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Capítulo 2

Author: Nigela
Al salir del restaurante, el rostro de Catalina estaba cubierto de lágrimas.

Alguien salió corriendo detrás de ella y la sujetó.

Laura la miró con dureza:

—¿Crees que soy su amante? No tengo ninguna relación con Leo.

—Nunca he usado el dinero que él me ha dado.

—No soy ciega ni sorda —Catalina soltó la mano de Laura.

De repente, un auto frenó en seco detrás de ella.

Apenas alcanzó a gritar cuando dos hombres encapuchados y corpulentos le taparon la boca y la metieron al auto.

En un instante, el auto arrancó y desapareció.

Laura se quedó paralizada.

Dio un traspié y cayó pesadamente al frío suelo, golpeándose el codo contra el escalón.

Cuando la gente del restaurante salió, la encontraron tirada en el suelo.

Dos personas la ayudaron a levantarse.

Al ver que tenía un gran raspón en el codo y que su prótesis había salido volando, dijeron indignados:

—¿Fue Catalina quien te empujó? ¡Qué mujer más vulgar!

—¡En toda Ajina no hay nadie más descarada que ella!

Otro se sumó, estaba furioso:

—¿Y ella? ¿Te empujó y se fue?

—¡Tiene que pedirte disculpas! ¡Es demasiado!

Laura dijo con los labios temblorosos:

—Ella... ella...

—¿Te amenazó? No temas, estamos de tu lado.

Laura parpadeó, conteniendo las lágrimas:

—No pasa nada. Volvamos, tengo que trabajar.

—Laura, eres demasiado buena.

—Te hace esto y tú no haces nada.

—Con razón a Leo no le gusta.

—Tener un corazón tan cruel ni siquiera merece compararse contigo.

La ayudaron a levantarse y entraron de nuevo, dispuestos a contarle todo a Leo.

Él acababa de darle un bocado de comida al niño que tenía al lado, y entonces habló:

—Llama a Catalina.

No dijo mucho más, pero su mirada se había vuelto sombría.

Laura frunció el ceño:

—Déjalo, no pasa nada.

—Laura, no le tengas lástima a Catalina.

—¿Acaso tienes que acabar en el hospital para que sea algo grave?

Ya habían marcado el número, como si temieran que un segundo de retraso impidiera regañar a Catalina.

Nadie respondió.

—¡Seguro que no contesta porque tiene mala conciencia!

Laura bajó la cabeza.

Su largo cabello ocultaba su expresión.

Las manos, escondidas dentro de las mangas, le temblaban un poco.

Miró de reojo al hombre sentado en su sitio.

Él observaba al niño comer, y le sirvió otro trozo de filete.

Su espalda era erguida pero no rígida.

Cada movimiento era elegante.

Ella esbozó una sonrisa y se acercó al niño:

—Antonio, ¿está bueno?

—Dale las gracias al Sr. Cantú.

El niño, que hasta entonces había estado comiendo en silencio, levantó la vista, movió los ojos y dijo:

—Gracias, papá.

Leo se quedó quieto un instante y miró a Antonio.

Bajo su aparente calma, parecía ocultar algo.

Dijo con voz grave:

—Come más.

Uno de sus amigos, al ver la escena, no pudo evitar reírse:

—Leo, ustedes parecen una familia de verdad.

—Catalina te hizo perder cuatro años.

—Mañana, cuando abra la Oficina Civil, divórciense de una vez, no lo alarguen.

***

A la mañana siguiente, frente a la Oficina Civil.

Dentro del auto, el asistente, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de llamar a un número que nadie respondía.

Finalmente, miró hacia atrás, resignado:

—No logro comunicarme con la señora.

Laura lanzó una mirada a Leo.

Al ver que él callaba, acarició la cabeza del niño que estaba en medio y dijo con cautela:

—Quizás todavía esté durmiendo.

Leo miró su reloj y dijo con tono neutro:

—Primero te llevo al trabajo.

