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Capítulo 4

Author: Nigela
Hugo recogió las fotos rápidamente, pasó junto a ella y entró a la habitación para sacar a Antonio.

Antonio llevaba una camisa blanca y un overol.

Sostenía su cuaderno de tareas contra el pecho.

Su carita regordeta transmitía una calma absoluta.

La primera vez que Catalina vio a ese niño, solo pensó que era muy lindo.

Eso sí, su carácter era un poco frío, muy parecido al de Leo.

Y sin darse cuenta, sintió por él cercanía y cariño.

Pero ahora, al mirarlo, Catalina sintió un escalofrío.

De repente empezó a sudar.

Bajo una fuerte impresión, un dolor punzante le estalló en la cabeza.

Perdió el equilibrio y cayó contra un mueble cercano.

Un jarrón chocó contra el suelo y se hizo añicos.

El sonido de la porcelana al romperse fue agudo como una aguja, clavándose en los nervios de todos.

Antonio se quedó rígido.

Su cuaderno cayó al suelo.

Se tapó los oídos y empezó a temblar.

Su rostro se enrojeció y su respiración se aceleró.

—¡Antonio! —gritó Laura, lanzándose hacia él y abrazándolo—. Catalina, ¿qué culpa tiene mijo?

Antonio se encogió en el suelo, temblando, y rompió a llorar desconsoladamente.

—Catalina, todo tiene un límite —Leo levantó al niño en brazos.

Dijo con una voz fría y cruel:

—Sabes perfectamente que Antonio no soporta los sonidos agudos.

Catalina se quedó paralizada.

No se atrevía a moverse ni sabía qué decir.

Solo sentía frío.

Todos se arremolinaron alrededor de Antonio y salieron corriendo hacia el hospital.

Ella vio la espalda apresurada y descompuesta de Leo.

Le resultaba desconocida.

Así que él también podía apurarse.

Solo que no era por ella.

A los pies de Catalina había fragmentos de porcelana manchados de sangre.

Tenía varias heridas en la pierna que sangraban.

Pero él no las vio.

Antes, por más frío que fuera su trato, siempre cuidaba de ella.

Se aseguraba de que estuviera bien.

Una vez, ella descubrió a su padre siendo infiel y decidió hacer una huelga de hambre en protesta.

Leo trepó por la ventana de su habitación a escondidas y le llevó comida:

—Alguien más hizo algo malo, ¿y tú te mueres de hambre? ¿Eres tonta o qué?

Con su llegada, la tristeza de Catalina se disipó por un momento.

En ese entonces, ella se sintió dichosa.

Porque Leo, un hombre tan racional, había trepado por una ventana solo para llevarle comida a escondidas.

Qué bueno era con ella.

Pero ahora, ya no veía sus heridas.

Muy bien.

Si él era tan frío, el divorcio sería sencillo.

Catalina guardó su resentimiento y autocompasión.

Atravesó la casa vacía, entró al dormitorio y, con calma y paciencia, se cambió con la ropa limpia.

Luego se arregló el cabello, se limpió la piel y se puso apósitos en las heridas.

Cuando terminó, eran casi las dos de la tarde.

Justo cuando iba a pedir un taxi para ir a la Oficina Civil a esperar a Leo, él la llamó.

Contestó y dijo:

—Ya voy en camino.

—Ven al hospital, te envié el número de habitación —Leo añadió—. Tu abuela está en el hospital.

Ella quiso preguntar más, pero Leo colgó.

Catalina llegó al hospital angustiada y buscó con urgencia la habitación 1202.

Se detuvo frente a la puerta.

Oyó voces del interior.

—¡No le llames a Catalina! Ya viví lo suficiente, con eso basta.

La voz de su abuela era anciana y ronca.

No se sabía cuánto dolor le habría causado la enfermedad.

Su abuelo suspiró:

—Si tuviera otra opción, claro que no querría que Catalina tuviera que humillarse rogándole a la familia Cantú.

—Pero ahora mismo, el único que puede salvarte con la mayor probabilidad es el doctor Blanco.

—Y para que él te trate, solo los Cantú pueden conseguirlo.

—¡Ni lo menciones!

—Catalina ya debe estar sufriendo lo suyo en casa de los Cantú.

