FAZER LOGINTras la segunda función, Olivia y Julián volvieron a ajustar y pulir la coreografía hasta dejar lista la versión definitiva para el Festival Internacional de las Artes. Para entonces, las vacaciones de verano estaban a la vuelta de la esquina.Olivia terminó su tesis sin contratiempos. Después, ella y Julián tuvieron que volver al país para tramitar nuevas visas. Le encargó a Fabiola la coordinación de los ensayos y quedaron en comunicarse por el grupo de chat ante cualquier problema.Julián tenía su residencia en la capital y debía ir primero a preparar algunos documentos, mientras que Olivia voló a Altabrisa.Santiago no estaba en la ciudad, pero Lorenzo fue personalmente a recogerla al aeropuerto.—¡Señor Quiroga! —Al respirar de nuevo el aire familiar de Altabrisa, Olivia no pudo contener la emoción.El pasado se había disipado como humo, y con él, aquel dolor. Ella, que dos años atrás solo quería escapar, ahora entendía lo que significaba su tierra natal. Cada calle, cada rincón d
Julián se conmovió y la abrazó.—Lo siento, fue mi culpa. No volverá a pasar.Olivia sonrió.—Sí, tengo hambre.—¡Entonces vamos a casa ya! —Se apresuró a decir él.Se dio la vuelta, se agachó frente a ella y tomó sus manos para que las pusiera sobre sus hombros. La cargó sobre su espalda y salió corriendo de la escuela a paso rápido; los estudiantes que todavía andaban por el campus los vieron pasar y se pusieron a echarles porras.***Después de eso, pasó un buen tiempo sin que volvieran a ver a Adrián. De vez en cuando se encontraban con Anna comprando en el supermercado, pero siempre iba sola; Adrián no estaba con ella.Un día, Olivia escuchó a Jimena y las otras enfermeras murmurando:—¿Cómo es que La Casita de Galletas ya no manda postres gratis? Ya van varios días.Otra enfermera la regañó:—Eran gratis y todavía te enojas. ¿Quién regala cosas para siempre? Ellos también tienen un negocio.Jimena suspiró.—Tienes razón.Otra enfermera intervino:—No es solo eso. El otro día quis
—¡Adrián! —Olivia se dio la vuelta y lo llamó.Él se detuvo, giró, con un asomo de sorpresa en la mirada, y esperó a que continuara.—¿Por qué abriste La Casita de Galletas en este lugar?Adrián suspiró.—El local me lo dejó mi padre, ese que no quería en mi vida. Antes era una licorería. Ahora no tengo dinero para comprar otro local en otro sitio, así que si esto te causa molestias, yo...—No hace falta —lo interrumpió. Cada quien tenía su vida; tampoco iba a ser tan intransigente.Se dio la vuelta y entró a la clínica. A sus espaldas escuchó la voz de Anna.—¿Qué pasó?—Nada, vamos. ¿Qué quieres cenar?—Hagamos pasta.—¿Con salsa de tomate o a la mantequilla?—Cualquiera está bien.¿Ese era Adrián? ¿Podía ponerse a discutir con una chica, con toda seriedad, sobre estas trivialidades domésticas?Realmente había cambiado.Adrián recogió sus cosas y se dispuso a volver a la tienda. Echó un último vistazo atrás y vio la silueta erguida de Olivia entrando al Centro Herbal; con paso firme,
Esa noche, al volver a casa, no podía dejar de pensar en la función. La compañía había grabado todo el evento, y ella lo repasó una y otra vez, buscando errores, detalles de la coreografía que pudiera perfeccionar.Cuando terminó de revisarlo y de anotar punto por punto en su cuaderno, se dio cuenta de que Julián se fue sin siquiera despedirse.Recordó la tarjeta que rompió y tiró a la basura al terminar la función. Suspiró, tomó el celular para escribirle un mensaje, pero Fiorella se le adelantó: “¿Se pelearon?”“No, ¿por qué?”, respondió Olivia.Ni ella entendía a qué venía eso.“Mi hermano llegó sin decir una palabra y se encerró en su cuarto”, escribió Fiorella.“No nos peleamos, voy a preguntarle”.“¡¡¡No le preguntes!!!”Demasiados signos de exclamación.“¿Por qué?”“¡No lo consientas! Con ese carácter de niño caprichoso que tiene, ¡es insoportable!”Olivia sonrió al leer el mensaje. Fiorella era adorable, sin duda, pero aun así le escribió a Julián: “¿Qué pasó? ¿Dónde estás? ¿Po
A veces los reencuentros entre personas son algo muy extraño.La pastelería de Adrián llevaba quién sabe cuánto tiempo ahí, y Olivia no lo había visto; pero desde aquella vez, empezó a encontrárselo de vez en cuando. A veces lo veía con Anna comprando en el supermercado, otras veces lo miraba salir a entregar pasteles.Él apenas la saludaba con un gesto distante cuando llegaban a cruzarse; a veces, ni siquiera la miraba.Lo había logrado. Había cumplido lo que ella le pidió: si se encontraban de nuevo, se tratarían como desconocidos que se cruzan en la calle.Hasta su forma de vestir cambió mucho. Antes siempre usaba traje formal, impecable, sin un solo cabello fuera de su lugar. Aquel traje y el cabello rígidamente fijado funcionaban como una coraza. Lo hacían destacar entre la multitud con un aire distante y superior, acentuando la agudeza de su mirada.Ahora se había quitado esa armadura. Empezó a usar camisetas blancas sencillas, y cuando llovía o refrescaba se ponía un cárdigan de
El pastel era de frutos rojos, con todo tipo de moras; se veía delicioso.Pero Olivia no probó ni un bocado. Tenía miedo de que, si lo hacía, el celoso que tenía al lado la obligara a comer pastel hecho por él durante todo el mes.Así que, en cuanto todos terminaron de cantarle las mañanitas al doctor Salas, ella tomó a Julián de la mano y se fueron.Lo que no esperaba era que Adrián y Anna siguieran por ahí. Estaban comprando en una pizzería famosa en redes que siempre tenía fila, justo al lado del Centro Herbal. Ya tenían la suya y, en cuanto Olivia salió, alcanzó a ver cómo Adrián le daba un trozo a Anna directamente en la boca.Ella le dio un mordisco y sonrió encantada.El sol se ponía y el raro resplandor dorado de aquella ciudad les bañaba la piel, iluminaba la sonrisa de Anna; quien no supiera lo que Adrián había vivido habría creído que eran felices de verdad.Ese día Julián había estacionado el auto bastante lejos; para llegar, tenían que pasar forzosamente frente a la pizzer