로그인Amanda creyó haber tocado fondo cuando su prometido, tras cinco años de relación, la dejó plantada en el altar y huyó tras desfalcar su empresa. Al borde de la quiebra y con la amenaza real de perder la compañía de repuestos automotrices que tanto le costó construir, surge una salida inesperada, una propuesta de matrimonio por conveniencia. El interesado es la figura más poderosa del automovilismo del país y uno de los hombres más ricos del territorio. Para él, la alianza salvará el negocio de Amanda y consolidará el suyo; sin embargo, tras el acuerdo profesional, oculta un interés genuino y una profunda fascinación por ella. Cuando el pacto está sellado y Amanda empieza a reconstruir su vida, su exnovio reaparece arrepentido, tras haber sido engañado y despojado de todo por la mujer con la que huyó. Ahora, Amanda se encuentra entre la espada y la pared: el hombre al que amó regresa suplicando una segunda oportunidad, mientras que ella ya ha empeñado su palabra y quizás su corazón con el magnate que no piensa dejarla ir. ¿Mantendrá su lealtad al hombre que la rescató de la ruina o cederá ante el fantasma de su pasado?
더 보기—Valeria, por favor —pidió Amanda, ajustándose el velo con dedos temblorosos—. Ve adentro y confirma que él ya está allí. A lo mejor entró por la sacristía.
Valeria Ramos la miró un segundo, dudando, pero asintió rápido para no alterar más la situación.
—Tranquila, Amanda. Seguro ya está adentro arreglándose el traje. Calma.
Valeria bajó del vehículo. Amanda se quedó sola en el asiento trasero, apretando el ramo contra su regazo. El corazón le daba golpes violentos contra las costillas. No era rabia, era pánico. Julián jamás llegaría tarde a algo así salvo que hubiese sufrido un accidente en la carretera.
A través del cristal polarizado, vio a Valeria subir los escalones, asomarse por el portón de madera de la parroquia y permanecer allí unos segundos. Cuando su amiga se giró para regresar, la postura de sus hombros y la rigidez de su rostro le enviaron a Amanda una descarga directa al pecho. Ese presentimiento amargo y visceral.
Valeria abrió la puerta del auto y su expresión lo dijo todo antes de hablar.
—No ha llegado —murmuró.
—Lleva media hora de retraso, Valeria —dijo Amanda, con la voz quebrándose en la última sílaba—. Dame tu teléfono.
Le arrebató el aparato a su amiga y marcó de memoria el número de Julián. Un tono. Dos tonos. Buzón de voz. Cortó. Volvió a marcar. Lo intentó cinco, ocho, diez veces. Siempre la misma respuesta automatizada.
Pasaron treinta minutos más dentro de ese auto que la hacía sentir en una carcel. El calor del mediodía y el silencio entre las dos mujeres convirtieron la espera en un suplicio.
—Me voy a bajar —sentenció Amanda.
—Amanda, no, espera aquí, déjame ir a averiguar...
—No me voy a quedar encerrada aquí como una idiota si le pasó algo grave en la calle.
Amanda abrió la puerta por su cuenta, recogió la falda del vestido y caminó directo hacia la entrada principal.
Al cruzar el umbral de la iglesia, el murmurio de los asistentes cesó de golpe. Decenas de rostros se giraron hacia ella. La vergüenza intentó consumirla, pero la angustia por la integridad de su prometido era infinitamente mayor. Ignoró los murmullos y avanzó por el pasillo central con paso firme.
Cerca del altar, de pie y visiblemente desencajados, estaban los padres de Julián. Amanda se acercó directamente a ellos.
—¿Saben algo de él? ¿Han hablado con Julián? —preguntó sin rodeos.
El hombre maduro, de cabello cano y postura severa, suspiró pesadamente. La mujer a su lado, de rostro pálido, le tomó las manos a Amanda.
—Hija, no sabemos nada —respondió la mujer con la voz temblorosa—. Gregario también ha estado llamándolo desde hace una hora y no entra ninguna señal. Nadie en su departamento contesta.
—No entiendo, Edelmira, él estaba listo desde temprano —intervino Amanda, mirando a la madre—. Tuvo que haberle pasado algo en la avenida. Un choque, un asalto...
