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4. Lo que no se puede deshacer.

last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-09 11:45:32

★Melanie★

Salí del aula con las piernas temblando.

Sonreí a los alumnos que todavía me saludaban en el pasillo, asentí, fingí normalidad… pero por dentro estaba hecha un desastre. El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Todavía sentía la mirada de Arthur clavada en la nuca, como una marca invisible.

Veinte pasos.

Solo necesitaba llegar a mi despacho, cerrar la puerta y respirar.

No llegué.

—Profesora Abadías.

La voz era baja. Respetuosa. Peligrosamente cercana.

Me detuve en seco. Cerré los ojos un segundo, intentando calmarme, y me giré despacio.

Arthur estaba a dos metros. Las manos en los bolsillos de la chaqueta, la postura relajada, pero los ojos… esos ojos color miel oscuro me miraban con una intensidad que me revolvió el estómago. Ya no llevaba la camisa negra del bar. Ahora parecía un estudiante cualquiera. Y eso lo hacía todavía peor.

—No —dije enseguida, dura—. No te atrevas.

Él no se acercó más. Solo sostuvo mi mirada. Y por un segundo, algo en su cara me recordó a alguien. Algo en la forma en que inclinó la cabeza. Algo en la sombra de sus ojos. Pero no supe qué.

—Solo quiero hablar un minuto.

—No hay nada de qué hablar. Me mentiste.

—No te mentí del todo.

—¿Ah, no? —solté una risa corta, amarga—. Porque desde aquí se parece mucho a una mentira.

Guardé silencio un segundo, consciente de que estábamos en medio del pasillo. Bajé la voz.

—¿Qué edad tienes realmente?

Él ladeó la cabeza, con una media sonrisa que no llegó a los ojos.

—¿Cuántos crees tú que tengo?

—No me respondas con otra pregunta.

—Respóndeme tú primero —Su voz seguía baja, pero había un reto debajo—. Me interesa saber qué ves.

Lo miré de arriba abajo, a mi pesar. La mandíbula marcada. Las manos de guitarrista. Esa forma de moverse, demasiado segura para un chico. Pensé en cómo me había hablado en el bar, en esa calma que da la experiencia.

—Veinticinco —dije al fin—. Veintiséis, como mucho.

Algo cruzó su cara. Duró un parpadeo.

—Qué generosa, profesora.

No lo confirmó. No lo negó. Fue una respuesta perfecta, y odié que lo fuera.

—Anoche no pareció importarte la edad —añadió, más bajo, conteniéndose.

El recuerdo me golpeó con tanta fuerza que tuve que apretar los dientes. Su peso. Su boca. La forma en que me había mirado. El calor me subió por el cuello hasta las mejillas.

Odié que todavía me afectara.

—Pues ahora sí —respondí, más firme, usando la frialdad como escudo—. Ahora eres un alumno. Mi alumno. Y lo de anoche fue un error. Un error enorme que no se va a repetir.

—Melanie…

—Profesora Abadías —le corregí de inmediato—. Y no me hables. Ni me mires. Ni te me acerques, dentro o fuera de esta facultad. ¿Quedó claro?

Él no contestó enseguida. Solo me miró. Lento. Como si estuviera memorizando cada centímetro de mi cara tensa, de mis labios apretados, del pulso desbocado que seguro se me veía en el cuello.

—No puedo prometerte eso —dijo por fin, con una calma que me heló.

—¿Perdona?

—Que no puedo prometerte que no te mire —Su voz seguía baja, pero había algo debajo, algo que no era arrogancia ni deseo. Era casi cansancio—. Puedo no hablarte. Puedo no acercarme. Pero no puedo dejar de mirarte, Melanie. No después de anoche.

—Arthur…

—Boado —corrigió él, con una media sonrisa triste que me desarmó más de lo que debería—. Si vamos a fingir, fingimos los dos.

El apellido me rozó por dentro como un escalofrío que no supe nombrar. Y mi cuerpo, sin pedirme permiso, decidió no escucharlo.

