Share

2. Manos en mi piel.

last update publish date: 2026-10-09 11:44:03

★Melanie★

Entramos en una camioneta negra que esperaba en una esquina. Olía a cuero limpio y a lluvia reciente.

—Al hotel —dijo él, sin apartar los ojos de mí.

El chofer arrancó sin hacer preguntas. Nosotros tampoco hablamos. No hacía falta. Íbamos sentados muy juntos, con las rodillas rozándose, y cada vez que pasábamos bajo una farola la luz le recorría la cara y me dejaba un segundo sin aire.

Su mano descansó sobre mi muslo, pesada, caliente. No se movió. Esperó. Y esa espera fue peor que cualquier caricia: un territorio que se me abría por dentro, centímetro a centímetro, sin que él hubiera hecho nada todavía. Cuando por fin deslizó los dedos hacia arriba, con una lentitud casi cruel, el vestido me pareció de pronto demasiado fino, el aire del coche demasiado denso, mi propio pulso un tambor que seguro él también escuchaba.

—Estás temblando —murmuró, muy cerca de mi oído.

—Hace frío.

—No hace frío.

Sonrió de lado, sin apartar la mirada. Y supe que ya no iba a poder esconderme.

Ningún hombre, después de Edgar, había despertado nada en mí. Y no quería detenerme a pensar que estaba a punto de entregarme a un completo desconocido en la parte de atrás de una camioneta.

Cuando el coche se detuvo frente al hotel, él me bajó del vehículo con una mano firme en la cintura, como si tuviera miedo de que me arrepintiera en los últimos metros.

Era un hotel caro. Donde el portero le hizo un gesto con la cabeza y le abrió paso.

No soltó mi mano ni en el ascensor. Tampoco habló. Solo me miraba con esos ojos color miel oscuro que prometían destrozarme con gusto.

La habitación olía a sábanas limpias y a pecado. Un ventanal enorme donde se podían ver las luces de la ciudad.

Apenas cerró la puerta con el pie, me empujó contra ella. Esta vez no hubo suavidad. Su boca se estrelló contra la mía con hambre, profunda, mientras sus manos subían por mi cintura y levantaban el vestido. Me besó como si llevara meses imaginándose exactamente este momento.

—Te voy a hacer una pregunta —dijo contra mi cuello—. Y quiero la verdad, porque eres muy mala mintiendo y yo soy muy bueno dándome cuenta.

—Qué suerte la mía —jadeé.

—¿Cuánto hace que nadie te toca?

La pregunta me atravesó más que sus manos. Tardé varios segundos en responder.

—Tres años.

Se quedó quieto un segundo. Y luego me mordió el cuello, despacio, casi con rabia contenida.

—Entonces hoy no te toca nadie —dijo—. Hoy te tomo yo.

Me giró. Me obligó a apoyar las manos en la puerta. Bajó mi ropa interior con una lentitud casi reverente, acariciando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Escuché el cinturón, el cierre… y después solo el sonido de nuestra respiración.

—Mírame —ordenó con la voz ronca.

Volví la cara. Nuestros ojos se encontraron.

Y entonces todo se volvió intenso.

Me sujetó con fuerza. Me llenó de sensaciones que no había sentido en años. El peso de su cuerpo, la forma en que me contenía, la manera en que me miraba mientras me hacía suya… Era demasiado. Grité contra la puerta, temblando, sin poder controlar nada.

—Joder… —susurró contra mi oído—. Llevo tres años llegando tarde a esto.

No hubo prisa. Solo profundidad. Solo la sensación de estar siendo tomada con una intensidad casi reverente. Una mano me sujetaba la cadera; la otra subía hasta mi pecho y me arrancaba gemidos que no podía contener. El sonido de nuestra piel y de nuestros jadeos llenaba la habitación.

Cuando el placer empezó a subir demasiado deprisa, me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó hasta la cama. Me desnudó por completo. Me tendió de espaldas y volvió a cubrirme con su cuerpo. Esta vez más lento. Más profundo. Mirándome a los ojos, bajando a morder mi cuello, mi clavícula, el borde de mi pecho.

Me sujetó las muñecas sobre la cabeza con una sola mano.

—Mírame mientras te corres, preciosa —dijo—. Quiero que sepas exactamente quién te está haciendo esto.

Llegué la primera vez apretándolo con fuerza, el cuerpo arqueado, sin nombre en la boca porque no quería decir el suyo todavía. Él no se detuvo. Me giró, me agarró el pelo y me tomó de otra forma. Más profunda. Más dura. Como si quisiera dejarme marcada por dentro. Yo ya no podía pensar en nada que no fuera él.

