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Cláusula

Penulis: Paola Arias
last update Tanggal publikasi: 2026-09-03 20:20:01

Esperaba una reacción violenta de su parte: un arranque de ira, una defensa encendida o, al menos, el rápido cálculo financiero de un hombre de negocios acorralado. Esperaba ver resquebrajarse esa máscara de mármol que Sebastián había llevado pulida durante los últimos dos años.

Sin embargo, no hubo gritos. No hubo tensión en sus hombros ni la alarma de quien se sabe acorralado.

Sebastián simplemente me observó. Sus ojos grises, oscuros como el mar antes de una tormenta, recorrieron mi rostro con una calma exasperante, reteniendo la mirada en la mía con una fijeza que me congeló la sangre. El pulso me aceleraba los oídos, un martilleo sordo que contrastaba con su inmovilidad.

Despacio, casi con parsimonia, alargó la mano, tomó el asa de su taza de café y le dio un trago pausado. Cada uno de sus movimientos era un insulto a la tormenta que ardía dentro de mí. Cuando al fin apoyó la porcelana sobre la mesa, el leve chasquido resonó como un disparo en el silencioso comedor.

—¿El divorcio? —repitió, y por primera vez detecté un matiz distinto en su voz grave y fría.

—Así es —afirmé, sosteniéndole la mirada a pesar de la opresión en mi pecho—. Mis abogados te enviarán la notificación esta misma tarde. No voy a quedarme a ser la esposa burlada mientras tú te diviertes con modelos en hoteles. La alianza familiar se terminó en el momento en que expusiste mi nombre en la televisión nacional.

Sebastián no pestañeó. Lentamente, rodeó la mesa de caoba, cada paso que daba hacia mí parecía reducir el espacio de la habitación, volviendo la atmósfera densa, difícil de respirar. Yo me mantuve firme, con la espalda recta y el mentón alzado, negándome a dar un solo paso atrás, aunque mi instinto me gritara que me alejara de él. Se detuvo a menos de un metro. Su silueta alta me cubrió por completo con su sombra, devolviéndome a esa aterradora sensación de pequeñez que siempre intentaba ocultar tras mi frialdad.

Se inclinó apenas hacia mí, apoyando las manos en el borde de la mesa, acorralándome con su sola presencia.

—De acuerdo —dijo con una tranquilidad helada.

Parpadeé, tomándole la palabra con una mezcla de sorpresa y recelo. ¿Así de fácil? ¿Tanto le daba igual desembarazarse de mí? Pero antes de que pudiera articular palabra alguna, una sonrisa amarga, cargada de una oscura arrogancia, se dibujó en la comisura de sus labios.

»De acuerdo, Margoth —repitió, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso que me erizó la piel—. Pero parece que en tu arrebato de dignidad has olvidado leer con atención el documento que firmaste hace dos años.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

—¿De qué estás hablando? —exigí, apretando los puños a los costados para que no notara el leve temblor de mis manos.

—Hablo de nuestro contrato matrimonial —respondió, fijando sus ojos en los míos con una intensidad que casi me dejó sin aire—. Hay una cláusula muy específica, redactada por tus propios padres y respaldada por los míos, que establece las condiciones de rescisión del acuerdo patrimonial. Ninguna de las partes puede solicitar la disolución unilateral del matrimonio hasta haber garantizado la continuidad del linaje de ambas firmas. En términos más sencillos, esposa mía: tienes que darme un hijo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire y sentí como si el suelo bajo mis pies se abriera de golpe.

—¿U-un... qué? —logré articular, con la garganta seca.

—Un heredero —aclaró él, sin desviar la mirada ni un milímetro de la mía—. Y corrígeme si me equivoco, pero esa condición parece no haberse cumplido aún.

La frialdad con la que pronunció esas palabras me golpeó como un puñetazo en los ovarios. El recuerdo de nuestras noches —muy pocas, a decir verdad—, cruzó por mi mente como un latigazo de vergüenza.

Durante todo este tiempo habíamos compartido la cama como dos extraños que guardaban las distancias, cumpliendo con la etiqueta, pero evitando cualquier atisbo de intimidad real. Y ahora, él usaba ese mismo vacío para encadenarme.

—Es una ridiculez —escupí, sintiendo cómo la rabia amenazaba con hacerme perder el control—. Ese contrato es una formalidad arcaica y lo sabes. Ningún juez va a obligarme a...

—Ese contrato es legalmente valido —me interrumpió, alzando ligeramente la voz, lo suficiente para cortar mi réplica de raíz—. Y si intentas llevar esto a los tribunales sin cumplir con las cláusulas pactadas, la demanda por incumplimiento destruirá la reputación y las acciones de tu compañía antes de que puedas pisar un juzgado. No te conviene jugar a la rebelde ahora, Margoth.

Di un paso atrás, necesitando desesperadamente poner distancia entre su cuerpo y el mío. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas. La idea de un hijo con Sebastián Montenegro era algo que jamás me había permitido contemplar; la sola mención evocaba la imagen de Esteban, de lo que pudo haber sido mi vida si la ambición familiar no me hubiera vendido al mejor postor. Darle un hijo a Sebastián significaba atarme a él para siempre, convertir esta jaula de oro en un presidio perpetuo.

—No voy a acostarme contigo —sentencié, con la voz temblando por el esfuerzo de mantener el temple—. No voy a ser tu incubadora para que sigas fingiendo el papel de marido perfecto mientras te vas con tus amantes y el mundo entero se burla de mí.

Sebastián enderezó el cuerpo, recuperando su postura imponente. Su rostro volvió a la frialdad habitual, transformándose de nuevo en esa impenetrable pared de hielo contra la que me estrellaba una y otra vez. Sin embargo, en el fondo de sus ojos permanecía encendida una llama siniestra, la de un hombre acostumbrado a ganar cada batalla que emprendía.

—Eso depende de ti —dijo con una calma insultante, ajustándose los puños de la camisa con absoluta parsimonia—. Pero si el divorcio es lo que tanto anhelas, ya sabes cuál es el precio por pagar. Tendrás que esforzarte más, esposa mía.

Dio la vuelta a la mesa y caminó hacia la salida del comedor sin mirar atrás. El eco de sus pasos sobre el mármol fue marcando el ritmo de su retirada, firme y victorioso. En el umbral de la puerta se detuvo un segundo, solo para añadir sin volverse:

—Nos vemos esta noche en casa. Procura no llegar tarde.

El silencio volvió a inundar el gran salón, más pesado y sofocante que antes. Me quedé sola, con la taza de café enfriándose sobre la mesa y el eco de sus palabras retumbando en mis oídos.

Me apoyé de nuevo en la mesa, sintiendo que las piernas me fallaban. La armadura que me había puesto esa mañana ya no me protegía de nada. Sebastián me había cerrado la única salida que creía tener, transformando mi anhelo de libertad en una trampa perfecta. Y, lo peor de todo, era que no me dejaría ir tan fácilmente.

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Martha Luz Sabalza
Hay que leer la letra pequeña
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Martha Luz Sabalza
Miércoles Margoth está la cosa difícil que Sebastián te dé el divorcio
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Tere Vera
y porque tiene que seguir si le fue infiel no puede usar esa parte
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