Él asintió una sola vez, muy despacio, y dio un paso atrás.

—No te voy a causar problemas —dijo, y por un segundo sonó más viejo de lo que parecía—. No soy el tipo de persona que arruina vidas. Bastante tengo con la mía.

Y se fue.

Se giró y se perdió por el pasillo, con las manos en los bolsillos y la mochila colgando de un hombro. Como si no acabara de romperme en mil pedazos con una sola frase.

Me quedé ahí plantada, en medio del pasillo, sin saber qué acababa de pasar.

"No soy el tipo de persona que arruina vidas".

Entonces, ¿qué era?

Caminé rápido, casi huyendo, sintiendo su mirada clavada en mi espalda todo el trayecto hasta el despacho. Entré, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, respirando agitadamente.

Un alumno.

Un maldito alumno al que todavía sentía en la piel.

Apreté los ojos con fuerza. Todavía podía olerlo. Ese aroma a jabón, a madera y a él que se me había quedado pegado desde anoche. Todavía sentía la presión de sus dedos en mi cadera, el ardor de su boca en mi cuello.

—Maldita sea… —solté en voz baja.

Me alejé de la puerta con pasos inestables y me dejé caer en la silla. Me tapé la cara con las manos. El anillo de matrimonio me presionó contra la frente, frío, acusador.

¿Qué había hecho?

Tres años llorando a Edgar. Tres años sin dejar que nadie me tocara. Y la primera vez que me rompí… tenía que ser con un estudiante que me había mentido descaradamente.

Una risa amarga se me escapó.

Había entrado en ese bar pensando que solo iba a tomar una copa. A cumplir treinta sin sentir que me estaba pudriendo por dentro. Y terminé en una habitación de hotel con un chico que ahora se sentaba en mi clase, mirándome como si todavía me tuviera desnuda en la cabeza.

El picaporte giró.

Me incorporé de golpe, secándome las lágrimas que no sabía que había empezado a llorar.

—¿Mel? —Sally asomó la cabeza, con el bolso al hombro y una sonrisa que se le borró en cuanto me vio—. ¿Qué te ha pasado?

—Nada.

—Mentira. Tienes la cara descompuesta —Entró y cerró la puerta tras de sí—. Te he visto salir del aula como si te persiguiera un fantasma. Y ahora estás aquí, llorando, con la puerta cerrada con llave. Dime qué pasa.

Me mordí el labio. Por un momento consideré mentirle. Pero la mentira se me atragantó.

—El hombre del bar… —empecé, con la voz más baja de lo que pretendía—. El guitarrista. Está en mi clase.

Sally parpadeó y agrandó los ojos.

—¿Cómo?

—Que está en mi clase, Sally. Es alumno. De tercero —Tragué saliva.

Se hizo silencio. Un silencio largo, denso, en el que vi pasar por la cara de mi amiga todas las fases del procesamiento: sorpresa, incredulidad, risa contenida, y luego algo más serio.

—Dios santo, Melanie.

—Lo sé.

—¿Cuántos años tiene?

—No lo sé —Me froté la cara—. Mintió con la edad en el bar. Hoy le pregunté y me contestó con otra pregunta. Calculo que veinticinco, veintiséis.

—Bueno. Eso al menos…

—No lo sé, Sally.

Se sentó en la silla de enfrente, dejó el bolso en el suelo y se inclinó hacia mí.

—Vale. Cuéntamelo todo. Sin saltarte nada porque a eso venía.

Y le conté. El taxi. El hotel. La huida a las cinco de la mañana. Y luego el aula. La mirada. La sonrisa. El pasillo. Todo.

Cuando terminé, Sally se quedó callada un momento. Luego soltó un silbido bajito.

—Esto no es solo un lío. Esto es una bomba. Si alguien se entera.

