LOGINEl señor Redford fue el primero en moverse. Se puso de pie con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de rompérsele.
—Colton, al despacho. Ahora. El abuelo Redford también se levantó apoyándose en su bastón con una furia difícil de describir. —Yo también voy, muchacho —le advirtió y sonó como la amenaza que era. Colton se humedeció el labio inferior conteniéndose. Siempre había tenido un carácter difícil, Grace había escuchado miles de historia en ese mismo salón que lo dibujaban así desde crío, así que para él suponía un ejercicio terrible de autocontrol dejar que otros le dijesen lo que tenía que hacer, aunque fueran su padre y su abuelo, pero finalmente optó por obedecer. Para Frank y para el abuelo Redford la historia era muy diferente. Puede que Colton dirigiese el imperio familiar y lo hubiese llevado más lejos que nunca, pero esos dos hombres habían construido los cimientos. El abuelo Redford era el cabeza de familia. Le gustara o no, tendría que escucharlos. Grace se quedó en el salón, con las manos en el regazo y la mirada perdida en una de las alfombras. A su lado, la señora Redford trataba de reconfortarla aunque estaba tan confusa, sorprendida y enfada como los demás. —Grace… —murmuró Miranda—, ¿qué es lo que ha pasado, cariño? Ella abrió la boca para responder, pero su garganta se cerró. No sabía por dónde empezar. ¿Cómo podía explicarlo? Su matrimonio acababa de morir de una puñalada limpia y sin anestesia. Grace se sentía como si el suelo se hubiese desmoronado bajo sus pies. El corazón le dolía cada vez que pensaba en Colton. Odiaba a Andrea con toda su alma y ni siquiera la conocía… Pero dio igual porque no tuvo tiempo. Los gritos empezaron a escucharse desde el despacho. Fuertes. Crudos. Imposibles de ignorar. —¡No puedes hacer algo así! —tronó la voz del señor Redford—. ¡¿Es que no lo ves?! ¡Vas a pasarte el resto de tu vida arrepintiéndote! —Me da igual —respondió Colton con esa seguridad que siempre lo bañaba de pies a cabeza—. Es mi decisión. Y no voy a olvidarme de Andrea. El nombre cayó como un martillo sobre el corazón de Grace. Los ojos de Miranda se abriendo con una mezcla de sorpresa, entendimiento y disgusto. —Grace es buena, inteligente, te adora… —¡Me da igual! —rugió Colton aún más al límite—. Me da igual como sea Grace, como sean las demás. Elijo a Andrea. Siempre la elegiré a ella. Cada palabra fue un cuchillo, afilado y certero, pero, de alguna manera, también un detonante. Se sintió humillada. Le encendió la sangre. Le abrió los ojos de una vez por todas. Grace siempre había creído que Colton era frío porque era su forma de ser, que expresaba lo que sentía en pequeños actos, no con palabras, pero también había estado equivocada en eso. Los cafés, la forma en la que pronunciaba su nombre cuando estaban solos, la manera en la que le acariciaba la espalda con el reverso de los dedos cuando se encontraban en la cocina, incluso el sexo, en realidad, no significaban nada más allá. Ella no lo hacía para él. Esa intensidad defendiendo a Andrea, ese tono, eso era amor. El amor que no sentía por ella. Y en medio del dolor, una chispa inesperada, pequeña al principio, pero poderosa, se prendió dentro de Grace. La certeza de que no iba a soportar aquello un solo segundo más. Él había destrozado su matrimonio y ella no iba a quedarse suplicando por los pedazos. Se levantó despacio. —Grace… —susurró la señora Redford, alarmada—, ¿adónde vas? Ella le dedicó una sonrisa triste pero llena de determinación. —Gracias por todo, Miranda. Se despidió con un abrazo casi tembloroso, pero esa decisión seguía ahí, anclada a su corazón. —No te marches, cielo —trató de detenerla. —No te preocupes, estoy bien. Puede que en aquel instante aquellas palabras se parecieran sospechosamente a una mentira, pero sabía que un futuro lo estaría. Dio los primeros pasos hacia la salida principal. El despacho se abrió de golpe y la puerta sonó con fuerza contra la pared. Tan solo un par de segundos después, Colton apareció desde el pasillo, con el cuerpo en guardia, la respiración acelerada y los ojos llenos de rabia. La vio. Claro que la vio. Y sus miradas se encontraron una vez más. Colton tensó la mandíbula. La rabia, la arrogancia, todo estaba brillando en sus ojos azules con una fuerza casi cegadora, pero en el momento en el que se encontraron con los de ella, algo pareció cambiar. Por primera vez desde que le había dicho que