—Amanda —dijo Gregario, intentando mantener la calma mientras le sostenía el brazo con firmeza paternal—. Tranquila, por favor. No pensemos lo peor. Pudo ser una falla mecánica o un imprevisto con el tráfico. Mi hijo jamás te haría una cosa así deliberadamente.
—Gregario tiene razón, hija —añadió Edelmira, acariciándole las manos heladas—. Manten la calma. Vamos a solucionar esto.
Antes de que Amanda pudiera responder, el eco de unos pasos apresurados resonó desde la entrada principal de la parroquia. Un repartidor de mensajería rápida avanzaba por el pasillo central, esquivando a los invitados que murmuraban. Llevaba en las manos un paquete mediano envuelto en papel neutro.
—¿La señorita Amanda Esola? —preguntó el muchacho al llegar al grupo, revisando una libreta digital.
—Soy yo —respondió ella, con el corazón en la garganta.
—Urgente. Me dieron instrucciones estrictas de entregárselo en sus manos.
Valeria se adelantó para firmar el recibido mientras Amanda, con los dedos temblándole descontroladamente, rasgó el envoltorio. Dentro no había ningún regalo de bodas; solo una caja simple y, encima, una carta manuscrita.
Amanda reconoció la caligrafía de inmediato. No era de Julián. Era de Camila, su otra amiga cercana, la misma que había afirmado esa mañana que no podría asistir a la ceremonia por un supuesto compromiso familiar fuera de la ciudad.
Desdobló el papel. Sus ojos recorrieron las líneas escritas a toda prisa.
«Amanda: Para cuando leas esto, Julián y yo estaremos fuera del país. Nos vamos juntos. Él nunca te amó como me ama a mí, y la empresa que creías tuya ya no tiene con qué sostenerse. No me busques ni intentes rastrearnos. Disfruta tu fiesta vacía. Él acaba de dejarte plantada frente a todos. — Camila.»
El aire se le escapó de los pulmones. El papel crujió en su puño mientras el color desaparecía por completo de su rostro. La visión se le nubló por un segundo.
—No... No, no puede ser —murmuró Amanda, dando un paso hacia atrás, negando con la cabeza—. No puede ser verdad.
—Amanda, ¿qué dice? ¿Qué pasa? —preguntó Valeria, acercándose alarmada al ver su reacción y tomándola por los hombros.
Amanda levantó la mirada, con los ojos desorbitados y la voz reducida a un hilo de angustia y humillación:
—Me dejó plantada, Valeria... Se fue con Camila. No me puede hacer esto... ¡No me puede hacer esto!
—No, Amanda, mi hijo no es capaz de hacer una cosa así —aseguró Gregario, negando con la cabeza.
Valeria, al escuchar la verdad, se dejó caer sobre el borde de uno de los bancales de madera, en shock.
—¿Qué está pasando aquí? —exigió el sacerdote—. ¿Se va a realizar la boda o no?
Amanda apretó la carta en la mano y explotó.
—¡No! ¡No se va a realizar nada! —gritó con rabia, girándose hacia los invitados que la observaban—. ¡Lárguense! ¡Todos ustedes, váyanse de aquí! ¡Quiero que se vayan ya!
—Amiga, por favor, cálmate —pidió Valeria, levantándose rápido para sostenerla.
—¡Me dejó, Valeria! —chilló Amanda, rompiendo a llorar sin control mientras sus piernas cedían—. ¡Mi novio me dejó y se burló de mí!
Las fuerzas se le acabaron por completo. Cayeron al suelo juntas mientras Amanda lloraba desconsolada, incapaz de sostenerse en pie.
—Hija, por favor, levántate —le rogó el sacerdote, acercándose para tomarla del brazo—. Todo esto tiene una solución, tiene que haber una explicación.
Amanda se soltó de un tirón y lo miró fijamente con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
—Esto no se va a quedar así, padre, se lo juro —sentenció con la voz cortada, levantándose como pudo—. Lo que Julián me acaba de hacer lo va a pagar él mismo, y lo va a pagar con sangre.
