ANMELDENCuando Liyeth, una guerrera angelical quebrada por la culpa, se arroja desde el cielo para morir, su caída incendia la ciudad… y la vida de Jaik. Herida, humana y peligrosa, descubre que en la tierra no solo la persiguen los demonios, sino también emociones prohibidas: deseo, venganza y un amor que podría condenarla. Entre la luz que abandonó y la oscuridad que la reclama, Liyeth deberá elegir si su corazón pertenece al hombre que la hizo despertar… o el infierno que quiere poseerla. Un ángel caído. Un humano marcado. Un vínculo tan ardiente como mortal.
Mehr anzeigenEl silencio de la habitación no era paz, era una sorda amenaza. El Príncipe del mal y Jaik muy en el fondo... mantenían su mano sobre el vientre de Liyeth, y ella podía sentir cómo la energía de él —esa vibración fría y magnética— se filtraba por las runas, estabilizando el caos que rugía en sus entrañas. Liyeth cerró los ojos, atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Su esencia de ángel de raza pura se retorcía con un asco visceral. Cada fibra de su ser celestial gritaba por la profanación, por la oscuridad que ahora marcaba su carne. Se odiaba a sí misma con una intensidad que la asfixiaba; odiaba su propia debilidad por haber cedido ante el enemigo, por haber permitido que la semilla del Abismo arraigara en ella. Pero, bajo ese odio santo, latía una verdad más oscura y eléctrica. Su cuerpo, traicionero y encendido, buscaba el contacto. La proximidad de Jaik o mejor dicho el príncipe , su olor a ceniza y poder, despertaba en ella una pasión prohibida que la ater
Horas después del encuentro, cuando el Príncipe creía que ella dormía, Liyeth se levantó en silencio. El vientre le quemaba, no con dolor, sino con una pulsación rítmica, como si un segundo corazón estuviera intentando sincronizarse con el suyo. Se deslizó hasta el baño y, bajo la luz mortecina de la luna, se despojó de la camisa de seda. Allí estaba. Justo encima de su vientre, la marca ya no era roja; ahora era un trazo de un negro tan profundo que parecía absorber la luz de la habitación. No eran simples cicatrices, eran runas , el lenguaje prohibido de los Caídos. Aunque Liyeth nunca había estudiado lo oculto, su sangre de ángel reconoció la blasfemia. La marca se dividía en tres verdades aterradoras que empezaron a grabarse en su mente como susurros de ultratumba: El sello de posesión de Aztharoth: El trazo superior, que rodeaba su ombligo como una corona de espinas, significaba que su alma ya no pertenecía al Reino de la Luz. Ella había sido reclamada. Para el Infierno,
La oscuridad de la habitación no era un vacío, sino una presencia que pulsaba al ritmo de sus respiraciones. Cuando Jaik —o la entidad que habitaba su envase— deslizó sus dedos sobre la espalda de Liyeth, no solo estaba tocando piel; estaba recorriendo los mapas de un cielo que él había perdido hace eones. Para él, cada roce era una contradicción violenta. Al presionar sus labios contra la curva de su hombro, sentía el sabor de la luz, una esencia de jazmín y divinidad que debería repelerlo, pero que lo encadenaba con más fuerza que cualquier grillete del abismo. Tocar el cuerpo de Liyeth era como sostener una llama blanca entre las manos: le quemaba la sombra, le recordaba su propia caída, y aun así, no podía soltarla. En su mente, el Príncipe libraba una guerra. «Es solo un instrumento para el heredero», se decía una parte de su conciencia fría y milenaria. Pero otra parte, una más oscura y posesiva, rugía en silencio al sentir el alma de ella. El alma de Liyeth no era una prop
El alba comenzó a teñir la habitación con hilos de una luz pálida que el Príncipe del Infierno detestaba. Para él, la luz siempre había sido una intrusa era apenas soportable por estar en el cuerpo humano de Jaik. Sin embargo, mientras observaba el cuerpo de Liyeth envuelto en las sábanas, esa misma claridad le permitía ver lo que tanto ansiaba: la pureza que estaba profanando y, al mismo tiempo, adorando. Habitar el cuerpo de Jaik era una tarea mundana, casi claustrofóbica para una entidad de su magnitud ya eran dos seres independientes, desde que el altísimo lo encerró y fueron separados, tenia el control porque él es un ser poderoso, aunque se encontraba, en el infierno podía controlar la voluntad y el cuerpo de Jaik. De esa manera, Liyeth lo hacía soportable. Ella era un ancla de fuego en su océano de vacío. El deseo y la necesidad No era solo la misión. Sí, el Infierno exigía un vástago; un puente entre los dos mundos, una criatura con la fuerza del abismo y la gracia del ci
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