La segunda vez casi me hizo llorar de lo intenso. El placer me atravesó como una descarga tan fuerte que se me entrecortó la respiración y solo pude gemir su nombre en un susurro roto.

—Arthur…

Pero no se detuvo.

Su boca en mi piel. Sus manos. Mis uñas en su espalda. Lo viva que me hacía sentir… y las ganas que ya me estaba dejando.

Cuando él terminó, lo hizo sujetándome contra su pecho, con un gemido ronco que me erizó la nuca, como si no quisiera soltarme ni siquiera en ese momento.

Después, solo quedó el silencio. Nuestras respiraciones agitadas. Su cuerpo pesado y caliente sobre el mío. Se tumbó a un lado y me atrajo contra su pecho. Me pasó la mano por la espalda, acariciándome, sin decir nada. Solo su piel, su olor.

No supe si levantarme e irme, o quedarme ahí, quieta. Opté por lo segundo.

—Quédate —dijo, bajo—. Yo te llevo a tu casa en cuanto aclare el día.

No le respondí. No confiaba en cómo saldría mi voz.

Él sonrió.

Me hice la dormida, y conté los minutos. Al abrir los ojos, él estaba dormido. Me quedé mirando el techo con el corazón desbocado y el cuerpo todavía temblando en oleadas. Cada músculo me recordaba dónde había estado él. Cada marca en mis caderas ardía.

Fue entonces cuando lo vi: en su costado, una bestia negra con los ojos rojos, hecha a tinta y a sombra, que parecía más un aviso que un adorno. No supe qué clase de hombre se tatúa eso en la piel. Ni qué clase de mujer se acuesta con ese hombre sin preguntárselo.

Yo, aparentemente.

Me levanté a oscuras y el dolor entre mis piernas me recordó todo. Me vestí en silencio. Miré su cuerpo desnudo una última vez: la boca entreabierta, un brazo todavía extendido hacia el lado de la cama donde yo había estado.

No sabía ni su apellido.

Salí de la habitación sin mirar atrás. Huyendo. En el taxi de vuelta apreté el anillo contra el pecho hasta que me dolió.

Perdóname, Edgar.

Pero entre las piernas todavía lo sentía. Todavía me latía. Todavía me quemaban las ganas por ese hombre.

Y por primera vez en tres años, el arrepentimiento no fue lo único que me consumía.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    20. La primera mañana.

    ★Melanie★Me desperté a las seis y cuarenta con el corazón todavía acelerado, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que la noche anterior había ganado.Había dormido mal. O, más exactamente, no había dormido: había repasado la cláusula siete tantas veces que ya la tenía grabada detrás de los párpados. Cualquiera de las partes podrá retirarse a su habitación sin dar explicaciones. Qué pedazo de documento. Lo había redactado yo, y él había encontrado la grieta.Me puse la bata, me recogí el pelo en un moño improvisado y salí al pasillo con una única estrategia: ducharme antes de que nadie despertara.La puerta del baño se abrió justo cuando llegué.Arthur salió.Solo en pantalones de chándal grises, bajos de cadera. El torso desnudo. La piel todavía húmeda. El tatuaje de la bestia negra se extendía por su costado y subía por la espalda como una sombra viva, de ojos rojos, que parecía a punto de saltarle de la piel. El agua le brillaba en los hombros y en el pecho. El pelo empapado

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    19. Me retiro a mi habitación.

    —Uno: duración de seis meses, renovable por acuerdo mutuo —Su voz sonaba divertida—. Dos: renta mensual, pagada por adelantado, más fianza equivalente a un mes. Tres: uso exclusivo de la habitación y uso compartido de cocina, baño y salón —Levantó una ceja—. Baño. Qué palabra tan íntima para un contrato. —Es una palabra práctica. —Yo no digo que no lo sea —Siguió leyendo—. Cuatro: prohibido el uso de armas en el domicilio. —Es una cláusula razonable. —Cinco: prohibido recibir visitas sin aviso previo, en particular hombres con abrigo negro. —También es razonable. —Seis: comportamiento adecuado delante del menor, entendiéndose por tal cualquier conducta que no pueda ser explicada a un niño de diez años —Se mordió el labio, y la sonrisa le tembló en la comisura—. Es muy específico. —Tiene que serlo. —¿Lo redactó un abogado o un inspector de colegio? —Una profesora con insomnio. —Se nota. Hay una coma que da miedo. —Es una coma de advertencia. —Lo firmo. —No hace falta que l

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    18. El contrato.