—Lo sé —dije, y esta vez la voz se me quebró—. Si alguien se entera, estoy acabada. Pierdo el empleo. Pierdo mi reputación. Pierdo todo lo que he construido. Y James… —Me tapé la boca con la mano—. Dios, James. Si esto sale a la luz, James va a pagar por ello. En el colegio, con los otros niños, con las madres…

—Oye —Sally me tomó de la mano—. Nadie se va a enterar. ¿Me oyes? Nadie. Tú no sabías que era tu alumno cuando pasó. Eso importa. No has cometido ningún delito.

—Soy su profesora. Es abuso de poder. Es inmoral. Es…

—Es humano.

—No me consueles.

—No te consuelo. Te digo la verdad —Me apretó la mano—. Te has equivocado. Sí. Pero no eres un monstruo. Eres una mujer que llevaba tres años sola y que se dejó llevar una noche.

Las lágrimas me resbalaron por las mejillas.

—Me siento una monstruo.

—No exageres —Sally se levantó—, porque no lo eres. Y ahora vas a hacer lo que yo te diga. Mantén la distancia. No hables con él. No te quedes a solas con él. Y si se acerca, tú te alejas. Porque tienes razón en una cosa: tu empleo, tu reputación y tu hijo están por encima de cualquier noche. Por buena que haya sido.

—Fue… —Me detuve. No quería decirlo en voz alta.

—¿Fue qué?

—Nada.

—Melanie.

—Fue la mejor de mi vida —susurré, y me odié por decirlo.

Sally se quedó quieta. Luego soltó una risa corta, sin gracia.

—Pues estás más perdida de lo que pensaba.

Me abrazó rápido, fuerte.

—No estás sola. Pase lo que pase.

Cuando se fue, me quedé otra vez sola en el despacho. Mirando la pared. Con el anillo ardiéndome en el dedo.

Veinticinco. Veintiséis.

Esa respuesta de él. "Qué generosa, profesora".

Y entonces lo entendí. No me había contestado. Me había dejado fabricar la cifra que yo podía soportar.

Me quedé inmóvil.

Ya no iba a seguir inventándome una edad para dormir tranquila.

La secretaría de la facultad estaba casi vacía a esa hora. Marta, la administrativa, levantó la vista del teclado con una sonrisa cansada.

—Profesora Abadías, qué alegría verla de vuelta.

—Gracias, Marta —Intenté que la voz me saliera normal—. ¿Puedo consultar el expediente de un alumno? Uno de mi grupo de Literatura Contemporánea. Tengo que comprobar unos datos para las evaluaciones.

—Claro, para eso están. ¿Nombre?

—Boado. Arthur Boado.

—Ah, el chico nuevo —Tecleó—. Simpático. Se transfirió hace dos semanas. Aquí lo tiene.

Giró la pantalla hacia mí.

Mis ojos recorrieron la ficha. Nombre. Apellido. Grado. Y, justo debajo, en letras negras, tranquilas, demoledoras:

Edad: 21.

El aire se me atascó en la garganta.

Veintiuno.

Veintiún malditos años.

Todo lo que había construido para convencerme, esa cifra cómoda, ese hombre mayor de lo que parecía, se vino abajo de golpe. Nueve años. Un chico que apenas había salido de la adolescencia. Un chico al que yo había enseñado, desde una tarima, a leer a Cortázar.

—¿Profesora? ¿Se encuentra bien?

—Sí —Me aferré al borde del mostrador—. Es solo que… hace calor.

Me quedé mirando la pantalla un segundo más. Había otra casilla, debajo de los datos de contacto. Contacto de emergencia.

Estaba vacía.

Ningún nombre. Ningún teléfono.

Como si nadie en el mundo supiera dónde estaba.

Salí de la secretaría con las piernas flojas, caminé hasta el baño y cerré la puerta de un cubículo. Me apoyé contra ella y me deslicé hasta el suelo.

Veintiún años.

Mi moral acababa de desmoronarse. Y lo peor era que, aun con esa cifra clavada en el pecho, todavía podía sentir sus manos.

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