LOGINAlejé a Sebastián de un empujón cuando salí de mis pensamientos y de mi atontamiento. Me bajé del escritorio, acomodándome la ropa con manos temblorosas y haciendo todo lo posible por no mirarlo a los ojos.
¿Qué había sido eso? ¿Él jamás me había besado de esa manera tan… ruda y apasionada? Era como si hubiese querido arrancarme la boca…
—Margoth…
—No vuelvas a hacer algo como eso —dije, mirando mis tacones—. Yo no voy a continuar en un matrimonio así, donde tú no me respetas ante nadie. Puedes tener todas las amantes que quieras, pero procura que nadie te vea.
—¿De verdad quieres que vaya con otras mujeres?
Me encogí de hombres, fingiendo que no me importaba.
—Haz lo que quieras. Eres un hombre libre.
—De acuerdo.
Levanté la mirada al instante y Sebastián esbozó una sonrisa arrogante.
—¿No es lo que me estás pidiendo? ¿Qué me vaya a los brazos de otras mujeres?
—No me importa lo que hagas. Solo firma el divorcio.
Sebastián dio un paso más cerca de mí y me vi retrocediendo de nuevo, pero también sintiendo que el pulso se me aceleraba.
—Ninguna de las dos cosas va a pasar. Entiéndelo de una vez. Ni te daré el divorcio ni tengo la necesidad de irme a los brazos de otras mujeres —levantó la mano y rozó mi barbilla con sus dedos—. No necesito a nadie más que a mi esposa.
Le obligué a mi corazón que dejara de latir de esa manera tan frenética que lo estaba haciendo. No podía creerme sus palabras bonitas y disfrazadas, porque eso eran: un disfraz.
Respiré hondo y pensé rápido en una salida, pero era más que evidente que Sebastián no me daría el divorcio tan fácil como había creído. Nunca habría querido atarme a él de esta manera, pero si no tenía más opciones, tendría que aceptar.
Me iba a arrepentir después, pero todo esto lo estaba haciendo con la intención de ser libre. Así él podría ser feliz con su amante y yo buscaría mi camino con un hijo que nos ataría de por vida.
—Está bien —suspiré y vi en sus ojos un brillo especial e indescifrable—. Acepto, pero será bajos mis condiciones.
—Dímelas —respondió de inmediato.
—Tendremos un hijo mediante inseminación artificial y no hay discusión sobre eso, ¿entiendes? Y después de todo esto, firmas el divorcio.
Sebastián sintió con calma, sonriendo de una manera que me hizo dudar y despertar un ápice de desconfianza.
—Trato hecho —estiró su mano y lo miré entrecerrando los ojos. ¿Qué estaba tramando mi esposo?—. Acepto tus condiciones.
No debería sentir esa emoción en mi interior, pero cuando estreché su mano, su contacto me quemó y envió electricidad a todo mi cuerpo. Aparté la mano de inmediato, recordando lo que sentí cuando me besó.
—¿Lista para irnos a casa, querida esposa mía?
Lo fulminé con la mirada.
—No seas burlón, Sebastián.
—¿Qué? ¿no puedo decirte así? Sigues siendo mi esposa.
Pero ¿qué le pasaba? ¿Dónde había quedado el hombre frío y distante que apenas me miraba?
—Vámonos —pasé por su lado, cogí mi bolso y caminé por delante de él, sintiendo su presencia detrás de mí, alterándome los nervios.
Nos fuimos juntos a la casa y nadie se atrevió a decir ni una sola palabra, pero la tensión aun flotaba entre nosotros.
Tan pronto llegamos a la casa, me fui directo a la habitación y me encerré en el baño durante una larga hora, tratando de darme tiempo para volver a mi postura fría de estos dos años. Pero, sin importar que me repitiera que no había significado nada, no podía sacarme de la cabeza ese beso que nos dimos.
Al salir del baño, con la piel tibia por el agua y la mente hecha un torbellino, me detuve en seco.
Sebastián no estaba en la habitación, pero su presencia parecía haber quedado impregnada en cada rincón. La puerta del vestidor estaba entornada y una tenue luz se filtraba desde el pasillo. Me envolví con fuerza en la bata de seda, buscando una armadura en la tela, y di unos pasos cautelosos hacia el centro del dormitorio.