    ★Melanie★ Mi madre se fue el martes por la mañana, con la misma maleta marrón que había estado abierta sobre su cama durante cinco días. Mateo la esperaba abajo, con el coche aparcado en doble fila y los intermitentes puestos. Subió a ayudarla con los bultos, me abrazó con esa torpeza suya de hombre grande que no sabe qué hacer con los brazos, y bajó las escaleras con la maleta al hombro, murmurando que se les haría tarde. Quedamos solas en el recibidor. —Tienes las llaves —dijo ella. —Sí. —El número de Sally. —Sí. —El de la doble llave. —Mamá. —Es que no quiero irme —Se le humedecieron los ojos. Se los secó con el dorso de la mano, rápido, sin dramatismo—. Pero tengo que irme. Y tú tienes que dejar que alguien más cargue con una parte. —Lo sé. —Cuida a ese muchacho. —No es… —Y deja que él te cuide a ti —Me tomó la cara con las dos manos, con una ternura áspera, de mujer que ha cuidado de demasiadas cosas—. Te lo mereces, hija. Aunque no lo creas. Me besó en la frente.

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    17. Uno. Dos. Tres.

    ★Melanie★ La directora del colegio me recibió a las nueve y diez con una taza de té y la cara de quien ha oído demasiadas veces la misma pregunta. —Todo en orden, señora Abadías. James llegó a las ocho y diez, está en clase de Matemáticas, ha desayunado bien y no ha dado ningún problema. ¿Ha ocurrido algo? —No —mentí—. Solo quería asegurarme. Pero no me fui. Pedí permiso para asomarme al pasillo, y desde la puerta de su aula, a través del cristal, lo vi: sentado en la tercera fila, con la lengua entre los dientes, dibujando en el margen de su cuaderno unas líneas que me parecieron acordes. Respiré por primera vez en una hora. Al salir, crucé la calle sin prisa y miré hacia la esquina. Los vi enseguida, porque ya sabía qué buscar. Dos hombres. Uno en la terraza de un café, con un periódico abierto y una taza que no tocaba. El otro, apoyado en un poste, con el móvil en la mano y los ojos fijos en el reflejo de un escaparate. Abrigos oscuros. Hombros anchos. Ninguno me miró.

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    16. El casi accidente.

    Mi madre me esperaba en la cocina con dos tazas de té y la luz del flexo encendida.No había ruido en el piso. James dormía en el sofá, con la guitarra de su padre abrazada contra el pecho y una manta que alguien le había echado por encima. Arthur se había ido hacía diez minutos. Y yo seguía de pie en el pasillo, con la mano apoyada en la pared, como quien todavía siente el suelo moverse.—Siéntate —dijo.—Mamá, es tarde.—Siéntate, Melanie.Me senté. Ella empujó una taza hacia mí y se quedó mirándome un rato, con las manos cruzadas sobre la mesa, esa media sonrisa suya apagada.—Deja que se quede —dijo.—¿Qué?—El muchacho. Deja que alquile el cuarto.—Estás de broma.—No.—Mamá, es mi alumno. Tiene veintiún años. Le han hecho una herida de cuchillo. Tiene dos hombres que lo esperan en un coche y un teléfono que no es suyo. No sé quién es.—Lo sé.—¿Y aun así?—Aun así —Se llevó la taza a los labios, sopló, bebió despacio—. Llevo setenta años mirando a la gente, hija. Y ese chico no

  • Mi estudiante: Mi tentación y mi pecado.    15. La oferta.

    ★Melanie★ El agua seguía corriendo cuando por fin conseguí cerrar el grifo. Me sequé las manos con el paño de cocina, despacio, para que dejaran de temblarme. Cerré los ojos. Conté hasta diez. En el salón, el reloj de pared marcaba las cinco y media. Desde la terraza llegaban las notas torpes de la guitarra y la voz tranquila de Arthur: Otra vez. Más despacio. Como si nada. Como si no hubiera pasado nada. ¿Qué tenía él que me ponía de esta manera? ¿Cómo podía desearlo tanto? A las seis, James logró, por fin, un acorde limpio. Fue un acorde pequeño. Torpe. Con una cuerda que sonaba mal. Pero fue un acorde, y el niño se quedó con las manos temblando sobre el mástil, mirando a Arthur con los ojos muy abiertos. —¡Lo hice! —Lo hiciste. —¡Lo hice yo solo! —Sí —Arthur le revolvió el pelo—. Eso fue todo tuyo. James se lanzó a abrazarlo otra vez. Y yo, desde la puerta, tuve que desviar la mirada hacia la calle, porque se me había llenado la garganta de algo que no sabía

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status