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Trampa

Author: Paola Arias
last update publish date: 2026-09-05 23:21:13

Al siguiente día contacté a primera hora a un abogado externo de la familia, que fuera de confianza y pagándole lo suficiente para que no abriera la boca. No podía darme el lujo de que mi situación con mi esposo saliera a la luz.

Había hecho un trato con Sebastián y no pensaba dejarlo solo en palabras, así que me aseguraría de que firmara este nuevo contrato, donde, apenas tuviéramos al heredero, firmaría el divorcio.

—Señora Montenegro, lamento ser el portador de malas noticias, pero lo que me pide no es legalmente viable bajo los términos de su acuerdo inicial —dijo el abogado, ajustándose los anteojos mientras examinaba con minuciosidad la copia del documento sobre su escritorio.

—¿A qué se refiere, licenciado? —pregunté, esforzándome por mantener un tono firme y tranquilo, aunque la voz me tembló ligeramente—. Sebastián aceptó la inseminación artificial. Es solo cuestión de formalizarlo en esta nueva cláusula para proceder con la clínica.

El abogado suspiró, deslizó el contrato matrimonial previo hacia mi lado de la mesa y señaló con el bolígrafo un párrafo resaltado en la tercera página.

—Aquí está el problema. En el contrato prenupcial que firmaron antes de la boda, el cual, le recuerdo, fue redactado bajo la estricta supervisión de los abogados de su familia y los Montenegro, se estipula explícitamente que cualquier heredero directo debe ser concebido de manera natural dentro del matrimonio y registrado legítimamente bajo la filiación de ambos cónyuges. No se contemplaron métodos de reproducción asistida ni vacíos legales de ese tipo. Si recurren a la inseminación artificial, la cláusula de sucesión perderá toda validez legal y el contrato quedar anulado sin otorgarle a usted los beneficios estipulados.

Escuché cada palabra como si fuera un martillazo en el pecho.

—Tiene que haber un error... —murmuré, sintiendo que la rabia me nublaba la vista.

—No lo hay, señora Montenegro. Si desea que el acuerdo mantenga su validez jurídica y que el contrato de divorcio posterior tenga fuerza legal, el proceso de concepción debe cumplir al pie de la letra con lo que redactaron sus padres. De lo contrario, cualquier tribunal invalidará el nuevo documento que pretende hacerle firmar a su esposo.

Salí de la oficina del abogado con la mente hecha un caos y los pasos torpes. Subí a mi auto y me quedé varios minutos con las manos aferradas al volante, tratando de digerir la trampa en la que me hallaba atrapada.

Me invadió una rabia ciega, acompañada de un profundo sentimiento de impotencia. Mi plan perfecto —aquel que me garantizaba cero contacto físico con Sebastián, que me protegería de la atracción peligrosa que empezaba a ejercer sobre mí y que me daría la libertad absoluta—, se vino abajo de golpe

Para obtener mi libertad y librarme de este matrimonio, tendría que acostarme con mi esposo. Tendría que dejar que me tocara, que me besara como lo había hecho sobre el escritorio, que entrara en mi espacio más íntimo hasta quedar embarazada. La sola idea de intimidad con él me provocaba un escalofrío: por un lado, una repulsión ante la idea de someterme a sus términos; por el otro, una traicionera corriente de calor que se me instalaba en el vientre al recordar la firmeza de sus manos y la presión de su boca contra la mía.

Odiaba esa contradicción en mi cuerpo, odiaba que el solo pensamiento de tenerlo cerca me acelerara el pulso de esa manera tan humillante.

Llegué a la casa al caer la tarde. Me cambié de ropa, me maquillé para ocultar la palidez de mi rostro y preparé el documento definitivo que el abogado había redactado siguiendo las pautas estrictamente legales.

Durante la cena, la tensión en la mesa se podía cortar con un cuchillo. El comedor principal se sentía colosal y frío. Sebastián estaba sentado frente a mí, cortando su filete con la elegancia pulcra que siempre lo caracterizaba, vistiendo una camisa oscura con las mangas ligeramente arremangadas.

Esperé a que el personal de servicio sirviera el postre y se retirara antes de sacar el documento de mi carpeta y deslizarlo sobre la mesa, justo al lado de su copa de vino.

—Ahí está el contrato —dije con la voz fría y cortante—. En cuanto nazca el heredero, firmarás el divorcio. Sin prórrogas y sin excusas.

Sebastián dejó los cubiertos a un lado con parsimonia, tomó el papel y leyó los puntos con una tranquilidad exasperante.

—Veo que fuiste a consultar a un abogado —comentó, alzando la mirada hacia mí con esos ojos oscuros que parecían leer cada uno de mis pensamientos.

—¿Por qué me mentiste ayer? —le reclamé, apretando los puños debajo de la mesa mientras la indignación me quemaba la garganta—. Sabías perfectamente que la inseminación artificial no era una opción. Conocías la cláusula del contrato prenupcial y, aun así, aceptaste mi condición, burlándote de mí. Me pusiste una trampa.

Sebastián no mostró ni un remordimiento, ni se inmutó ni ofreció una disculpa. En su lugar, esbozó una leve inclinación de cabeza.

—Yo no te mentí, Margoth. Tú propusiste una condición y yo acepté: el hijo a cambio del divorcio. Si tú no preguntaste ni leíste con atención los términos que redactaron tus propios padres en su momento, no es mi responsabilidad. Te aseguro que, si por mí fuera, lo haría como tú quisieras, pero la cláusula la impusieron las familias, no yo.

Lo fulminé con la mirada, apretando la mandíbula para no perder los estribos. Sabía que tenía razón en parte, pero su actitud calculadora me enfurecía aún más.

—Firma de una vez —le exigí, señalando la línea en blanco al final del folio.

Sebastián no protestó. Sacó su esfero del bolsillo interior del saco, la destapó sin prisa y estampó su firma con un trazo firme y decidido. Luego me pasó el bolígrafo y el papel. Firmé debajo de su nombre con la mano firme, tratando de convencerme de que este era el primer paso hacia mi libertad.

Cuando terminé, dejé el bolígrafo sobre la mesa y nuestras miradas se cruzaron. Ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos. El silencio en el comedor se volvió denso. Sebastián fijó sus ojos en mis labios y una sonrisa lenta, casi imperceptible, se dibujó en los suyos.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho. Pensé que lo haría en ese mismo instante. Creí que se levantaría, me tomaría del brazo y me exigiría ir a la habitación para empezar a cumplir la cláusula esa misma noche.

Me preparé mentalmente para el enfrentamiento, tensando cada músculo de mi cuerpo. Pero Sebastián simplemente se puso de pie y se acercó a mi lado de la mesa. Me quedé inmóvil, sin atreverme siquiera a respirar.

Se inclinó suavemente hacia mí y cerré los ojos por instinto, esperando el contacto agresivo o posesivo de sus labios, pero solo sentí la tibieza de su boca rozando mi frente en un gesto ridículamente tierno.

—Descansa, querida esposa —murmuró cerca de mi oído, con una voz baja que me erizó la piel.

Se incorporó, me dedicó una última mirada indescifrable y dio media vuelta, caminando a pasos tranquilos en dirección a su despacho.

Me mantuve sentada en la silla, sola en el enorme comedor, sintiendo cómo el eco de su presencia aún vibraba en el aire. Estaba desconcertada por su actitud, profundamente aliviada de no haber tenido que enfrentarme a él en la cama esta noche, pero, al mismo tiempo, completamente confundida por la turbulencia de emociones que me había dejado y me azotaban sin darme tregua.

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Martha Luz Sabalza
Margoth, verderamente estás en una encrucijada
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