Share

3. El Lobo en el aula.

last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-09 11:44:45

★Arthur★

Abrí los ojos y lo supe antes siquiera de girar la cabeza. El lado de la cama estaba frío.

Me incorporé despacio, todavía sintiendo el eco de su cuerpo en el mío. Las sábanas olían a ella: perfume suave, sexo y esa desesperación contenida con la que se había entregado. Sonreí solo, una sonrisa lenta, satisfecha, casi hambrienta. Se había escapado como una ladrona.

Me pasé una mano por la cara, recordando la forma en que había arqueado la espalda, el sonido roto de su voz diciendo mi nombre. Qué mujer más hermosa y qué cuerpo más adictivo. Me había dejado con ganas de más. De mucho más. De tenerla otra vez, despacio, hasta hacerla confesar por qué había huido sin dejar ni un número.

Chasqueé la lengua y me levanté desnudo.

—Hasta pronto, Melanie —murmuré.

Porque iba a haber un pronto.

Encontrarla no iba a ser tan difícil.

El móvil vibró sobre la mesita de noche. No era el mío. Era el otro. El que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta, el que no enseñaba a nadie, el que solo usaba para una cosa.

Lo saqué. Un mensaje cifrado. Corto:

«Novedades».

Escribí:

«Todo tranquilo. Por ahora».

Le di enviar. Luego lo borré. Guardé el teléfono otra vez en la chaqueta.

Me quedé mirando la pared un segundo. El cuerpo todavía me pesaba de la noche anterior, pero la cabeza ya estaba en otro sitio. Siempre estaba en otro sitio.

Me duché con agua fría. Me vestí. Salí a la calle con la mochila al hombro y los auriculares puestos, aunque no puse música. Prefería oír la ciudad. Dos semanas aquí y todavía me resultaba extraña, pero ya empezaba a reconocer sus ritmos. Quién llegaba temprano. Quién miraba demasiado. Quién no debía estar donde estaba.

La foto seguía en el bolsillo interior de la chaqueta. La saqué mientras esperaba el café en la cafetería de siempre. Un niño: James.

Ni una dirección. Ni un apellido completo. Ni una puta foto de la madre. Solo ese nombre y esa imagen arrugada que llevaba encima como si fuera una deuda. Edgar había sido muy bueno borrando huellas. Demasiado bueno. Como si supiera que alguien iba a venir a buscar lo que dejó atrás. O como si supiera que alguien más también lo haría.

Bebí el café negro sin azúcar. Amargo. Perfecto.

Conseguí un curro en un bar por las noches. Buena cobertura, y dinero. Y empecé a buscar.

Un nombre. Una foto vieja. La certeza de que vivían en esta ciudad. Todo lo demás había desaparecido. Registros limpios. Cuentas cerradas. Direcciones que no llevaban a ningún sitio.

Como si alguien hubiera querido protegerlos… o esconderlos.

Pero anoche había tenido a Melanie debajo de mí, gimiendo mi nombre como si se estuviera ahogando. Y ahora no podía decidir qué me obsesionaba más:

Encontrar a James…

o volver a encontrarla a ella.

Sonreí sin gracia, metí las manos en los bolsillos y salí de la cafetería. No estaba de humor.

Aula 204. Literatura Contemporánea.

Optativa. Créditos fáciles. Horario conveniente. No esperaba nada más.

Entré. Varias cabezas se giraron. Leo, el de pelo rizado que se había convertido en mi sombra desde el primer día, me hizo un gesto desde la tercera fila.

—Oye, Arthur. Aquí. Te guardé sitio.

Me dejé caer a su lado.

—¿Qué me perdí?

—Nada. La profesora no ha llegado. Ha vuelto hoy después de no sé cuántas semanas de baja —Leo se encogió de hombros—. Es un encanto, pero demasiado estricta. Necesito aprobar esta asignatura o mi padre me corta los huevos.

—Muy gráfico.

—Soy un hombre de imágenes vívidas.

Me reí por lo bajo. Abrí el cuaderno. No tenía ganas de clase, pero tampoco tenía nada mejor que hacer.

Antes de que pudiera seguir dándole vueltas a los demonios en mi cabeza, la puerta se abrió.

Y el mundo se detuvo.

Porque entró ella.

Pelo recogido en un moño imperfecto, gafas que no había llevado esa noche, blusa blanca abotonada hasta casi el cuello y una falda que le llegaba justo debajo de la rodilla. Parecía otra persona. Más seria. Más intocable. Más profesora.

Y aun así era ella.

El mismo cuello que había mordido.

La misma boca que había gemido contra la mía.

El mismo cuerpo que se había abierto para mí como si llevara años esperándome.

El corazón se me disparó con tanta fuerza que casi se me oye. Todo el aula se volvió borroso. Leo dijo algo a mi lado, pero no lo escuché. Solo la veía a ella. Solo la sentía a ella. La mujer que me había dejado en la cama sin una nota, sin un número, sin nada. La mujer que llevaba horas sin salir de mi cabeza.