La puerta del pasillo se abrió y él entró. Ya no llevaba la chaqueta del traje ni la corbata, se había desabrochado los primeros botones de la camisa y se remangaba los puños con una lentitud deliberada, casi predatoria. Su mirada, oscura y pesada, se clavó en mí al instante.
—Tardaste demasiado —dijo con voz baja y rasposa, dando un paso en mi dirección.
—Estaba lavándome la culpa de haber cedido a esta locura —respondí, manteniendo la barbilla en alto a pesar de que el corazón me daba vueltas.
Sebastián soltó una risa ahogada, carente de diversión, y continuó acortando la distancia. No se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de mí. El aroma de su colonia, mezclado con el calor de su piel, me envolvió de inmediato, trayéndome el recuerdo de su boca contra la mía.
—Puedes decirte lo que quieras, Margoth —murmuró, inclinándose apenas hacia mi oído—. Pero los dos sabemos que esta locura no te disgusta tanto como pretendes.
—Es un acuerdo de negocios —rebatí, apretando los puños a los costados—. Nada más.
—Ah, ¿sí? —Su mano subió de pronto, no a mi barbilla, sino al nudo de mi bata, rozando apenas el firme tejido y sentí que todo dentro de mí ardía—. Entonces explícame por qué tiemblas cada vez que me acerco.
Mi respiración se cortó. Intenté dar un paso atrás, pero la cama me bloqueó el camino. Sebastián no perdió la oportunidad: dio un paso al frente, acorralándome con su cuerpo sin llegar a tocarme del todo, obligándome a inclinar la cabeza para sostenerle la mirada.
—Inseminación artificial... —repitió en un susurro peligroso, tirando con suavidad del nudo—. Acepté las condiciones, querida esposa, pero nunca dijimos nada sobre cómo pasaríamos las noches hasta que eso ocurra.
Mi corazón se detuvo un segundo, antes de explotar en mi pecho con una fuerza violenta tras su insinuación.
—Sebastián… No… tú… —carraspeé, sintiendo la cara roja de vergüenza—. Este no era el trato y lo sabes.
—Por supuesto, esposa. Sé cuál es el trato y la condición… —sonrió y se dirigió al baño, dejándome con el pulso a mil.
SebastiánEsa mañana el aire se sentía extrañamente ligero, como si el peso constante que llevaba en los hombros se hubiera disipado durante la noche. Al cruzar el vestíbulo principal, me detuve a saludar con un asentimiento breve a dos de los cirujanos de guardia que discutían sobre un expediente en la recepción y, por primera vez en meses, les dediqué una sonrisa franca antes de continuar por el pasillo hacia mi despacho.Mi secretaria, Andrea, alzó la vista del monitor al verme pasar. Se quedó inmóvil un segundo, con la carpeta en la mano a medio abrir, observándome con una mezcla de desconcierto y curiosidad que me hizo sonreír aun más.—Buenos días, señor Montenegro —dijo, poniéndose de pie para seguirme hasta la puerta de mi oficina con la agenda del día—. Veo que la reunión con los accionistas de ayer no fue tan desastrosa como esperábamos. Se le ve bastante alegre hoy.—Buenos días, Andrea. Los accionistas siguen siendo igual de tediosos que siempre —respondí, rodeando el escr
MargothCon el paso de los días, la tensión y la anticipación me estaban consumiendo todo de mí hasta el punto de perder toda concentración incluso en el trabajo. No había segundo en el día que no estuviera alerta, esperando que Sebastián cruzara la línea y exigiera acostarse conmigo.Pero cada noche, después de que cenábamos en tensión y me daba una ducha para intentar relajarme —e inconscientemente preparándome—, él se acostaba a mi lado y me daba la espalda, dejándome desconcertada y aun más a la expectativa.No tenía ni idea de cuando daríamos ese paso y empezaríamos a tener relaciones sexuales. Aun cuando me repetía que no estaba lista para entregarle mi cuerpo, mi rutina nocturna ya me había traicionado y me odiaba por ello.No me había dado cuenta de que me estaba esforzando cada noche para estar perfecta, poniéndome ropa interior combinada, perfumándome aun cuando ya íbamos a dormir, aplicándome cremas suaves y olorosas a vainilla por toda la piel y poniéndome un poco de labia
