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Capítulo 249

Nigela
Doña Carla no sabía que Leo había tenido fiebre la noche anterior.

A la mañana siguiente, los cuatro se sentaron juntos a desayunar, algo poco habitual.

En ese momento sonó el timbre.

Iris fue a abrir la puerta y, al hacerlo, se apartó con gesto de no saber qué hacer.

Laura entró desde el exterior.

Al ver la escena dentro, dudó un instante, pero luego adoptó una expresión serena:

—Vine a llevar a mi hijo a la escuela.

Doña Carla dejó la taza de café de inmediato:

—En esta casa hay quien lo lleva
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    Catalina fue al restaurante que había acordado.Félix la vio y la saludó:—Catalina, me alegra mucho que me invites a cenar.Catalina sonrió ligeramente, se acercó y se sentó:—Habíamos quedado en comer juntos en algún momento. —Hemos hablado tanto que creo que nunca te pregunté a qué te dedicas.—Aparecí en el seminario, así que seguramente pensaste que era académico, ¿no? —En realidad, invierto en institutos de investigación. —Yo también pensé que tú eras investigadora, pero después, alguien me dijo que eres ama de casa. —La verdad, me sorprendió. —La última vez que hablamos, aprendí mucho. —Eres tan talentosa, ¿por qué eres ama de casa? ¿Qué te parece si vienes a mi instituto?Catalina sonrió y declinó con cortesía:—Gracias por la invitación, pero estoy contenta con mi vida actual.—¿De verdad lo estás? —Félix se encogió de hombros.—La última vez que me llamaste pidiendo ayuda, me sorprendió. —Si yo fuera tu esposo, confiaría en ti.La frase fue un poco fuera de lugar, pero

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    Catalina retiró la pierna y lo empujó:—No me toques.Leo la miró con expresión sombría y dijo con tono plano:—Si no te lo masajeo, los próximos días vas a sufrir más.Catalina soltó una risa fría:—Aunque sufra, no necesito tu falsa preocupación. —No me toques.Leo dejó el aceite esencial a un lado:—Con esto, el masaje te aliviará.Catalina cerró los ojos, y cuando los abrió, ardían de furia:—Leo, ¿estás loco?Repasó lo que había pasado últimamente y ya no pudo contenerse.La actitud de Leo cambiaba una y otra vez.¿Acaso una pareja que está a punto de divorciarse necesitaba este tipo de atención?—Leo, ¿qué es lo que quieres exactamente?—Mañana te va a doler —fue lo único que dijo Leo.—¿Y qué? ¡Aunque me duela, qué te importa! ¿Estás loco o qué?Leo se levantó lentamente:—Sí, estoy loco.Se dio la vuelta para salir, pero Catalina lo detuvo:—Hoy vamos a aclarar las cosas. —¡O a partir de ahora no vuelvas a aparecerte frente a mí!—Catalina, ¿tú qué crees que es nuestro matrim

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    Catalina se quedó paralizada un momento.¿La había llamado hasta aquí porque recordaba lo que ella dijo aquella vez?No quería pensar demasiado. Miró a Leo:—¿Me llamaste para ver esto?Leo respondió con pereza:—Quería que salieras a sentir el viento frío.Catalina se quedó en silencio.Extendió la mano y una luciérnaga se posó en su palma.Movió la mano con suavidad y la luciérnaga voló ligera.Entonces notó que Antonio también estaba allí. Pero como la luz era tan tenue, no lo había visto al principio.De repente, su humor se fue al suelo.Catalina tomó algunas fotos y grabó un video para enviárselos a Noelia:"Nunca has visto tantas luciérnagas, ¿verdad?""La próxima vez te traigo."No esperaba que Noelia respondiera:"Aquí no hay tantas.""Conozco un lugar donde de noche hay muchísimas más."Catalina sonrió y escribió:"Entonces la próxima vez me llevas tú."Noelia tardó un rato en contestar:"Está bien. Ojalá cuando vayamos todavía haya tantas."Después de escribirle a Noelia,

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    El sacerdote la miró fijamente un momento antes de responder:—Preparé tres, no fue por la visita de doña Carla.—¿Entonces por qué?El sacerdote respondió:—Hace seis años, tuve a ese niño en brazos.Catalina se sorprendió. Fue justo cuando nació Antonio.—¿Lo trajo Leo? —preguntó.El sacerdote asintió.Catalina soltó una risa fría y sacó su collar.Un rayo de luz entraba por la ventana e iluminaba el collar bendecido. El calor desprendía un leve olor a cera de vela.Le resultó familiar, pero Catalina nunca había ido a una iglesia ni había pedido un collar de protección.Miró al sacerdote:—Acepto el collar, gracias. Tengo otra pregunta.Su voz se volvió más baja:—Quiero saber si mi madre está bien allá donde esté.Sabía que solo buscaba consuelo psicológico.Pero el sacerdote la miró y dijo:—No está bien.Catalina puso los ojos en blanco:—Ni siquiera hiciste ningún ritual. —Si quieres estafarme, al menos podrías fingir un poco.El sacerdote soltó una risa involuntaria:—¿Y cuán

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    Después del desayuno, los cuatro subieron al auto y partieron juntos.La Iglesia Nubes era la iglesia más famosa de Ajina.Había que subir una hora a pie para llegar, y recibían pocos visitantes al día, con cupo limitado.Cuando llegaron, Catalina ya estaba agotada y sin aliento. No pudo evitar bajarse el cierre de la chaqueta para respirar mejor.Doña Carla le alcanzó una toallita húmeda:—Sécate el sudor, vamos a entrar a ver al sacerdote.Catalina estaba doblada, con las manos apoyadas en las rodillas, sin levantar la cabeza todavía.Una mano puso una botella de agua ya destapada frente a sus ojos.Catalina tomó la botella y se la bebió entera de un tirón, con la cabeza hacia atrás.Cuando bajó la botella, los otros tres la estaban mirando fijamente.Doña Carla se sorprendió:—¿Qué sed tenías?Catalina se secó la boca con la mano:—Sí.Doña Carla estaba acostumbrada a ver a Catalina con modales refinados durante estos cuatro años.Pero en ese momento recordó que de pequeña bebía ag

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    Catalina soltó una risa fría:—Claro que lo sé.Tomó su bolso y caminó hacia adelante sin mirar atrás. Leo se quedó mirando su espalda.Catalina llevaba un conjunto de falda y chaqueta color rosa. El cabello lo llevaba bajo, con ondas largas que le rozaban la cintura.Sus piernas eran torneadas, con la piel blanca y fina, los tobillos estaban delicados.Leo caminaba detrás, con el saco doblado sobre el brazo.El cuello de su camisa estaba desordenado por el forcejeo con Carlos, y la corbata estaba suelta.Pero en ese momento no le importaba en absoluto cómo iba vestido.Tenía el ceño fruncido mientras seguía a Catalina, su mirada fue opaca.Subieron al auto juntos. Leo puso el saco sobre las piernas de Catalina.Catalina se quedó mirando el saco un momento, estaba desconcertada.Todavía conservaba el aroma ligero de la madera del perfume de Leo.Fue un olor sutil, pero que sentía por todas partes.Agarró la chaqueta y la tiró hacia él.Leo dijo con tono despreocupado:—¿No tienes fr

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