Melanie.

Joder.

Joder.

Joder.

Bajé la cabeza de inmediato, tapándome medio rostro con la mano, pero ya era tarde. La imagen de ella desnuda, arqueada bajo mí, se me clavó detrás de los ojos como una puñalada.

A mi lado, Leo me dio un codazo discreto.

—Tío… sé menos obvio —susurró, divertido—. Te la estás comiendo con la vista. No te juzgo, eh. Casi todos en esta facultad hemos terminado un poco enamorados de ella. Es demasiado guapa para ser legal. Pero cálmate un poco o te va a pillar.

No contesté. No podía.

Ella dejó el bolso sobre la mesa del profesor y se giró hacia el grupo. Una sonrisa cansada, pero genuina, iluminó su cara. Varios alumnos aplaudieron bajito. Alguien silbó. Ella levantó una mano, riéndose con suavidad.

—Vale, vale, ya está bien… Perdón por las semanas de ausencia. Tuve que resolver unos asuntos personales, pero ya estoy de vuelta. Y no, no pienso regalar ni un solo aprobado por la pena, así que no se emocionen demasiado.

Hubo risas. Ella era querida. Se notaba. Y yo no podía dejar de mirarla. Cada gesto, cada movimiento de sus manos, cada vez que se pasaba la lengua por los labios me devolvía a esa habitación de hotel. A su cuerpo. A sus gemidos.

De pronto, ella levantó la vista del papel que tenía en las manos.

Y nuestros ojos se encontraron.

El color se le drenó de la cara en un segundo. Se quedó pálida. Completamente pálida. Los labios se le entreabrieron. Por un instante pareció que el aire se le había atascado en la garganta.

Yo no aparté la mirada.

Sonreí.

Pequeño.

Lento.

Peligroso.

Ella se tensó toda. Tragó saliva, apartó la vista con brusquedad y siguió hablando, pero su voz ya no sonaba igual. Estaba tensa. Controlada a la fuerza. Las manos le temblaban apenas al pasar la hoja del temario.

La cagué.

La cagué del todo.

Porque la mujer de la que no podía olvidarme ahora era mi profesora.

Y eso lo complicaba todo.

De la mejor manera posible. Y algo oscuro se retorcía dentro de mí.

Mientras ella intentaba fingir que no me había visto, mientras su cuerpo entero gritaba pánico bajo esa fachada de profesora perfecta, una sola certeza se me quedó grabada en el pecho:

Yo no estaba aquí por ella.

Yo estaba aquí por James.

Y no iba a permitir que nada, ni siquiera la mujer que ahora me volvía loco, se interpusiera en mi camino.

Patuloy na basahin ang aklat na ito nang libre
I-scan ang code upang i-download ang App

Pinakabagong kabanata

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    20. La primera mañana.

    ★Melanie★Me desperté a las seis y cuarenta con el corazón todavía acelerado, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que la noche anterior había ganado.Había dormido mal. O, más exactamente, no había dormido: había repasado la cláusula siete tantas veces que ya la tenía grabada detrás de los párpados. Cualquiera de las partes podrá retirarse a su habitación sin dar explicaciones. Qué pedazo de documento. Lo había redactado yo, y él había encontrado la grieta.Me puse la bata, me recogí el pelo en un moño improvisado y salí al pasillo con una única estrategia: ducharme antes de que nadie despertara.La puerta del baño se abrió justo cuando llegué.Arthur salió.Solo en pantalones de chándal grises, bajos de cadera. El torso desnudo. La piel todavía húmeda. El tatuaje de la bestia negra se extendía por su costado y subía por la espalda como una sombra viva, de ojos rojos, que parecía a punto de saltarle de la piel. El agua le brillaba en los hombros y en el pecho. El pelo empapado

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    19. Me retiro a mi habitación.

    —Uno: duración de seis meses, renovable por acuerdo mutuo —Su voz sonaba divertida—. Dos: renta mensual, pagada por adelantado, más fianza equivalente a un mes. Tres: uso exclusivo de la habitación y uso compartido de cocina, baño y salón —Levantó una ceja—. Baño. Qué palabra tan íntima para un contrato. —Es una palabra práctica. —Yo no digo que no lo sea —Siguió leyendo—. Cuatro: prohibido el uso de armas en el domicilio. —Es una cláusula razonable. —Cinco: prohibido recibir visitas sin aviso previo, en particular hombres con abrigo negro. —También es razonable. —Seis: comportamiento adecuado delante del menor, entendiéndose por tal cualquier conducta que no pueda ser explicada a un niño de diez años —Se mordió el labio, y la sonrisa le tembló en la comisura—. Es muy específico. —Tiene que serlo. —¿Lo redactó un abogado o un inspector de colegio? —Una profesora con insomnio. —Se nota. Hay una coma que da miedo. —Es una coma de advertencia. —Lo firmo. —No hace falta que l

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    18. El contrato.

