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Capítulo 3

last update Fecha de publicación: 2026-09-10 18:03:08

La ciudad se tragó de golpe a Grace. Caminó sin rumbo, con los ojos nublados y el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que iba a escapársele del pecho.

Divorcio.

La palabra retumbaba en su mente una y otra vez, como si una voz mezquina y desagradable la gritara dentro de su cabeza.

Colton la había dejado.

Colton había elegido a otra.

Colton había elegido a Andrea.

Y ella…

Ella estaba embarazada.

Se llevó una mano temblorosa al vientre, tratando de proteger a su bebé. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué demonios iba a hacer? No lo sabía, pero sí tenía claro que no iba a permitir que nada malo le ocurriese, iba a cuidar de él, siempre.

Debía tomar decisiones, tenía que ser fuerte, lo sabía, pero en aquel instante, su mente estaba embotada, incapaz de procesar nada. Tenía la sensación de estar viendo la peor película del mundo y la protagonista se parecía sospechosamente a ella.

En mitad de una calle cualquiera, ni siquiera tenía muy claro dónde estaba, se topó con un Starbucks. El cartel verde y blanco le pareció una pequeña isla entre el oleaje de Nueva York y entró casi sin pensarlo.

El interior, cálido y ruidoso, estaba lleno de gente que hablaba, reía, trabajaba. Era un universo paralelo, uno al que ya no pertenecía. Pidió un café y se sentó en una mesa junto a la ventana.

Tenía el vaso humeante frente a ella pero ni siquiera lo tocaba. Solo lo miraba mientras, sin pretenderlo, empezó a respirar entrecortadamente, mientras intentaba no desplomarse allí mismo, mientras el dolor le latía por dentro con cada pensamiento.

Y entonces, sin poder evitarlo, rompió a llorar.

En silencio.

Con la mano apretada contra los labios y el cuerpo tembloroso.

Intentó calmarse. De verdad que sí. Pero su mente iba demasiado rápido. El miedo. El bebé. La voz de Colton diciendo esas horribles palabras. Todo chocándose dentro de ella como si fuera un tren descarrilando.

No sabía cuánto tiempo llevaba así cuando la voz de una chica la saco de su trance:

—Perdona…

Grace levantó la vista. Era una de las dependientas. Una chica joven con delantal verde, expresión preocupada y una amabilidad sincera.

—¿Estás bien? —preguntó con esa suavidad que solo se usa con quien parece a punto de derrumbarse—. ¿Quieres que llame a alguien?

Grace parpadeó, aturdida.

¿A quién iba a llamar?

Si no estuviera llorando precisamente por Colton, habría dicho su nombre. Durante su matrimonio él había sido su hogar, su refugio. La única persona a la que habría pedido ayuda sin dudarlo. Pero ese hogar se había derrumbado hacía apenas una hora. Y la posibilidad de recurrir a él había estallado por los aires.

Y pensar en llamar a alguien más… No. No podía. No después de haber huido de Atlanta dos años atrás, desapareciendo sin dar ningún tipo de explicaciones. Además, tampoco podía permitírselo. Era demasiado peligroso.

Abrió la boca para decir que no, pero justo entonces su teléfono vibró sobre la mesa. Miró la pantalla. Era Colton.

Una chispa repentina de esperanza temeraria lo iluminó todo.

Seguro que estaba arrepentido. Seguro que quería arreglarlo. Seguro que… algo, lo que fuese.

Con los dedos temblorosos deslizó el dedo por la pantalla.

—Colton… —contestó con una sonrisa temblorosa que solo tardó unos segundos en desaparecer, exactamente los que él tardó en hablar.

—Grace —dijo con voz fría y controlada—, ven conmigo a la mansión Redford. Tenemos que contárselo a mis padres y a mi abuelo.

Contarles que iban a divorciarse. La decisión que él había tomado solo. Grace solo había sido informada. Aun así, aceptó. Ni siquiera lo pensó, básicamente, seguía en estado de shock.