Amanda acomodó la cobija sobre el pecho de Leo. La luz de las nueve de la mañana entraba limpia por la ventana de la habitación privada. Dante se había ido tres horas antes; tenía que coordinar la respuesta legal con Bruno y tomar las riendas operativas de ambas empresas para evitar que Croll aprovechara el caos y desplomara las acciones.El teléfono de Amanda vibró sobre la mesa de noche. Salió al pequeño recibidor de la entrada para contestar.—¿Cómo sigue todo por allá? —preguntó Valeria al instante, sin saludos previas—. Vi las noticias de la escudería en la televisión, la prensa está especulando de todo.—Sigue sedado —respondió Amanda en voz baja, mirando a Leo a través del cristal—. Dante estuvo aquí toda la madrugada. Tuvo que irse a la oficina a las seis para estar pendiente de la empresa. Marcio Croll está detrás de esto, Valeria. Cortaron las líneas de freno de su auto.—¡Qué maldito descaro! —escupió Valeria con indignación—. ¿Y Dante cómo está?—Destrozado, aunque intenta
El jet privado de la familia Vance tocó tierra de emergencia en tiempo récord. El trayecto de regreso desde Dubái fue un silencio sepulcral dentro de la cabina; Dante no pronunció una sola palabra en todo el vuelo, manteniendo la mirada fija en las nubes con los puños apretados sobre sus piernas. Amanda permaneció a su lado, sosteniéndole la mano en un gesto de apoyo que él agradeció apretando su agarre de forma casi dolorosa.En cuanto las puertas del avión se abrieron, un vehículo con chofer los trasladó a toda velocidad hacia el hospital central.En la sala de espera del piso de cuidados intensivos, Bruno Vance caminaba de un lado a otro con el saco desabotonado, la corbata floja y el rostro desencajado por el agotamiento.Al ver entrar a su hermano, Bruno se detuvo en seco. Dante avanzó con pasos pesados, con Amanda pegada a su costado.—¿Dónde está? —preguntó Dante sin rodeos, con la voz rasposa y cargada de tensión.Bruno miró a su hermano y luego a Amanda, tragando saliva antes
Amanda caminaba a pasos lentos por la terraza de la suite mientras sostenía el teléfono contra la oreja. El sol de Dubái caía sobre el Golfo Pérsico, pero ella apenas le prestaba atención al paisaje. Al otro lado de la línea, la voz de Valeria retumbaba con una mezcla de incredulidad y desespero.—¡¿Cómo que lo esquivaste?! —exclamó Valeria, alzando la voz hasta casi ensordecerla—. Amanda, por el amor de Dios, respóndeme algo: ¿tú estás loca o te estás haciendo? ¡Estamos hablando de Dante Vance! El tipo es jodidamente atractivo, millonario hasta el ridículo, te salvó la fábrica, te quitó de encima a la basura de Julián y encima se agarra a golpes en un club solo para defender tu honor. Hay una atracción brutal entre los dos, yo misma los vi en la iglesia y se notaba a kilómetros. ¿Cómo demonios pudiste voltearle la cara?Amanda dejó salir un suspiro pesado, apoyando el brazo libre sobre el barandal de cristal de la terraza.—No es tan simple, Valeria —respondió Amanda con la voz baja,
Entraron a la suite.. La descarga de adrenalina comenzaba a bajar, dejando a Amanda con una mezcla de cansancio, temblor y una extraña calidez instalada en el pecho por la forma en que Dante la había defendido.Dante sirvió dos vasos de whisky en el bar de la sala. Le entregó uno a Amanda y ella se sentó en el extremo del sofá de cuero, manteniendo el saco de Dante sobre sus hombros. Él se acomodó a su lado, lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo fuera inevitable, pero respetando la distancia para no abrumarla.—Tómalo despacio —dijo Dante, observando cómo ella apretaba el cristal con ambas manos.—Gracias —murmuró Amanda, dando un trago corto. El alcohol le asentó el estómago—. Por lo de abajo... y por reaccionar como lo hiciste.—No tienes que agradecer nada. Es mi deber —respondió él con voz grave. Hizo una pausa, mirando la pared de cristal antes de volver los ojos hacia ella—De todas maneras, muchas gracias —respondió ella, apretando el cristal entre las manos—.






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