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Mi esposo quiere que lo ame
Mi esposo quiere que lo ame
Author: Paola Arias

Quiero el divorcio

Author: Paola Arias
last update publish date: 2026-09-03 20:18:35

Abrí los ojos despacio, dejando que la penumbra de la habitación me devolviera a la realidad. A mi lado, el ritmo pausado y profundo de una respiración me recordó, como cada mañana desde hacía dos años, dónde estaba y con quién compartía la vida.

Me giré apenas unos centímetros, lo suficiente para ver la silueta de Sebastián. Su rostro, relajado por el sueño, carecía de la firmeza dura que solía llevar durante el día. Era un hombre atractivo, no podía negarlo; alto, de facciones marcadas y una presencia que imponía respeto en cualquier salón. Pero para mí, no era más que un desconocido con el que compartía un apellido y un techo.

Un suspiro pesado se me escapó del pecho, apagado por la inmensidad del dormitorio.

«Un día más, un nuevo día de este calvario silencioso», me dije en un susurro.

Resultaba increíble —y francamente agotador—, pensar que, tras setecientos treinta días durmiendo en la misma cama, la proximidad de su cuerpo me siguiera resultando ajena, casi invasiva. Jamás pude sentirme cómoda a su lado. Jamás pude acallar esa voz interna que me gritaba que este no era mi lugar. Y, sobre todo, jamás pude amarlo.

Sin hacer el menor ruido, me deslicé fuera de la cama. El contacto de mis pies descalzos con la madera fría del suelo me sirvió como un ancla para no dejarme vencer por el desánimo tan temprano. Caminé directamente hacia mi baño privado y cerré la puerta tras de mí, dejando fuera la presencia de Sebastián y el ambiente sofocante de nuestra habitación.

Me apoyé sobre el lavabo de mármol y miré mi reflejo en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada vestía una bata de seda impecable, pero sus ojos delataban un cansancio que ningún maquillaje podía ocultar del todo. Como CEO de una de las empresas tecnológicas más importantes del país, estaba acostumbrada a tomar decisiones difíciles y a resolver crisis millonarias sin pestañear. En el mundo empresarial yo tenía el control absoluto; en mi vida personal, en cambio, sentía que caminaba por un sendero diseñado por otros, atrapada en una jaula de oro.

Me duché dejando que el agua caliente me despejara las ideas y elegí un traje de dos piezas en tono azul marino, estructurado. Era mi armadura. La necesitaba para salir ahí fuera, pero sobre todo para enfrentarme a mi propia realidad.

Cuando salí del baño, Sebastián ya estaba de pie junto al ventanal del dormitorio, ajustándose el nudo de la corbata frente al espejo de pie. Su figura recortada contra la luz de la mañana era la imagen perfecta del hombre inalcanzable, poderoso y asquerosamente guapo.

No lo saludé, pasé por su lado manteniendo una distancia prudente.

—¿Quieres que te acerque a la empresa? —preguntó él. Su voz era grave, serena, sin la menor alteración.

—No —respondí de forma seca, sin dar espacio a un diálogo más largo, y salí de la habitación.

Descendí la gran escalera de mármol que conducía al comedor principal. Mientras me dirigía a la mesa, las palabras de mi mejor amiga resonaron en mi mente: «Si no eres feliz, Margoth, divórciate. No puedes pasar el resto de tu vida llevando una vida que te amarga más cada día».

Qué fácil sonaba en sus labios. Nuestra unión no había sido un impulso juvenil; fue un matrimonio por contrato, una alianza minuciosamente planificada por nuestras familias para consolidar patrimonios. Desear el divorcio era una cosa, pero ejecutarlo significaba un escándalo colosal.

Además, en el fondo de mi alma, la sombra de Esteban seguía latente. Esteban era el único hombre que realmente había logrado tocar mi corazón, con quien soñaba construir una vida real. Pensar en él me llenaba de una nostalgia amarga que me recordaba lo lejos que estaba de la felicidad.

Llegué al comedor y me senté a la mesa. La empleada me sirvió un café negro sin azúcar. En ese momento, encendió la pantalla plana gigante montada en la pared del comedor, dejándola en el canal de noticias de entretenimiento matutino.

