INICIAR SESIÓN—Srta. Suárez, ¿necesita algo?—Busco a Leo, tengo que hablar con él.—El señor no está.Laura no dijo nada más.Poco después, Iris oyó sonar un celular.Miró hacia atrás.El celular que estaba sobre la mesa era el de Leo.Iris no pudo evitar dirigir la mirada hacia la alta silueta en el balcón.Leo seguía fumando. Sin duda, seguía alterado por la discusión de hacía un momento.El celular no dejaba de sonar. Iris finalmente lo tomó y se acercó al balcón:—Es de la Srta. Suárez.Afuera, la noche era solitaria. El punto de fuego entre los dedos de Leo destacaba con fuerza.Iris pensó que al menos contestaría la llamada.Pero la mano que sostenía el cigarro tomó el celular y, al instante siguiente, lo arrojó con violencia.La fuerza del brazo fue tal que arrastró todo su cuerpo, y él soltó una respiración agitada.Abajo había césped, pero aun así el celular golpeó con un sonido seco.Iris se quedó petrificada, sin atreverse a moverse.Aunque Leo siempre había sido frío en el trato, y e
Leo no le respondió.Primero llevó a Antonio a la habitación y cerró la puerta. Luego volvió a clavar la mirada en la maleta que ella sostenía y preguntó:—¿Adónde vas exactamente?Su voz era baja, sonaba muy tranquila.Catalina lo miró:—A cualquier lado, me mudo.Con tal de no verlo.Años de dependencia y costumbre hacían que cada vez que veía a ese hombre, solo sintiera dolor y odio.Había hecho todo lo posible por controlar sus emociones, pero no era suficiente.Laura había usado su nombre para sacarle a Linda las pruebas que podían aplastarla.¿Él había pensado un solo segundo en la situación en la que ella estaba?Realmente admiraba hasta qué punto podía llegar su crueldad e indiferencia.—¿A cualquier lado? La mirada de Leo seguía fijar en ella, y soltó una risa sarcástica.—A cualquier lado, menos quedarte aquí, ¿verdad?De repente se levantó, sujetó la mano con la que ella agarraba la maleta y, con fuerza, presionó su mano y derribó el equipaje.La maleta cayó al suelo con u
En ese momento, sostenía con paciencia una pieza de robot. Al bajar la mirada hacia el niño a su lado, sus ojos estaban llenos de una sonrisa cálida.Antonio, pegado a él, estaba arrodillado sobre la alfombra con las piernas dobladas.Miraba con atención el robot a medio armar en el suelo. De vez en cuando parpadeaba y el flequillo que le caía sobre la frente se movía ligeramente.Con el destornillador en la mano, al apretar los tornillos, su bracito temblaba un poco. Levantaba la cabeza para mirar al hombre a su lado, con una docilidad que derretía el corazón.Leo soltó una risa al verlo.Con su mano grande y cuidadosa, sostuvo la manita de Antonio y lo guio para ensamblar las piezas juntos.Los dos estaban sentados sobre la alfombra bañada por la luz cálida. La escena transmitía una ternura infinita.Catalina, en cambio, parecía la pieza más fuera de lugar en ese cuadro.Esa imagen tan cálida no tenía absolutamente nada que ver con ella.Se disponía a ir directo a su habitación,
—¿Qué? Son demasiados, no me acuerdo de todos. —Y, siendo sincera, cada vez que alguien conocido venía a preguntar, yo siempre guardaba reserva. —¿No me dijiste antes que preferías mantener un perfil bajo y que no revelara información tuya?—Entendido —Catalina dio la vuelta para irse.Linda la llamó, con intención de retenerla:—Señora, ya que estás aquí, ¿no quieres ver los nuevos productos?Catalina se giró y sonrió:—No volveré a comprar nada aquí. —Tienes tus dificultades, y yo tengo mis decisiones.El rostro de Linda cambió.Catalina era su cliente más importante.Desde que había dejado de venir, sus bonificaciones se habían reducido más de la mitad.Miraba la espalda de Catalina mientras se alejaba y murmuró en voz baja:—¿Y qué tiene de especial? Todo lo tiene gracias a un hombre. —Cuando la amante se vuelva la esposa de tu esposo, veremos con quién se las da de arrogante.Al salir, Catalina localizó la institución de análisis oficial gracias al sello que aparecía en el doc
Doña Carla, Leo y Antonio estaban todos en la sala.Los dos estaban sentados en el sofá, mientras Antonio jugaba en la alfombra con un robot.No era un robot común de los que se venden en las tiendas. Catalina nunca había visto uno igual.Desde que ella entró, Antonio se había mantenido en silencio, ensamblando piezas del robot sin mirarla ni una vez.—Ya llegó Catalina, podemos cenar —dijo doña Carla.Iris comenzó a servir la comida.La mayoría de los platos estaban hechos según los gustos de Catalina.Era una pequeña compensación, un intento de que ella pasara por alto lo que había sufrido en el hospital.Doña Carla era, sin duda, una mujer de negocios.Catalina no dijo nada y se sentó.Iris colocó un plato de sopa frente a Catalina:—Señora, esta sopa es recién hecha, pruébela.Catalina tomó la cuchara y bebió un sorbo.Sintió un aroma floral y un ligero sabor a hierbas medicinales.Miró a Iris con sorpresa:—¿Por qué sabe a medicina?Iris lanzó una mirada a Leo:—El señor trajo al
Catalina fue al restaurante que había acordado.Félix la vio y la saludó:—Catalina, me alegra mucho que me invites a cenar.Catalina sonrió ligeramente, se acercó y se sentó:—Habíamos quedado en comer juntos en algún momento. —Hemos hablado tanto que creo que nunca te pregunté a qué te dedicas.—Aparecí en el seminario, así que seguramente pensaste que era académico, ¿no? —En realidad, invierto en institutos de investigación. —Yo también pensé que tú eras investigadora, pero después, alguien me dijo que eres ama de casa. —La verdad, me sorprendió. —La última vez que hablamos, aprendí mucho. —Eres tan talentosa, ¿por qué eres ama de casa? ¿Qué te parece si vienes a mi instituto?Catalina sonrió y declinó con cortesía:—Gracias por la invitación, pero estoy contenta con mi vida actual.—¿De verdad lo estás? —Félix se encogió de hombros.—La última vez que me llamaste pidiendo ayuda, me sorprendió. —Si yo fuera tu esposo, confiaría en ti.La frase fue un poco fuera de lugar, pero