—No puedo hacer que su vida sea aún más difícil.

Las manos de Catalina temblaban.

No se atrevía a entrar.

Fue a buscar al doctor tratante para informarse.

Así supo que a su abuela le habían diagnosticado cáncer de pulmón en etapa terminal hacía un mes.

Su abuelo había vendido la casa para pagar unos medicamentos milagrosos de precio astronómico.

Pero los altísimos gastos médicos eran un pozo sin fondo.

Su abuela no se lo había dicho a nadie más.

Planeaba esperar la muerte.

Catalina sintió una culpa inmensa.

Ella solo había estado pendiente de Leo, sin siquiera saber que su abuela estaba gravemente enferma en la cama.

Después de que su madre muriera, la familia López la despreció.

Fueron sus abuelos quienes, a riesgo de romper con su propio hijo, se la llevaron a casa y la criaron personalmente.

Desde entonces, ella decidió que su única familia eran sus abuelos y Leo.

—El estado de salud de tu abuela es muy complicado, y además es mayor.

—Por ahora, haremos un tratamiento conservador con medicamentos durante tres meses.

—Pasado ese tiempo, se realizará una cirugía.

—El doctor con mayor tasa de éxito para este tipo de operaciones es el doctor Luis Blanco.

—Ya me comuniqué con él en nombre de tu abuela, pero como ya no realiza cirugías, rechazó la solicitud.

Luis Blanco se había criado en un orfanato.

Era un genio de la medicina.

Pero tenía un carácter excéntrico.

Su único amigo era Fabio Cantú, el padre de Leo.

También había sido quien más se opuso a que Leo se casara con Catalina.

En los cuatro años de matrimonio, ella apenas había visto a Fabio.

—Yo me encargaré de contactar al doctor Blanco.

Anotó su número y se lo dio al doctor:

—Si mi abuela presenta cualquier novedad, por favor contáctame.

—Diles que los gastos del tratamiento posterior se reducen, y que el resto lo cubriré yo.

—No les digas que vine.

Catalina salió de la habitación y avanzó entre la gente.

A lo lejos, vio una figura alta.

Leo llevaba de la mano a Antonio, ya estaba calmado, y estaba de pie frente al ascensor.

Vestía camisa blanca y pantalón negro, irradiando la serenidad y distinción propia de un hombre maduro.

Su sola presencia apartaba el bullicio circundante.

Cuando miraba a los dos que estaban a su lado, toda la dureza de sus ojos desaparecía, dejando solo dulzura.

Sostenía la muñeca del niño con suavidad, con un gesto contenido y adecuado.

Laura, con los ojos enrojecidos, le secaba el sudor al niño con delicadeza.

Llevaba el cabello negro y largo recogido en un moño suelto, con algunos mechones cayendo sobre sus mejillas.

Se veía muy dulce.

Aunque tenía los ojos rojos, no mostraba ni un ápice de fragilidad.

Al contrario, transmitía una sensación de limpieza y fortaleza.

Antonio, protegido frente a ella, no mostraba ninguna expresión.

Su actitud serena, casi de adulto, lo hacía parecer especialmente adorable.

Los tres formaban una escena llamativa.

Mucha gente a su alrededor los miraba con envidia:

Parecían una familia de rasgos sobresalientes y ambiente armonioso.

Catalina se acercó por iniciativa propia.

El pasillo del hospital olía a desinfectante.

Era sofocante.

Al acercarse, Catalina notó que la camisa de él no estaba tan impecable como siempre.

Seguramente se había arrugado por cargar al niño.

Él tenía misofobia.

Salvo en la cama, a Catalina le costaba mucho acercarse a él.

Ni siquiera podían tomarse de la mano o abrazarse.

Y ella siempre cedía en todo.

Catalina sintió otra punzada en el pecho.

Exhaló:

—Ahora tienes tiempo para divorciarte, ¿verdad?

Su expresión cambió.

Dijo con calma:

—Sí, tengo tiempo.

Después, Laura y Antonio subieron al auto de Leo.

Catalina tomó un taxi.

Al notar ese gesto, Leo no dijo nada.

Cuando llegaron frente a la Oficina Civil, solo Leo bajó del auto.

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