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Sebastián

Author: Paola Arias
last update publish date: 2026-09-06 23:42:56

Sebastián

Entré a mi despacho, cerré la puerta con fuerza y me fui directo a servirme un trago de whisky. Necesitaba un poco del calor del licor para dejar de sentirme tan ansioso y no regresar con mi esposa, tomarla en brazos, subirla a esa mesa y hacerla mía en medio del comedor sin importar que los empleados nos vieran.

Me serví el primer trago y me lo bebí de golpe, sintiendo que el calor iba en aumento.

Había firmado la sentencia de muerte de mi propio matrimonio sin oponer la menor resistencia; sin embargo, mientras contemplaba la botella, no pude sentir un ápice de derrota o temor a perderla. Ella creía haberme ganado la partida, pensaba que, con ese documento, me había arrinconado contra la pared. Lo que Margoth no comprendía —lo que nunca había alcanzado a ver en estos dos años de convivencia silenciosa—, era que yo jamás he jugado a perderla.

Me acomodé en el sillón de cuero, dejé el contrato sobre el escritorio y me recliné hacia atrás, llevándome dos dedos al puente de la nariz para masajear la tensión que comenzaba a acumularse allí.

No era ningún santo, ni pretendía venderme como el esposo abnegado y perfecto que la suerte le había negado. Reconocía mis fallas en este matrimonio desde el comienzo. Durante estos dos años fui demasiado distante, demasiado calculador, demasiado idiota al pensar que, al estar alejado, darle su espacio y no presionar los límites de un matrimonio pactado por conveniencia, y mantener un control estricto sobre mis propias emociones era la postura más madura.

Qué estupidez. Mi reserva solo sirvió para que ella interpretara mi frialdad como indiferencia, y mi distanciamiento como desprecio.

Dejé que creyera que no me importaba. Permití que mi silencio constante creara un abismo insalvable entre los dos, alimentando sus inseguridades y alejándola cada vez más de mí. Mi orgullo me impidió explicarle tantas cosas... Me negué a competir con el fantasma de su pasado porque una parte de mí me seguía diciendo que aún lo amaba y, en el proceso, me convertí en el villano frío y conveniente de su propia historia.

Pero no pensaba seguir interpretando ese papel.

No acepté la cláusula de concepción natural por un simple capricho de dominio ni por la sola obligación de darles a nuestros padres el heredero que tanto querían. Si hubiera querido simplemente un heredero para cumplir con las exigencias de mi familia y las de la suya, la inseminación artificial habría sido la vía más rápida y menos turbulenta. Pero no quería un trámite más entre nosotros. No quería una transacción en una clínica rodeada de batas blancas y frascos de laboratorio.

Quería a mi esposa.

Y, sobre todo, quería que fuera ella quien me eligiera a mí.

Esperé pacientemente a que un día me mirara con algo más que la distancia que siempre interponía entre nosotros, que me mirara como yo la miraba a ella desde el primer instante en que caminó hacia el altar. Había agotado el tiempo de la espera y ahora estaba dispuesto a hacer algo que jamás había hecho en mi vida: luchar abiertamente por su amor.

Abrí el cajón inferior de mi escritorio, el único que mantenía bajo llave, y saqué una pequeña caja de madera oscura. Al abrirla, encontré el bolígrafo de plata que ella me regaló durante nuestro primer aniversario de bodas. Recordaba perfectamente ese día: me lo entregó con torpeza, envuelto en un papel sobrio, disculpándose de antemano por si no era de mi agrado, asumiendo que un hombre de mi posición solo apreciaba los lujos extravagantes. Nunca lo usé frente a ella para evitar que notara cuánto me había impactado ese gesto, pero era el único objeto de gran valor que conservaba en mi espacio de trabajo más privado.

Ella no tenía la menor idea de hasta qué punto mi vida giraba en torno a sus movimientos. Creía que yo vivía absorto en mis negocios, ciega al hecho de que conocía cada uno de sus hábitos con una precisión casi obsesiva. Sabía que tomaba el café negro y sin azúcar, pero con una gota de leche fría justo al despertar. Sabía que cuando la presión de la empresa la desbordaba, se le olvidaba almorzar, por lo que a menudo daba órdenes discretas a la cocina para que le subieran una bandeja a su oficina privada sin mencionar mi nombre. Sabía perfectamente qué pieza de piano escuchaba en bucle cuando se concentraba en revisar los balances de fin de mes, y conocía la inclinación imperceptible de sus hombros cuando intentaba ocultar que estaba agotada.

Incluso en el ámbito profesional, Margoth creía que se abría paso completamente sola contra la marea de ejecutivos arcaicos que aún la subestimaban y la querían hacer menos desde que había asumido el control de la empresa de su familia. No tenía noción de las reuniones a puerta cerrada que yo había sostenido para neutralizar a los socios que intentaron sabotear sus proyectos en la compañía de tecnología, ni de los contratos que reestructuré en la sombra para asegurarme de que su gestión fuera impecable a ojos de la junta directiva. No buscaba su reconocimiento ni su gratitud; solo quería protegerla.

Pero la protección silenciosa ya no era suficiente. La conquistaría sin importar lo que tuviera que hacer.

Ella necesitaba más y eso era lo que le iba a dar. Le iba a demostrar todo lo que ella despertaba en mí y lo mucho que aceleraba los latidos de mi corazón.

La cláusula era clara: concepción natural. Sin embargo, no cometí el error de asumir que eso me daba derecho a exigirle nada. No iba a presionarla. No iba a acorralarla por la noche ni a usar la fuerza de un papel para obligarla a entrar en mi cama. Someterla o valerme de su desesperación por divorciarse de mí solo lograría que me odiara con más fuerza, y no estaba dispuesto a recibir ese tipo de resentimiento cuando por fin la hiciera mía como tanto lo había querido.

Iba a hacer que deseara estar allí. Iba a erosionar la muralla de hielo con la que se protegía, paso a paso, detalle a detalle, hasta que la atracción reprimida que vi centellar en sus ojos esta noche en el comedor terminara por consumirla por completo.

Cerré la caja de madera, la guardé de nuevo en el cajón y apagué la lámpara del escritorio. La oscuridad del despacho se sintió tibia, casi acogedora. Me puse de pie y caminé hacia la ventana que daba al jardín interior, observando el reflejo de las luces de la propiedad.

Margoth quería el divorcio, yo solo quería que me amara y tener una familia con ella. Yo iba a darle un hijo que podría hacer que la perdiera, pero me aseguraría de que, para cuando eso sucediera, la sola idea de firmar la separación le resultara tan impensable como a mí.

La guerra por su corazón acababa de comenzar, y esta vez, no me iba a quedar al margen ni a esperar que con solo dormir a su lado ella me amara.

Le robaría cada pensamiento, cada suspiro y ese corazón que podría pertenecer a otro, pero que sería mío por completo.

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Comments (3)
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David Plata
Esta historia creo que esta mal porque debería haber empezado con el tratando y demostrandole qué el la quiera en cambio el papel de ella está bien desde el princio porque armoran a dos personajes que al principio ninguno de los demostraron cariño ya hora resulta que el está tratando de acercarce
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Martha Luz Sabalza
Sebas son los detalles y las atenciones lo que hacen que una mujer se enamore perdidamente
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Maria Colmenarez
jajaja que bello amo a Sebastián, así se habla lucha por su amor
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