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Capítulo 3

Author: Nigela
Sin poder articular palabra y por estar furiosa, salió corriendo.

La multitud que antes estaba afuera ya no estaba.

Mateo los había ahuyentado con unos guardias

Leo estaba de pie junto a un Bentley negro.

Su expresión era de una frialdad absoluta.

Catalina gritó con todas sus fuerzas:

—Leo, ¿qué esperas? ¿No quedamos en que veníamos a divorciarnos?

—¡Entra de una vez!

—Catalina, fuiste tú quien me suplicó que me casara contigo, ¿perdiste la memoria?

Al levantar la vista, su mirada era penetrante:

—Fuiste tú quien me abrazó y me dijo que, aunque yo no te amara, con tal de estar a mi lado y verme toda la vida, eras feliz.

—¡Ya no vale!

El pecho le subía y bajaba con violencia, y siguió gritando con la voz rasgada:

—¡Nada de eso vale ya!

El corazón le dolía como si le hubieran abierto una herida.

Desde que tenía memoria, siempre había ido detrás de él.

Leo era seis años mayor que ella.

Los mayores de la familia le enseñaron a llamarlo "señor".

Ella nunca lo llamó así.

Lo llamaba Leo.

Cuando estaba traviesa, lo llamaba Leíto.

Leo, como heredero de la familia Cantú, tenía muchas responsabilidades.

Desde pequeño era maduro, sensato y precoz.

Era el niño en quien todos los mayores depositaban sus esperanzas.

Cuando ella no sabía resolver un problema, iba a buscarlo.

Cuando peleaba con sus padres, iba a buscarlo.

Cuando le faltaba dinero, también iba a buscarlo.

No importaba el tamaño del desastre que causara, siempre podía recurrir a él.

Cuando era adolescente, se rebeló contra su familia, discutió con ellos y se fue sola al extranjero.

Fue Leo quien la encontró.

Sin importar lo extremo que fuera, la llevaba a hacer de todo.

Durante esos días en el extranjero, solían tumbarse juntos en la cubierta de un yate.

Miraban el cielo infinito, sentían la brisa marina, escuchaban el sonido de las olas.

Ella le hacía preguntas infantiles, extrañas, incluso oscuras.

Fueron unas preguntas que hasta a ella misma terminaban cansándola.

Pero él respondía con paciencia y dedicación a todo lo que ella quisiera hablar.

Su voz la envolvía con ternura.

Ella creía que Leo era, como decían los mayores, un estudiante ejemplar que solo vivía para estudiar.

Pero en aquella época, él la acompañó en su locura.

Paseos en yate, carreras, expediciones salvajes, paracaidismo, tiro... todo se lo enseñó él.

Tanto en su infancia como en su adolescencia, él fue la persona que más admiraba.

Ella creía haber visto un lado de Leo que nadie más conocía.

Creía que entre ellos había algo único.

Por eso dijo aquello de que estaría con él toda la vida, y que lo haría de buena gana.

Pero ahora, él había cambiado.

Si la persona ya cambió, la promesa ya no tuvo por qué cumplirse.

—Leo Cantú.

Pronunció su nombre con seriedad y preguntó:

—Anoche, ¿me buscaste? ¿Te preocupaste por mí?

Él la miró.

En sus ojos no había ira, solo una calma gélida:

—Empujaste a Laura y huiste sin disculparte.

—¿No contestabas el celular y todavía esperas que te busque?

—Catalina, tienes veinticuatro años, no cuatro.

—¿Yo empujé a Laura? ¿Crees que yo empujaría a una discapacitada?

—¿Eso es lo que piensas de mí?

Su voz era tan baja que casi no se oía.

Sintió una oleada de impotencia.

—¿Y qué quieres que piense?

—Laura tiene un orgullo muy fuerte.

—¿Acaso se habría tirado al suelo a propósito, en un lugar lleno de gente, y habría hecho saltar su prótesis?

—¿Te parece posible?

Hizo un esfuerzo por contener el mal genio:

—Sé que no lo hiciste a propósito.

—Solo perdiste los estribos y actuaste sin pensar, solo querías desahogarte.

Ella entreabrió los labios y soltó un suspiro.

Ya no tenía fuerzas para explicarse.

No quería hacerlo.

—Pero, sí.

—Soy una persona malvada y egoísta, mejor divorciémonos ya.

—La Oficina Civil abre a las dos de la tarde.

—Hoy me quedaré aquí esperando.

—Te garantizo que hoy mismo podrás divorciarte de esta malvada y egoísta.

Leo la fulminó con la mirada.

La ira que había estado conteniendo estalló por completo.

Pero el último rescoldo de razón le dijo que no debía hablar en ese momento.

Le agarró la muñeca y la metió a la fuerza en el coche.

—¡Suéltame! —su fuerza era insignificante frente a la de él.

La puerta se cerró de golpe.

Catalina vio al niño que estaba en el auto, haciendo la tarea en silencio.

En ese instante, el último hilo de cordura se rompió.

