LOGINLas luces de los flashes destellaban con una violencia ciega sobre el estrado principal de la Banca Vitale. El murmullo de los reporteros, amontonados como buitres sobre el micrófono, creaba un zumbido ensordecedor que habría desquiciado a cualquier hombre ordinario.
Pero Valerio Vitale permanecía impasible. Con su traje impecable de corte italiano, la mandíbula apretada y la mirada fría como el acero de un bisturí, proyectaba la imagen perfect
Las luces de los flashes destellaban con una violencia ciega sobre el estrado principal de la Banca Vitale. El murmullo de los reporteros, amontonados como buitres sobre el micrófono, creaba un zumbido ensordecedor que habría desquiciado a cualquier hombre ordinario.Pero Valerio Vitale permanecía impasible. Con su traje impecable de corte italiano, la mandíbula apretada y la mirada fría como el acero de un bisturí, proyectaba la imagen perfecta del control absoluto.Por dentro, sin embargo, el infierno lo devoraba.En el bolsillo interior de su saco descansaba el informe médico de Fiorella, ese bendito y maldito pedazo de papel que los doctores le entregaron tras la cirugía de urgencia.Aún no había tenido diez segundos a solas para desplegarlo y leer la verdad de lo que había ocurrido en ese quirófano.La guerra salvaje por inmovilizar los activos de Dominic Sforz
El olor a alcohol antiséptico y café frío impregnaba la pequeña sala de altas del Hospital General de Nápoles. Una sola lámpara de luz blanca iluminaba la mesa metálica donde reposaban los pliegos de papel sellado.El silencio era denso, sofocante, roto solo por el rasgar acelerado de un bolígrafo.El abogado, Don Matteo, un hombre de confianza absoluta de Giovanni, ajustó sus anteojos y deslizó el primer documento hacia Fiorella.— Señora... perdón, señorita Salvatici —corrigió Matteo con voz neutra, manteniendo la discreción profesional— Este es el acuerdo de disolución matrimonial de mutuo acuerdo. Estipula que el matrimonio celebrado entre usted y el señor Giovanni Rossi queda anulado de manera inmediata bajo cláusula de confidencialidad estricta. Ninguna de las partes podrá realizar declaraciones a la prensa.
El pitido monótono del monitor cardíaco marcaba un compás cansino en la penumbra de la habitación. Fiorella abrió los ojos despacio. Las luces fluorescentes del techo del Hospital General de Nápoles le quemaron las pupilas, desatando un punzante dolor de cabeza. El olor a antiséptico y a humedad le raspó la garganta al tragar saliva.Intentó moverse, pero una punzada aguda en el vientre la paralizó.Con los dedos temblorosos, bajó la mano derecha por debajo de la sábana de algodón áspero. Buscó el bulto tibio que durante meses había sido su único refugio, la razón de sus fuerzas en medio de la tormenta.Nada.Su vientre estaba plano, blando y frío. Una sensación de vacío feroz le desgarró el pecho, succionándole el aire de los pulmones.—Fiorella... —Una voz gruesa y rota reson&
El cristal blindado del despacho ejecutivo en el piso cuarenta de la Torre Vitale retumbó cuando Valerio estrelló su puño contra la mesa de caoba.Los vendajes bajo amenazaron con teñirse de rojo, pero el dolor físico no era más que un murmullo lejano frente a la tormenta de ira que le abrasaba las entrañas.— ¡Quiero a Dominic Sforza en la ruina absoluta antes de que el mercado abra en Londres! — rugió Valerio, con la voz rasgada y los ojos oscurecidos.A su alrededor, el equipo de auditores sénior y los ejecutivos del consorcio Vitale temblaban, con los rostros pálidos bajo la luz blanca de las pantallas.Stefano observaba desde un rincón, ajustándose la corbata con tensión contenida.— Señor Vitale, rescindir los contratos de crédito de la firma Sforza sin el periodo de gracia estándar de noventa días gen
El pitido constante del monitor cardíaco marcaba el pulso débil de Fiorella.A través del cristal templado de la unidad de aislamiento tres, su rostro palidísimo parecía una escultura de cera, enmarcado por los tubos de aire limpio y las vías intravenosas.Valerio avanzó por el pasillo a pasos descompuestos, con la mano diestra presionando con violencia sus propias costillas vendadas.El dolor físico de sus heridas no era nada comparado con el infierno que le devoraba el pecho, la culpabilidad, pura y venenosa, le quemaba la garganta.La voz de los médicos resonaba en su cabeza como una condena.Había dudado de ella.Había permitido que la humillaran, que la lincharan públicamente, que la arrastraran al borde de la muerte después de haberle jurado que la protegería.Con la mano temblorosa, Valerio estiró los dedos para empujar la p
La bruma fina y tóxica que emanaba de la rejilla de ventilación amenazaba con cubrir la cama donde Fiorella yacía en un coma.Stefano mantenía la rodilla incrustada sobre las costillas del infiltrado, cuya risa ahogada siseaba en la penumbra.— ¡Muévanse! — rugió una voz desde el umbral destrozado.Valerio irrumpió en la suite como un huracán de rabia y palidez.Vestía una bata clínica salpicada de sudor frío y sangre seca de sus propios vendajes, que comenzaban a teñirse de rojo por el esfuerzo desmedido.Detrás de él, Giovanni Russo avanzó con los ojos desorbitados al detectar el olor químico en el aire.Sin perder un segundo, Valerio tomó el tanque de oxígeno de reserva situado junto al cabezal, desenganchó la mascarilla de Fiorella y le colocó el flujo directo de aire.Luego,