—Está bien —respondió con un hilo de voz.

—Te recogeré a las seis.

*****

Colton fue a buscarla a la casa que hasta el día anterior habían compartido. Una soberbia y preciosa mansión en el corazón de Lennox Hill, uno de los barrios más caros y elitistas de Nueva York, rodeada de árboles cuidados como joyas y con esa elegancia silenciosa que solo los lugares caros saben tener.

Casi había anochecido y el cielo se había teñido de una mezcla imposible de naranjas y violetas.

Él la esperaba dentro de su BMW Serie 8 con aspecto de recién salido de fábrica, como siempre. Sin embargo, Colton estaba lejos de su habitual estado de arrogante calma y control. Llevaba todo el maldito día con una incomodidad clavada en mitad del pecho, como si alguien le apretara las costillas desde dentro. Lo peor de todo es que ni siquiera sabía explicarlo o entender a qué coño se debía.

Evan, el hombre para todo de Colton, abrió la puerta trasera del coche para Grace.

En cuanto la vio, Colton reparó en que se había cambiado de vestido. Llevaba uno de esos que siempre usaba cuando iban a casa de sus padres. Elegante, sencillo, pero con un punto casi juvenil que acentuaba la idea de que Grace era la cosa más dulce, inocente y preciosa sobre la faz de la tierra. Él solía fastidiarla diciéndole que parecía una niña buena, pero la verdad era que le volvían completamente loco. Verla con ellos era como una droga perfecta para el animal que llevaba dentro, en realidad, una de las muchas drogas que ella parecía conocer. Grace siempre sabía cómo despertarlo, incluso sin proponérselo, y probablemente esa era la razón más poderosa de todas. Grace nunca fingía nada, no se comportaba como creía que a él le gustaría para obtener algún tipo de resultado. Era de verdad.

La incomodidad de su pecho se hizo más cortante.

Sin embargo también se dio cuenta de que Grace parecía apagada, como si alguien hubiera bajado la intensidad de su luz al mínimo. Se había maquillado con suavidad y se había recogido el pelo, pero Colton lo entendió en el acto: era un intento torpe de esconder cómo se sentía. De hacer que nadie notara que estaba rota.

—Gracias, Evan —dijo ella en voz baja.

—A usted, señora Redford.

—Hola —le dijo a Colton apenas un susurro. Ni siquiera lo miró.

Él no era un monstruo. Sabía que le estaba haciendo daño, pero se había convencido a sí mismo de que era cuestión de días. Habían estado juntos solo tres años. No eran una de esas parejas imposibles que no podían respirar sin el otro y no tenían hijos. Era genial estar juntos, en todos los malditos sentidos, pero no estaban enamorados. Grace volvería a estar bien. Solo necesitaba un poco de tiempo.

En menos de una hora llegaron a la mansión Redford, en Glen Cove. Un área llena de casas majestuosas con kilométricos jardines, arboledas y lagos privados. Aun así daba igual lo que el dinero hubiese levantado porque aquel edificio concreto estaba lleno de calidez. Los Redford habían construido un hogar y siempre habían conseguido que Grace se sintiera parte de él.

Al bajar del coche, por inercia, Colton la esperó y la tomó de la mano para guiarla al interior, la había conducido así mil veces, era automático. Natural.

Grace se quedó inmóvil. Al notar que no se movía, se giró hacia ella y fue entonces cuando se dio cuenta de lo que había hecho, que ya no podía hacerlo, que esos ya no eran… ellos.

Retiró la mano.

Se miraron.

Los ojos de Grace volvieron a llenarse de lágrimas y la incomodidad en el pecho de Colton se multiplicó por diez, como si alguien le hubiese metido un puño dentro y apretara con fuerza.

La señora Redford, Miranda Redford, la madre de Colton, salió a recibirlos. Antes incluso de saludar a su propio hijo, rodeó a Grace en un abrazo amable y lleno de cariño.

