacto.

Pensé para mí mismo: bueno… ¿y el pentagrama? ¿El ser de terror? ¿La parafernalia infernal?

Después del gesto, el anfitrión espectral nos pidió que nos retiráramos del recinto, pero antes le dijo a Mayeth que se quedara un momento más.

Por mi parte, salí de ese lugar como un bólido. Ya ni el lujo externo me reconfortaba. Sabía que todo ese maldito lugar estaba impregnado de maldad y oscuridad. Me causaba repulsión todo lo relacionado con él.

Al salir del edificio, ella lucía preocupada, asustada y angustiada. Lloró todo el camino a casa. Solo dijo:

—Cometí un error. No debimos ir a ese lugar. He condenado a nuestro hijo y mi propia vida por el deseo de mi corazón.

Intenté tranquilizarla:

—Mayeth, solo son los nervios por lo vivido hoy. Fue algo nuevo y bastante extraño.

Ella me miró incrédula.

—No, no es tan simple. Él quiere al bebé también. Me lo dijo antes de salir. Esa fue la parte que omitió. Si lo hubiera sabido, jamás habría aceptado.

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