quería divorciarse, Grace no lo estaba mirando rota, vulnerable. El dolor seguía allí, la tristeza, pero también había algo nuevo: calma. Determinación. Colton sintió esa mezcla como un puñetazo directo a las costillas. —Grace… —pronunció en un susurro casi inaudible dando un paso hacia ella. Pero la chica no se quedó a esperarlo. Giró el rostro y siguió caminando hacia la puerta. Por primera vez también, Colton sintió que algo irremplazable se le estaba escapando entre los dedos. Salió tras ella. No sabía por qué, solo que quería hacerlo, pero su padre apareció desde el despacho con el rostro encendido. —¡Colton! —bramó—. ¡Esto no ha terminado! —¡Maldita sea, papá! ¡Déjame en paz! Grace ya estaba en el hall cuando la señora Redford la alcanzó. —Por favor, quédate aquí esta noche —le suplicó tomándole las manos—. No es bueno que estés sola ahora. Ya verás como tu suegro y tu abuelo lo hacen entrar en razón. Ellos no van a permitir que haga una estupidez. Grace negó suavemente. Ya no había lágrimas y eso, paradójicamente, preocupó aún más a la señora Redford. —Colton ya ha dejado muy claro lo que quiere —respondió Grace con una calma triste—, y no va a cambiar de opinión. Hizo una pausa. Respiró hondo. —Por favor, ¿puedes entretenerlo? —le pidió—. Consígueme una hora. Miranda la soltó despacio, entendiendo perfectamente la consecuencia de esas palabras. Quería negarse solo para impedir que su hijo perdiese a Grace, pero sabía que no era justo con ella así que asintió y ella se lo agradeció con una sonrisa que no le llegó a los ojos. La mansión en Lennox Hill estaba en silencio cuando Grace entró. Una paz completamente diferente a la de por la mañana. Más fría. Más real. Fue directa a la habitación principal, sacó una maleta y, deprisa, metió ropa y algunas de sus cosas. Nada que le hubiese regalado Colton. Nada que le recordará a él. No quería un solo objeto que la anclara a esa mentira. Fue al estudió de Colton, imprimió de internet un acuerdo de divorcio estándar y lo firmó. Renunció al dinero, a la casa, a todo. Lo dejó sobre su mesa, perfectamente alineado, como si su vida fuera un documento administrativo más. Sobre él, su anillo de bodas. Antes de marcharse definitivamente, miró el salón una última vez. En ese lugar se había imaginado su vida, la de su bebé. Pensó que había encontrado un hogar, pero estaba claro que solo ella lo había sentido así, y un hogar unilateral cuando dos viven en él solo es un gigantesco error. No pensaba quedarse un solo segundo más en él. Ni por ella. Ni por su hijo. Ya en el taxi, mientras atravesaba Manhattan, sacó el móvil. La mano le tembló pero solo un poco. Abrió W******p. Buscó entre las conversaciones. Muy abajo. Un grupo cuyo nombre cambiaba demasiado seguido. Jojo siempre se quejaba de eso. En aquel momento se llamaba «Miller and the Phantoms» Grace escribió solo dos palabras. *He vuelto*—Solo me estoy preocupando por ti —replicó Colton con la voz amenazadoramente baja. —Nadie te lo ha pedido —le dejó claro Grace—. Me gusta lo que hago con Miles y voy a seguir haciéndolo. En cuanto al estrés, solo necesito descansar un poco mejor y comer un poco más y se solucionará. Colton le mantuvo la mirada. ¿De verdad eso era todo lo que tenía que decir? «¡Solo quiero cuidar de ti, joder!».Finalmente, se humedeció el labio inferior, dolido, y cayó en la cuenta de algo con una sonría fría y fugaz, casi un resoplido. —Por supuesto que te gusta lo que haces con Miles —sentenció.—¿Estás insinuando algo?—Que tengo que aprender a meterme en mis asuntos. —En eso estamos de acuerdo. Se miraron un segundo más, la burbuja se formó porque parecía funcionar con amor, pero también con odio, como si lo que la alimentara fuera la intensidad que sentían, daba igual la dirección. —Creo que lo mejor será que nos centremos en el desayuno —propuso Miranda. Colton tardó un segundo de más e
No le dio tiempo a responder, se enderezó y simplemente se marchó.Andrea apretó los labios furiosa, los puños junto a sus costados. ¿Cómo se atrevía a decirle algo así? Todo por esa estúpida de Grace. La odiaba. ¡La odiaba! «Esto no ha terminado», pensó. «Y no pienso permitir que las cosas se queden así».La fiesta se alargó durante horas, pero ni Grace ni Colton ni Adrian ni Andrea la sintieron igual. Ninguno de los Redford lo hizo en realidad. Miranda no estaba segura de cuándo paso, pero alrededor de la media noche Colton desapareció. No hacía falta ser un lince para saber que se había marchado porque no soportaba estar un minuto más allí.Colton fue al Hendrix y entró directamente en la zona privada. No quería cruzarse con nadie, no quería oír un «encantado de verle, señor Redford». Había tenido más que suficiente por una noche… aunque era solo una excusa y Sam sentado frente a él, lo sabía. Lo que a su amigo le dolía era Grace. —¿Piensas terminarte la botella antes de dirigi