Unos minutos después, el sonido de unos pasos firmes anunció la llegada de Sebastián. Entró vistiendo ya el saco de su traje, pero su atención estaba completamente fija en su teléfono móvil. Venía tecleando mensajes a una velocidad pasmosa, con el ceño fruncido y una sonrisa enigmática que jamás me había dedicado a mí. Se sentó enfrente, le hizo un breve gesto de agradecimiento a la empleada y continuó absorto en su pantalla, ignorándome por completo.

—Y en noticias de última hora del espectáculo —retumbó la voz entusiasta de la presentadora en la televisión—, captamos anoche en exclusiva al codiciado magnate Sebastián Montenegro y a la deslumbrante modelo internacional Valeria Rossi saliendo por la puerta trasera de un exclusivo hotel boutique en el centro de la ciudad.

El mundo pareció detenerse, como yo, que me congelé en mi lugar.

En la pantalla aparecieron imágenes nítidas en alta definición. Ahí estaba Sebastián, sosteniendo con delicadeza por la cintura a una hermosa mujer de vestido rojo. En el video, ella se inclinaba hacia él, susurrándole algo al oído mientras él le sonreía con una complicidad íntima, sosteniéndole la mano antes de que ambos subieran al asiento trasero de una camioneta blindada.

—Fuentes cercanas aseguran que la química entre el empresario y la modelo es innegable y que llevan meses viéndose en secreto —continuó la presentadora con tono malicioso—. ¿Será este el fin de su perfecto matrimonio?

Un aire helado pareció congelar el comedor. La empleada dio un paso atrás, visiblemente avergonzada e incómoda, y apagó la televisión de inmediato, pero el daño ya estaba hecho.

Mi corazón dio un vuelco violento. Una ola de humillación y furia me corrieron por las venas. Supuestamente este era un acuerdo mutuo de apariencias, un pacto donde el respeto público era la única regla no escrita. Sin embargo, ahí estaba él, exponiéndome al ridículo nacional mientras mantenía a una amante a mis espaldas.

Levanté la mirada lentamente hacia él. Para mi indignación, Sebastián ni siquiera se inmutó. Guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco y tomó un sorbo de café, con una serenidad que resultaba insultante.

—No creas todo lo que veas en la televisión, Margoth —dijo con voz pausada, sin un solo rasgo de culpa en su rostro. Su tono no era de disculpa, sino de una fría condescendencia—. Valeria y yo estábamos resolviendo un asunto privado. Las imágenes están fuera de contexto.

—¿Un asunto privado a las dos de la mañana a la salida de un hotel? —mi voz sonó más filosa y baja de lo que esperaba—. ¿Crees que soy estúpida, Sebastián?

—Te estoy diciendo la verdad —insistió él, fijando sus ojos grises en los míos. Por primera vez en la mañana, su mirada contenía una chispa indescifrable, una mezcla de frustración contenida y algo oscuro que no logré descifrar—. No hay nada entre Valeria y yo. No es como lo están mostrando.

—¡Me da igual lo que sea! —interrumpí, poniéndome de pie de golpe. Las manos me temblaban de rabia, pero mi postura era implacable—. Me mantuve en este matrimonio sin amor por compromiso y por respeto a nuestras familias, soportando tu frialdad y tu desprecio diario. ¿Pero ser la burla de todo el país mientras te paseas con tu amante? Eso no lo voy a tolerar nunca.

Sebastián se levantó despacio, llenando el espacio con su imponente estatura. El aire entre los dos se volvió denso, a punto de estallar.

—No tienes idea de lo que ocurrió anoche ni de por qué estaba ahí. No me juzgues sin saber. Sí me vi con ella, pero no es mi amante. Respeto nuestro matrimonio…

—Esto se acabó —zanjé sin dejarlo terminar de hablar—. Si tenías a otra, me hubieras ahorrado este infierno desde el primer día. ¿Por qué casarte conmigo y no con ella en primer lugar?

Apoyé las manos sobre la mesa y me incliné apenas hacia él, pronunciando cada palabra con una determinación de acero:

—Quiero el divorcio, Sebastián, y nada hará que cambie de decisión.

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Comments (4)
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Nico R. Jiménez
Leyendo, ya me encanta , .........
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Martha Luz Sabalza
Muy interesante Pao. Muchísimos éxitos y bendiciones ...
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Virginia Bermudez
Aquí estoy, tube que leer desde el principio no recordaba nada .........
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