—Mi niña —la llamó acariciándole la espalda—, te hemos echado mucho de menos.

A los Redford les había dado igual que Grace no viniera de una familia poderosa. Ella tenía esa forma de ganarse a la gente con su dulzura y su corazón enorme y luminoso que parecía capaz de abrazarlo todo. Siempre estaba cuidando y preocupándose por los demás, sin pedir nada, sin alardes. Y para ellos, Grace no era solamente la esposa de Colton, era una más. Eran familia.

Cuando se separaron, Miranda frunció el ceño sin levantar los ojos de ella.

—¿Estás bien? —le preguntó a bocajarro—. Estás muy pálida —torció los labios con preocupada—. Creo que vas a caer enferma.

Grace negó rápidamente con la cabeza. Lo último que quería era inquietarla, por eso se había esforzado con el maquillaje y su apariencia, pero la señora Redford había sido capaz de ver más allá.

—Mandaré que te preparen un poco de sopa de pollo —decidió pasándole la mano por el hombro y guiándola al interior de la casa—, pero lo primero es que te tomes algún analgésico

—Miranda, de verdad, no hace falta que…

—Si que hace —la interrumpió la señora Redford con la eficacia de una mamá oso decidida—. Colton, ¿cómo es posible que no te hayas dado cuenta? — reprendió a su hijo—. Tienes que sacar la cabeza de los informes trimestrales y prestarle más atención a Grace. No te preocupes —se dirigió de nuevo a ella con una sonrisa—. Frank —el padre de Colton— era exactamente igual.

Entraron todos al salón. Miranda le ordenó a Grace que se sentara mientras le pedía a una de las sirvientas que preparara una sopa y trajese un analgésico.

—He… he recordado que me he tomado un ibuprofeno hace unas horas —mintió Garce. Estaba embrazada y todavía no sabía qué medicamentos podía tomar, suponiendo que hubiese alguno que no resultase peligroso para el bebé. No podía arriesgarse.

Miranda la observó suspicaz pero, gracias a Dios, no insistió y se sentó a su lado.

Frank apareció desde el camino que llevaba a su despacho en el ala oeste. En cuanto vio a Grace y a Colton, sonrió. Grace se levantó para recibir el abrazo de su suegro, a pesar de que él le indicó que no tenía por qué.

El último en aparecer fue el abuelo Redford. Era un gruñón y había días enteros en los que sencillamente estaba de un humor imposible, pero adoraba a sus nietos y, sin dudar, por encima de ellos, estaba Grace.

Le parecía una chica lista, observadora, con más fortaleza de la que ella misma creía. Más de una vez los habían encontrado conversando animadamente y él había echado a todos los «intrusos» a patadas, incluido al mismísimo Colton.

Pero aquella noche, todo se sentía diferente. Grace, normalmente, siempre sonreía, siempre estaba atenta a lo que necesitaban los demás y, aunque al principio era un poco tímida, en cuanto tenía un poco de confianza, no paraba de hablar. Sin embargo, desde que se habían reunido en el salón, a pesar de que había intentado disimular, todos se habían dado cuenta de que ocurría algo.

—Cielo —la llamo el señor Redford—, ¿estás bien?

—Sí, es solo que creo que debo haberme refriado —utilizó la misma excusa que, sin pretenderlo, le había dado la señora Redford.

Miranda asintió.

—He pedido que le preparen una sopa de pollo. Le sentará genial.

Colton respiró hondo.

—Vamos a divorciarnos —anunció, sin rodeos—. Esta semana empezaremos los trámites.

Grace se mordió el labio inferior, intentando no llorar. Necesitaba mantener la poca dignidad que sentía que le quedaba. Además de que no deseaba desmoronarse frente a los que la querían tanto. Solo habría servido para preocuparles aún más.

El silencio se hizo tan denso que casi podía tocarse. Hasta que el abuelo Redford habló.

—¿Cómo demonios has llegado a semejante conclusión, crío inútil? —rugió mirando a su nieto como si no lo reconociera.

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