Grace se dio la vuelta a tiempo de ver a Colton caminar hacia ella. Estaba furioso, desesperado, dolido, una mezcla que se parecía peligrosamente a un cocktail molotov. —¿Qué quieres? —preguntó Grace sin ninguna intención de sonar amable. Había pasado por demasiado hacia solo unos minutos. Lo último que quería era tenerlo delante. En realidad, justo en aquel momento, no quería a nadie cerca. Solo quería poder romperse en paz y odiarlo y llorar.—¿Tú qué coño crees que quiero? —replicó sin ni siquiera pensar. La rabia infinita estaba hablando por él—. Acabas de darme tu bendición.No podía entenderlo. ¡No quería su bendición!—Si no la querías, no habérmela pedido —contestó Grace extendiendo los brazos en un gesto que demostraba que estaba al límite. —No lo hice —gruñó con la voz baja y ronca. —Tienes razón. Fue el amor de tu vida con la que tienes esa historia tan bonita… La ironía era su mejor aliada. —¡Podrías haber dicho que no! ¡Podrías no haber subido!—¡¿Para qué?! ¡¿Para
Las miradas de Grace y Colton se encontraron. La de él se llenó con sorpresa con rabia, con miedo, pero cuando iba a dar un paso adelante para acabar con todo aquello, Grace, sorprendiéndolo, empezó a caminar hacia el escenario. Ella odió casa paso. Se sintió como un condenado a muerte caminando hacia el patíbulo. Le dolió hasta el punto de que su corazón le suplicó que no lo hiciera, pero algunas cosas acaban simplemente porque así lo deseas; otras, tienen que doler para que abras la mano y las dejes marchar. Andrea sonrió triunfal. El ratoncito estaba caminando directo hacia la trampa. —Grace —dijo tras dar una bocanada de aire, como si la emoción le impidiese hablar—, has sido la señora Redford durante dos años. Eres muy importante para Grace y quiero que sepas que los dos vamos a cuidar de ti siempre. ¿Puedes darnos tu bendición?El silencio se volvió sepulcral. Solo había una cosa que la alta sociedad de Nueva York valoraba más que el dinero, una buena historia, y en aquel mom
Colton echó a andar hacia la puerta trasera del coche tomándose su tiempo, desafiando al mundo mientras ella no levantaba los ojos de él. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se preguntaba, pero lo conocía demasiado bien para no saber ya la respuesta.Abrió y se acomodó al lado de Grace. —Conduce —le ordenó al chofer con la voz firme y fría. La respiración de Grace se había vuelto un caos de pura rabia, pero se obligó a ocultarlo. Jamás volvería a flaquear delante de él.—¿Hay alguna posibilidad de que te bajes del coche? —planteó la mirada clavada al frente y el mismo desapego que él había demostrado al montarse.—No —contestó sin dar espacio al diálogo. Ninguno de los dos volvió a hablar, pero eso no significo que la situación se transformara en algo fácil. El ambiente en la parte de atrás del Maybach estaba cargado, tenso, los dos eran híper conscientes del otro, para bien y para mal. En la puerta del Radio City Music Hall, una nube de fotógrafos y periodistas esperaban hambrientos d
—No voy a ir —le explicó. Estaba acurrucada en uno de los sillones. Se había puesto el pijama, pero seguía peinada y maquillada y la mezcla era muy extraña, como ver a dos mimos charlando mientras se fuman un cigarro en un descanso. —Te entiendo, pero ¿no te parece que no yendo estás haciendo lo que ella quiere? —planteó Adrian. Grace se tomó un segundo para pensarlo aunque no lo necesitaba. Sabía que él tenía razón. Al final, resoplo.—Lo sé, pero estoy demasiado enfadada. Ni siquiera sería una buena compañía. —Créeme, las he tenido peores —bromeó Adrian. —Diviértete —se despidió.—Grace…—Diviértete mucho —insistió.—Vale. Vale —pillo la indirecta—. Te quiero, peque —se despidió antes de colgar.—Te quiero.Todavía tenía el teléfono en la mano cuando volvió a iluminarse con un whatsapp. Melinda:*Quiero ver fotos de ese Valentino espectacular*Grace supo que el mensaje era por ella y torció los labios desanimada. Ya no había vestido. Miller:*¿Quién lleva puesto un Valentino?