Al llegar al restaurante, Laura bajó y le dio una paleta al niño.

Le acarició la cara con cariño:

—Hoy te quedas con el... Sr. Cantú.

—Pórtate bien, cuando salga del trabajo, vendré a buscarte.

El niño asintió y se concentró en desenvolver la paleta.

Su actitud tranquila se parecía un poco a la del hombre a su lado.

Cuando llegaron de nuevo a la Oficina Civil, había varios autos deportivos estacionados afuera.

Además de los que habían estado en la cena la noche anterior, habían llegado otros que se habían enterado.

Muchos esperaban ver a Catalina divorciarse de Leo.

Catalina era conocida por ser escandalosa y hacer siempre lo que le venía en gana.

Leo siempre terminaba limpiando sus desastres.

El divorcio significaba la separación.

Leo ya no la protegería.

Y también significaba que quienes habían sido amables con ella en apariencia podrían ahora atacar sin miedo.

Mateo Torres hizo una última llamada.

Ella tampoco contestó.

Leo estaba sentado dentro del auto.

Sobre la mesa frente a él había un portátil.

Revisó correos del trabajo y, de paso, le destapó la botella de agua al niño.

Como si todo el bullicio exterior no tuviera nada que ver con él.

Mateo frunció el ceño:

—¿Le habrá pasado algo a la señora?

—Antes, por más enojada que estuviera, nunca dejaba de contestar tus llamadas.

Catalina sabía que una llamada de Mateo significaba que Leo la buscaba.

Antes, incluso cuando estaba de mal humor, solo se atrevía a contestar sin hablar.

Leo se aflojó la corbata y la dejó sobre el respaldo del asiento.

Dijo con voz serena:

—He aguantado su berrinche toda la mañana.

—Ya basta, vuelvo a la empresa.

Alguien tocó la ventanilla.

Era una figura vestida de rojo.

Solo una persona usaba colores tan llamativos: Catalina.

Mateo no pudo ocultar su sorpresa.

Catalina había llegado.

Pero había algo extraño en ella.

No, mejor dicho, estaba hecha un desastre.

Ni siquiera llevaba zapatos.

Sus pies, con las uñas pintadas de rojo, estaban manchados de barro y polvo.

Tenía múltiples raspones y moretones en el cuerpo.

Tenía el cabello revuelto y el maquillaje corrido.

Parecía haber llegado hasta allí con todas sus fuerzas, solo para divorciarse de Leo.

Mateo se giró y vio que Leo ya había abierto la puerta y bajado.

Avanzó con una frialdad palpable hasta detenerse frente a Catalina.

No se acercó demasiado.

La recorrió con una mirada cargada de presión:

—¿A dónde fuiste a meterte en líos?

Catalina sonrió con desgano:

—Sí, me fui a meter en líos.

—Y justo vine a divorciarme de ti.

Leo se frotó el puente de la nariz con los dedos.

El gesto era lento, como si estuviera conteniendo algo.

El aire se volvió denso, dijo con tono opresivo.

—Catalina, no amenaces con divorciarte para desafiar mis límites una y otra vez.

Su voz era más grave de lo habitual, pero seguía siendo clara:

—Es la última vez.

Catalina lo conocía bien.

Estaba enojado.

La Catalina de antes habría cedido sin dudar, solo para verlo contento.

Pero ahora, ignoró su furia y entró directamente a la Oficina Civil.

Faltaba un minuto para que los empleados cerraran.

Catalina se disculpó:

—Perdón, les molesto.

El empleado volvió a sentarse.

La miró y se quedó pasmado.

Catalina había bailado como primera bailarina en televisión, y había sido famosa por un tiempo.

Ella era increíblemente hermosa.

El contraste con su aspecto actual, sucio y desaliñado, era enorme.

El empleado carraspeó:

—¿Y tu esposo?

Catalina frunció el ceño y miró hacia afuera.

Leo aún no había entrado.

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