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Capítulo 2

Author: Mangonel
Al rozarme, esas manitas hicieron que se me estremeciera todo; demasiado tiernas, qué bien se cuidaba. Lucía me miró aún más sorprendida, pero no había ni rastro de enojo en su expresión.

—Qué atrevido, ¿qué se supone que me dejaste tocar?

Me reí.

—Disculpa, me equivoqué; está en el bolsillo derecho.

Tras decirlo, dejé el ramo a un lado y saqué del bolsillo un anillo dorado. En realidad, ese anillo lo había comprado en un puesto callejero por un dólar. Cuando Lucía vio el anillo, no podía cerrar la boca de la alegría.

A esta clase de mujer es a la que más fácil se le coquetea: el deseo le hierve y todos los días se viste tan llamativa que, dicho sin rodeos, lo hace para llamar la atención de los hombres.

Pero, eso sí, si te llegara a encontrar mirándola a escondidas, seguro que te grita que eres un pervertido. Su boca dice no, pero el cuerpo dice sí.

A esta clase de mujer le falta cariño; cuando aparece alguien, hay que darle amor con ganas. Y daba la casualidad de que el jefe me estaba dando esa oportunidad, así que no me iba a hacer el modesto.

El jefe sabía que yo iba esa noche y ya tenía lista una mesa llena de platillos. Le eché un vistazo: eran ostras, cebollín y otras cosas para el vigor masculino. Por lo visto, el jefe estaba desesperado por tener un hijo: no aguantaba las ganas de que yo demostrara mi vigor de toro.

Mientras comíamos, dejé caer los cubiertos al suelo a propósito y me agaché a recogerlos.

Ahí estaban, los dos lindos pies de Lucía en medias caladas, recogidos bajo la mesa, y a esa distancia tan corta yo casi no podía contenerme.

Durante el día ni siquiera me dejó sacarle una foto a escondidas, y ahora los tenía enfrente; me daban ganas de metérmelos a la boca y chupárselos. Me agaché más, pegué la nariz a las puntas de los dedos y respiré hondo con fuerza.

Uffff... ese olor, ¡cómo se me sube!

Quién iba a pensar que Lucía, que se la pasaba todo el día con medias y tacones, no tenía ni rastro de mal olor, sino que despedían un perfume sutil. Una verdadera belleza.

Pensaba olerlos solo un instante y volver a sentarme, pero al levantar la cara vi que tenía los muslos apenas separados, y debajo... ¡no llevaba absolutamente nada!

¡Carajo! Resultaba que iba a la oficina sin calzones todos los días.

Con solo pensar que estaba sentada a mi lado, sin nada bajo la falda, sentí como si miles de hormigas me escarbaran, y la picazón me llegaba hasta los huesos.

Y lo que más me prendió fue que tenía el vello ralo y sus dos pétalos eran de un rosado tierno. A simple vista, se notaba que nadie la trabajó a fondo nunca; con razón el deseo le ardía tanto.

En mi vida vi algo tan hermoso; el corazón se me aceleró y me moría por saborearla. Pero siendo tan brusco, ¿qué tal si Lucía se enojaba?

¡Al diablo! De todos modos el jefe ya había dado el visto bueno; tarde o temprano me la iba a coger, así que mejor ahora.

Le puse las dos manos en los muslos y empujé un poco hacia afuera. Lucía notó algo raro y apretó las piernas con fuerza. No le di oportunidad: con un empujón firme abrí, y le pegué toda la boca.

Le succioné con ganas...

Lucía gimió y enseguida, allá abajo, le empezó a salir un chorro de jugo.

Yo, como perro bebiendo agua, lamía como loco con la lengua arqueada, y mientras más bebía, más salía.

Venía con un saborcito salado.

Lucía, lejos de pegar un grito, abrió las piernas por su cuenta; es más, me aprisionó la cabeza entre los muslos con todas sus fuerzas.

Era una zorra caliente, sin duda. El jefe no la satisfacía para nada y por eso ahora estaba hambrienta a más no poder. Delante de su esposo, dejaba que otro la lamiera.

El jefe, que en ese momento aún no se enteraba de nada, al ver a Lucía con la cara encendida y la expresión tensa, le preguntó preocupado:

—¿Qué te pasa? ¿No te gusta la comida?

Al escuchar al jefe, salí a toda prisa de debajo de la mesa, agarré un pañuelo y limpié los cubiertos.

—¡Uf! No se dejaban encontrar esos cubiertos, me hicieron dar toda una vuelta.

Lucía bajó la cabeza, sin atreverse a mirarme.

El jefe seguía sin saber que yo ya había dado el primer paso; con toda intención se levantó para dejarnos espacio.

—Yo ya terminé, ustedes sigan; voy a lavar los trastes.

Y dicho esto, se fue a la cocina.
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