LOGIN—Lo hiciste muy bien, Diego. Mira nada más, esta tipa, todo el día aparenta ser una santa, pero en el fondo era una cachonda. Si yo no estuviera mal, si pudiera satisfacerla, jamás te habría buscado a ti.No podía pensar con claridad.—Jefe, ¿qué… qué demonios está tramando?El jefe sacó un cigarrillo del bolsillo, lo prendió, le dio una calada profunda y exhaló una bocanada de humo.—¿Qué estoy tramando? ¡Quiero pruebas de la infidelidad de Lucía! De eso se trata todo esto.Apenas terminó de hablar, sacó el celular y nos tomó una foto.—Con la foto y con el bebé que llevas en la panza, estas dos pruebas son suficientes para demostrar que me fuiste infiel. Cuando llegue el momento te voy a echar a la calle, así que no me vengas después con que soy un desalmado.Se rio. Una risa que ponía los pelos de punta. Me llevé un susto enorme. ¡El jefe me estaba usando, era eso!Lucía se derrumbó y rompió a llorar a gritos.—¡Estás loco! ¡Eres un pervertido!Al jefe le importó un comino. Caminó h
A Lucía se le puso la cara roja como un tomate, con vergüenza y enojo:—Tú… ¡Es mentira! ¡Yo no hice nada!—Tú sabes mejor que nadie lo que hiciste.Le solté la mano y saqué del bolsillo una tarjeta de hotel. La había comprado anoche en la tiendita de la planta baja, era de un hotel cercano y en realidad no servía para nada, pero la agité a propósito.—Esta noche el jefe no volverá a casa. Reservé una habitación de hotel y te espero allá. Si no llegas, mando las fotos de anoche al grupo de la empresa y todos van a ver lo cachonda que estaba la jefa en el baño.En realidad no saqué ninguna foto. Anoche solo me concentré en disfrutar, ¿quién iba a estar pendiente de tomar fotos? Pero una mentira así nunca falla.Lu se quedó pasmada, tal como esperaba. Se mordía con fuerza los labios pálidos y se le humedecieron los ojos, conteniendo las lágrimas.—Tú… ¡Qué desgraciado!—A las mujeres les gustan los malos. —Solté una risita pícara, abrí la lonchera y le acerqué a la boca un pedazo de carn
No pude evitar que me dieran escalofríos con solo pensar en eso y me empezaron a sudar las manos. En medio de mis pensamientos tormentosos, la puerta de la oficina se abrió.Quien entró no fue Lucía, sino el jefe. Traía unos papeles en la mano y la cara tan torcida que daba miedo.—Diego, ven conmigo a la oficina.Se me cayó el alma a los pies. ¡Estoy frito! ¿Acaso lo de anoche había sido pura actuación del jefe? ¿Ahora venía a pasarme la cuenta?Lo seguí con todo y miedo. Apenas entramos a la oficina, el jefe le echó llave a la puerta por dentro.—Je-jefe, ¿me llamó? —La voz me temblaba.El jefe tiró los papeles sobre el escritorio y me apuntó con el dedo a la cara, gritando:—¿No eres hombre o qué? Estuviste ahí toda la noche y ni siquiera se escuchó nada, ¿me estás viendo la cara?Me quedé en blanco, no entendía nada:—¿Eh?Hecho una furia, el jefe abrió un cajón, sacó otro fajo de billetes y los azotó contra el escritorio:—¡Anoche mi esposa me dijo que ni siquiera se la metiste! ¿
Ayer ni me habría atrevido a imaginar que podría pasar algo como esto. Esta mañana apenas le tomé una foto a escondidas y me escapé al baño para desahogarme.Quién iba a pensar que esta misma noche iba a estar montado a Lucía, manoseándola a mi antojo. Lucía ya no se podía aguantar, gemía bajito, aunque intentaba contenerse.Nunca antes había gozado a una belleza única como ella. Ya no me quedan palabras para describir lo que siento ahora. Cae el dinero y cae la mujer.¡Qué rico!¿Cuándo es que más goza un hombre? ¡Cuando tiene billetes en una mano y mujer en la otra!Después de una hora de fajada, sentí que estaba a punto de culminar. El jefe me pidió que le hiciera un hijo, no podía defraudar su confianza. Le dejé ir toda la carga a Lucía, sin dejar ni una gota.Ella se quedó tiesa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo.Me miró asustada.—¿Estás loco, Diego? ¿Sabes lo que estás haciendo?Me subí los pantalones y solté una risa relajada.—Claro que sí. Tú y el jefe llevan muchos a
Lucía y yo nos miramos a los ojos; tenía las mejillas rosas como un durazno y susurró:—Diego, qué atrevido eres, mi esposo todavía está aquí.Me senté a su lado, con los ojos clavados en los dos puntitos erguidos sobre la delantera.—¿A qué le tienes miedo? ¿No te gustó lo que sentiste?La jefa asintió, avergonzada. Esta mujer, que en pleno día gritaba que me iba a despedir, ahora se dejaba manosear como una mansita.Bien que dicen: al corazón de una mujer se entra por abajo.Al ver que ya no oponía resistencia, estiré la mano y le agarré los pechos suaves.¡Carajo! De haber sabido que el jefe tenía esta necesidad, se los hubiera estado agarrando todos los días en la oficina.La jefa parecía disfrutarlo, porque hasta se desabotonó la blusa por su cuenta. De pronto, su par de pechos blancos saltaron frente a mis ojos.¡Qué grandes! ¡Qué blancos! ¡Qué sensuales!Sus pechos suaves cedían y se moldeaban bajo la palma de mi mano.La jefa se echó contra el respaldo de la silla y se entregó
Al rozarme, esas manitas hicieron que se me estremeciera todo; demasiado tiernas, qué bien se cuidaba. Lucía me miró aún más sorprendida, pero no había ni rastro de enojo en su expresión.—Qué atrevido, ¿qué se supone que me dejaste tocar?Me reí.—Disculpa, me equivoqué; está en el bolsillo derecho.Tras decirlo, dejé el ramo a un lado y saqué del bolsillo un anillo dorado. En realidad, ese anillo lo había comprado en un puesto callejero por un dólar. Cuando Lucía vio el anillo, no podía cerrar la boca de la alegría.A esta clase de mujer es a la que más fácil se le coquetea: el deseo le hierve y todos los días se viste tan llamativa que, dicho sin rodeos, lo hace para llamar la atención de los hombres.Pero, eso sí, si te llegara a encontrar mirándola a escondidas, seguro que te grita que eres un pervertido. Su boca dice no, pero el cuerpo dice sí.A esta clase de mujer le falta cariño; cuando aparece alguien, hay que darle amor con ganas. Y daba la casualidad de que el jefe me estab