    ★Melanie★ Mi madre se fue el martes por la mañana, con la misma maleta marrón que había estado abierta sobre su cama durante cinco días. Mateo la esperaba abajo, con el coche aparcado en doble fila y los intermitentes puestos. Subió a ayudarla con los bultos, me abrazó con esa torpeza suya de hombre grande que no sabe qué hacer con los brazos, y bajó las escaleras con la maleta al hombro, murmurando que se les haría tarde. Quedamos solas en el recibidor. —Tienes las llaves —dijo ella. —Sí. —El número de Sally. —Sí. —El de la doble llave. —Mamá. —Es que no quiero irme —Se le humedecieron los ojos. Se los secó con el dorso de la mano, rápido, sin dramatismo—. Pero tengo que irme. Y tú tienes que dejar que alguien más cargue con una parte. —Lo sé. —Cuida a ese muchacho. —No es… —Y deja que él te cuide a ti —Me tomó la cara con las dos manos, con una ternura áspera, de mujer que ha cuidado de demasiadas cosas—. Te lo mereces, hija. Aunque no lo creas. Me besó en la frente.

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    17. Uno. Dos. Tres.

    ★Melanie★ La directora del colegio me recibió a las nueve y diez con una taza de té y la cara de quien ha oído demasiadas veces la misma pregunta. —Todo en orden, señora Abadías. James llegó a las ocho y diez, está en clase de Matemáticas, ha desayunado bien y no ha dado ningún problema. ¿Ha ocurrido algo? —No —mentí—. Solo quería asegurarme. Pero no me fui. Pedí permiso para asomarme al pasillo, y desde la puerta de su aula, a través del cristal, lo vi: sentado en la tercera fila, con la lengua entre los dientes, dibujando en el margen de su cuaderno unas líneas que me parecieron acordes. Respiré por primera vez en una hora. Al salir, crucé la calle sin prisa y miré hacia la esquina. Los vi enseguida, porque ya sabía qué buscar. Dos hombres. Uno en la terraza de un café, con un periódico abierto y una taza que no tocaba. El otro, apoyado en un poste, con el móvil en la mano y los ojos fijos en el reflejo de un escaparate. Abrigos oscuros. Hombros anchos. Ninguno me miró.

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    16. El casi accidente.

    Mi madre me esperaba en la cocina con dos tazas de té y la luz del flexo encendida.No había ruido en el piso. James dormía en el sofá, con la guitarra de su padre abrazada contra el pecho y una manta que alguien le había echado por encima. Arthur se había ido hacía diez minutos. Y yo seguía de pie en el pasillo, con la mano apoyada en la pared, como quien todavía siente el suelo moverse.—Siéntate —dijo.—Mamá, es tarde.—Siéntate, Melanie.Me senté. Ella empujó una taza hacia mí y se quedó mirándome un rato, con las manos cruzadas sobre la mesa, esa media sonrisa suya apagada.—Deja que se quede —dijo.—¿Qué?—El muchacho. Deja que alquile el cuarto.—Estás de broma.—No.—Mamá, es mi alumno. Tiene veintiún años. Le han hecho una herida de cuchillo. Tiene dos hombres que lo esperan en un coche y un teléfono que no es suyo. No sé quién es.—Lo sé.—¿Y aun así?—Aun así —Se llevó la taza a los labios, sopló, bebió despacio—. Llevo setenta años mirando a la gente, hija. Y ese chico no

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    15. La oferta.

    ★Melanie★ El agua seguía corriendo cuando por fin conseguí cerrar el grifo. Me sequé las manos con el paño de cocina, despacio, para que dejaran de temblarme. Cerré los ojos. Conté hasta diez. En el salón, el reloj de pared marcaba las cinco y media. Desde la terraza llegaban las notas torpes de la guitarra y la voz tranquila de Arthur: Otra vez. Más despacio. Como si nada. Como si no hubiera pasado nada. ¿Qué tenía él que me ponía de esta manera? ¿Cómo podía desearlo tanto? A las seis, James logró, por fin, un acorde limpio. Fue un acorde pequeño. Torpe. Con una cuerda que sonaba mal. Pero fue un acorde, y el niño se quedó con las manos temblando sobre el mástil, mirando a Arthur con los ojos muy abiertos. —¡Lo hice! —Lo hiciste. —¡Lo hice yo solo! —Sí —Arthur le revolvió el pelo—. Eso fue todo tuyo. James se lanzó a abrazarlo otra vez. Y yo, desde la puerta, tuve que desviar la mirada hacia la calle, porque se me había llenado la garganta de algo que no sabía

Higit pang Kabanata
Galugarin at basahin ang magagandang nobela
Libreng basahin ang magagandang nobela sa GoodNovel app. I-download ang mga librong gusto mo at basahin kahit saan at anumang oras.
Libreng basahin ang mga aklat sa app
I-scan ang code para mabasa sa App
DMCA.com Protection Status