Sebastián Entré a mi despacho, cerré la puerta con fuerza y me fui directo a servirme un trago de whisky. Necesitaba un poco del calor del licor para dejar de sentirme tan ansioso y no regresar con mi esposa, tomarla en brazos, subirla a esa mesa y hacerla mía en medio del comedor sin importar que los empleados nos vieran.Me serví el primer trago y me lo bebí de golpe, sintiendo que el calor iba en aumento.Había firmado la sentencia de muerte de mi propio matrimonio sin oponer la menor resistencia; sin embargo, mientras contemplaba la botella, no pude sentir un ápice de derrota o temor a perderla. Ella creía haberme ganado la partida, pensaba que, con ese documento, me había arrinconado contra la pared. Lo que Margoth no comprendía —lo que nunca había alcanzado a ver en estos dos años de convivencia silenciosa—, era que yo jamás he jugado a perderla.Me acomodé en el sillón de cuero, dejé el contrato sobre el escritorio y me recliné hacia atrás, llevándome dos dedos al puente de la
Al siguiente día contacté a primera hora a un abogado externo de la familia, que fuera de confianza y pagándole lo suficiente para que no abriera la boca. No podía darme el lujo de que mi situación con mi esposo saliera a la luz.Había hecho un trato con Sebastián y no pensaba dejarlo solo en palabras, así que me aseguraría de que firmara este nuevo contrato, donde, apenas tuviéramos al heredero, firmaría el divorcio.—Señora Montenegro, lamento ser el portador de malas noticias, pero lo que me pide no es legalmente viable bajo los términos de su acuerdo inicial —dijo el abogado, ajustándose los anteojos mientras examinaba con minuciosidad la copia del documento sobre su escritorio.—¿A qué se refiere, licenciado? —pregunté, esforzándome por mantener un tono firme y tranquilo, aunque la voz me tembló ligeramente—. Sebastián aceptó la inseminación artificial. Es solo cuestión de formalizarlo en esta nueva cláusula para proceder con la clínica.El abogado suspiró, deslizó el contrato ma
Alejé a Sebastián de un empujón cuando salí de mis pensamientos y de mi atontamiento. Me bajé del escritorio, acomodándome la ropa con manos temblorosas y haciendo todo lo posible por no mirarlo a los ojos.¿Qué había sido eso? ¿Él jamás me había besado de esa manera tan… ruda y apasionada? Era como si hubiese querido arrancarme la boca…—Margoth…—No vuelvas a hacer algo como eso —dije, mirando mis tacones—. Yo no voy a continuar en un matrimonio así, donde tú no me respetas ante nadie. Puedes tener todas las amantes que quieras, pero procura que nadie te vea.—¿De verdad quieres que vaya con otras mujeres?Me encogí de hombres, fingiendo que no me importaba.—Haz lo que quieras. Eres un hombre libre.—De acuerdo.Levanté la mirada al instante y Sebastián esbozó una sonrisa arrogante.—¿No es lo que me estás pidiendo? ¿Qué me vaya a los brazos de otras mujeres?—No me importa lo que hagas. Solo firma el divorcio.Sebastián dio un paso más cerca de mí y me vi retrocediendo de nuevo, p
MargothVeinte minutos después, la puerta de mi despacho privado se abrió de golpe. Sebastián entró con la chaqueta del traje ligeramente desabrochada y el rostro duro por la tensión. Recorrió el lugar con la mirada como si estuviese buscando a alguien y, al ver que estábamos solos, dejó ir un suspiro pesado.—¿Qué ocurrió? ¿Por qué querías que viniera aquí en lugar de esperarme en casa? —preguntó, acortando la distancia entre nosotros con pasos firmes.Lo observé en silencio desde el otro lado del escritorio. Su presencia seguía siendo imponente, pero la admiración que alguna vez sentí por él se había transformado en un abismo de amargura.—Valeria estuvo aquí —solté sin rodeos.Sebastián se detuvo en seco, su expresión se endureció de inmediato.—¿Qué? ¿Por qué vino a buscarte? Le dije que yo me estaba encargando de…—Vino a recordarme mi lugar —lo interrumpí, levantando la vista para sostenerle la mirada—. Y vino a demostrarme lo cercanos que son. Me contó sobre nuestra cláusula, S