Se le subió la sangre al rostro y fulminó a Leo con la mirada:

—¿Estás loco?

—¿Cómo te atreves a ponérmelo delante?

—Te juro que ahora mismo lo mato, ¡¿crees que no me atrevo?!

El niño parecía no percibir la furia de los adultos ni entender aquellas palabras cargadas de emoción.

Siguió escribiendo en silencio.

Leo cerró los ojos un momento.

Cuando los abrió, inhaló profundamente y dijo:

—Quieres el divorcio, está bien.

—Pero no así.

—¿Quieres que la gente hable? ¿Que digan que la familia Cantú te maltrata?

Ella bajó la cabeza.

La rabia se transformó en una profunda sensación de impotencia y desesperanza.

Ya estaba así, y a él lo que más le importaba seguía siendo la reputación de los Cantú.

Lo oyó ordenar con calma al chófer que arrancara, y luego instruir a Mateo para que llamara a la sirvienta y pidiera que preparasen desinfectantes, medicamentos y ropa para Catalina.

La sirvienta se quedó desconcertada:

—Pero en casa ya no queda ropa de la señora.

Leo posó la mirada en Catalina.

Catalina respondió de inmediato:

—Le pedí a una amiga que sacara mis cosas.

Le dijo al chófer que parara y, sonriendo, miró a Leo:

—Iré vestida como corresponde al estatus de los Cantú para divorciarme de ti.

Antes, por más que Catalina armara escándalos, nunca había ocurrido algo así.

Como si algo estuviera cambiando.

—Como quieras —dijo él con tono plano, y un destello de sarcasmo cruzó sus ojos.

—Pero si te bajas ahora, ¿qué crees que pondrán mañana los titulares del espectáculo?

Catalina levantó la vista y vio en el espejo retrovisor los autos que los seguían de cerca.

Los medios tenían mil maneras de atrapar cualquier indicio y convertir a alguien en el centro de una tormenta mediática.

Por supuesto, a Leo lo que le importaba era el prestigio de los Cantú, no ella.

Media hora después, Catalina lo siguió hasta la casa donde habían vivido.

La casa que compraron después de casarse era una villa en las afueras.

Pero Leo solo durmió allí la noche de bodas.

Al día siguiente, se mudó solo a un ático en el centro de la ciudad, en una zona concurrida.

Ella no soportaba la separación, así que lo siguió, aunque prefería la tranquilidad de la villa.

Desde que se mudó allí, él siempre llegaba tarde del trabajo, a veces ni siquiera volvía.

Incluso cada vez que tenían relaciones, era ella quien tomaba la iniciativa.

Porque él era racional y frío, y ella ya se había acostumbrado.

Si de vez en cuando él era un poco más tierno con ella, a ella se le iba la cabeza.

—La ropa la traerá el asistente en un momento.

Dicho esto, entró en el estudio.

El niño lo siguió.

Parecían un padre y su hijo.

Ella se quedó mirando sus espaldas y, de repente, sintió ganas de llorar.

Pronto, el asistente trajo la ropa.

Con él venía Laura.

Laura se adelantó a explicar:

—Vengo a recoger a Antonio.

Catalina tomó la ropa y ejerció su último derecho como dueña de la casa:

—No me gusta que entren mujeres extrañas.

El rostro de Laura mostró incomodidad, pero solo por un instante.

Rápidamente recuperó la compostura:

—Asistente Hugo, ¿podrías sacar al niño, por favor?

Luego le tendió varias fotos:

—Las fotos están reveladas, se las da a Leo de paso, gracias.

Hugo Cruz tomó las fotos, pero sin querer se le cayeron al suelo.

Varias cayeron a los pies de Catalina.

En una de ellas, un Leo varios años más joven vestía una camisa blanca.

Su mirada estaba fija, con total atención, en un bebé envuelto en mantillas.

Su habitual frialdad había desaparecido.

Sus ojos estaban llenos de ternura.

Era un hombre tan racional que rozaba la indiferencia.

¿Y solo porque era el hijo de la mujer que amaba, podía tratar a un niño sin lazos de sangre como si fuera suyo?

¿Cómo era posible?

Esa foto le dio la respuesta a Catalina.

El niño tenía seis años.

Y ella llevaba apenas cuatro casada con Leo.

Un agudo zumbido le perforó el cerebro.

De repente, comenzó a temblar.

Quería llorar, pero no podía.

Incluso sintió náuseas físicas.

Quería vomitar y, al mismo tiempo, sentía que no podía respirar.

Recordó muchas cosas.

Cuatro años.

Por qué él volvía tan tarde a casa.

Por qué siempre estaba tan ocupado.

Por qué no quería tener bebé con ella.

Y recordó que, momentos antes, había hecho aspavientos para impedir que Laura entrara.

Seguramente Laura se estaba riendo de ella por dentro.

Qué tonta había sido.

Aferrada a un matrimonio sin sentido, y estaba llena de expectativas.

No había en el mundo nadie más tonta que ella.

Pero por suerte, pronto estaría libre.

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