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Capítulo 19: Fuego en SilencioJeffrey

Author: Itha León
last update publish date: 2025-06-05 06:22:36

El silencio entre nosotros era cómodo. O al menos para mí.

Caminábamos hacia el auto con ese vaivén entre la indiferencia y el deseo mal disimulado. Ella a mi lado, con ese andar arrogante, casi desafiante, como si pudiera incendiar el pavimento solo con sus pasos. Yo no dije nada. No me gustaban las conversaciones innecesarias, y ella lo sabía. O fingía saberlo, al menos.

Saqué las llaves del bolsillo trasero y desactivé la alarma del auto con un clic. El sonido agudo cortó el silencio justo c
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    Los movimientos se volvieron más intensos, más erráticos, como si el ritmo de nuestros cuerpos ya no respondiera a nuestra voluntad, sino a una urgencia más profunda, más instintiva. Cada embestida era un golpe contra el borde de la cordura, una llamada desesperada al clímax que sabíamos inevitable. El sonido de nuestros cuerpos encontrándose, el roce húmedo y voraz de la piel contra la piel, llenaba la habitación con una sinfonía carnal que parecía arrastrarnos, y consumirnos.Yo sentía cómo ella se contraía a mi alrededor, cómo cada fibra de su ser me apretaba con una ferocidad inesperada. Era como si su cuerpo se negara a dejarme escapar, como si su deseo fuera un ancla hundida en lo más profundo de su vientre. Mis manos, aferradas a sus caderas, no la soltaban. La sostenían con una mezcla de urgencia y devoción, guiando su vaivén, marcando un ritmo frenético que no necesitaba palabras, solo instinto.Ese cuerpo... Lo había explorado con la devoción de un escultor, con la obsesión

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    Me detuve justo debajo de su ombligo, con los labios rozando apenas la línea de su piel. El sabor de ella ya estaba en mi lengua, una mezcla de perfume liviano, sudor tibio y esa esencia inconfundible que solo emana del deseo contenido demasiado tiempo. Su vientre temblaba bajo mi boca como una cuerda tensa a punto de romperse, y por un segundo, solo un segundo, respiré su aroma con la devoción de un animal salvaje que ha cazado a su presa.No había ternura en ese acto. Nada que se pareciera al cariño. Era hambre. Yo también estaba al borde. No por amor. No por esa conexión que en otros momentos y en otras camas algunos persiguen como un anhelo puro. No. Esto era otra cosa. Era la urgencia de la carne, el impulso salvaje de poseer, de marcar, de arrancar de su cuerpo cada sonido, cada espasmo, cada estremecimiento que se atreviera a negarme.Mis dientes rozaron la curva de su cadera, apenas una caricia, pero lo suficientemente firme como para hacerla tensarse. No se apartó. No se quej

  • Mi amado profesor   Capítulo 21

    No necesitaba verla del todo para saber que estaba hermosa ahí, rendida pero desafiante, con ese cuerpo que parecía esculpido por manos que conocían el deseo, por dedos que entendían lo que era la tentación y la arrogancia en la misma proporción. No necesitaba verla, porque podía sentirla. Era esa clase de presencia que llena la habitación con el peso de su propia existencia, con la gravedad de su piel desnuda y su voz que parecía siempre estar al borde de una provocación.Estaba tendida frente a mí como un maldito desafío. Como una apuesta que no estaba seguro de querer ganar, pero que sabía que iba a jugar hasta el final.Me arrodillé en la cama, entre sus piernas, y la observé por un largo momento. No porque dudara, sino porque quería memorizar ese instante con más precisión. Ella estaba ahí, completamente expuesta, y aun así no parecía frágil. Al contrario. Su vulnerabilidad era una máscara más. Una trampa. Había algo en la forma en la que me miraba, en cómo alzaba apenas el mentó

  • Mi amado profesor   Capítulo 20

    La sostuve con fuerza, sintiendo el calor de sus muslos envolviéndome, envolviendo algo más que mi cuerpo. Era el eco de una necesidad acumulándose entre miradas que decían más de lo que nuestras bocas estaban dispuestas a confesar. Su respiración rozaba mi oído como un susurro impaciente, cargado de electricidad, de un deseo que temblaba entre los dos, vivo, tan vivo que dolía.No había prisa, no todavía. Pero tampoco había espacio para la cordura. La razón se había rendido en el umbral, incapaz de sostenerse frente al hambre que crecía en silencio.Caminé con ella en brazos por el pasillo, sintiendo cada pequeña contracción de sus piernas alrededor de mi cintura. Su boca seguía marcando mi cuello, arañando mi piel con cada exhalación, como si intentara dejarme allí su firma, su presencia, una marca de territorio tan visceral como invisible. Había algo salvaje en ella, algo que despertaba lo peor de mí… y también lo mejor.No dije nada. No hacía falta.Las palabras eran innecesarias

  • Mi amado profesor   Capítulo 19: Fuego en SilencioJeffrey

    El silencio entre nosotros era cómodo. O al menos para mí.Caminábamos hacia el auto con ese vaivén entre la indiferencia y el deseo mal disimulado. Ella a mi lado, con ese andar arrogante, casi desafiante, como si pudiera incendiar el pavimento solo con sus pasos. Yo no dije nada. No me gustaban las conversaciones innecesarias, y ella lo sabía. O fingía saberlo, al menos.Saqué las llaves del bolsillo trasero y desactivé la alarma del auto con un clic. El sonido agudo cortó el silencio justo cuando llegamos.—¿Quieres ir a mi casa? —pregunté, sin mirarla, con el mismo tono con el que se pide un café. Frío. Seco. Sin expectativas.—¿Y eso es una invitación formal o solo estás tratando de ver si me bajo la ropa antes de que termine la noche?La miré de reojo. Tenía esa maldita sonrisa torcida, como si supiera exactamente lo que provocaba en mí.—Es solo una pregunta —respondí, abriéndole la puerta del copiloto.Ella subió sin decir nada más, pero vi cómo sus labios se curvaban al final

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    ★ JeffreyNo tenía por qué voltear, pero lo hice.No porque me importara, sino porque a veces el silencio de alguien pesa más que su voz. La vi caminando hacia la salida, con el paso apurado y la espalda tensa, como si necesitara largarse antes de que se desmoronara. Y por alguna razón, no quise dejar que se fuera así.—¿Conoces alguna joyería que venda cosas para niñas? —pregunté con tono seco, sin adornos, sin cortesías. Como quien lanza una piedra y espera el golpe.Ella se detuvo en seco y giró con lentitud, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Me miró con burla y sorpresa, seguro esa era la cara que pone cuando está a punto de soltar veneno.—¿Me estás hablando a mí? Porque hace un momento te valía madres si me hablabas o no.Sonreí de medio lado. No por simpatía, sino porque su sarcasmo me divierte. Me gusta la gente que no se calla, que no finge ser menos intensa de lo que es.—Sí, a ti. ¿Sabes o no?Rodó los ojos, pero terminó asintiendo.—Conozco una.—Entonce

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