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Capítulo 2

Autor: Yumi
Di medio paso hacia atrás por puro instinto.

Nicholas frunció el ceño y entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él.

El espacio ya era pequeño de por sí, pero su presencia lo volvió sofocante.

—Me estás evitando. —No era una pregunta.

Dio un paso más hacia mí. Su aura de Alfa estaba contenida, pero la presión que aun así desprendía seguía dificultando respirar.

—¿Es por lo de anoche? ¿O por lo mío con Leah?

Me obligué a sostenerle la mirada, manteniendo la voz lo más firme que pude.

—Por ninguna de las dos cosas. De verdad me alegro por ustedes.

Soltó una risa baja, sin humor, y, de pronto, alzó la mano para sujetarme el mentón, obligándome a mirarlo.

—¿De verdad? Alice, ¿ya olvidaste lo que hiciste en la reunión de luna llena el día de tu mayoría de edad? Prendiste tu broche en mi abrigo. Un gesto de cortejo. ¿Crees que no me di cuenta?

»Fue inteligente de tu parte no confesarte abiertamente, porque te habría rechazado en ese mismo instante. En la Manada Luna Oscura siempre se ha creído que el Alfa debe estar con una loba fuerte. Una Omega, por muy capaz que sea, jamás podría ser la compañera de un Alfa. Tú lo sabes mejor que nadie.

Me soltó y paseó la mirada por mi cuarto. Sus ojos terminaron posándose en la caja de madera sobre mi escritorio. Caminó hasta ella y la abrió sin dudar. Dentro estaban todas las pequeñas cosas que había ido guardando a lo largo de los años. Cosas ligadas a él.

La punta de una cornamenta de ciervo que me había dado después de una cacería. Un botón que se había desprendido de una de sus camisas viejas. Hasta una pluma rota que le había insistido tanto en pedirle que al final me la dio.

Nicholas volcó la caja, dejando que todo se desparramara sobre la alfombra. Luego aplastó una de las cosas bajo la punta de su bota.

—Alice, pensé que eras la más sensata de esta manada. Pero estos sentimientos a los que te has aferrado... dan lástima. Sabes que mi compañera será alguien fuerte. Leah es a quien necesito. Y aun así sigues atesorando estos restos como si significaran algo. Es triste. Te das cuenta de eso, ¿verdad?

Se dio la vuelta y se fue. La puerta de roble se cerró con un clic suave a su espalda.

Me puse en cuclillas y recogí los objetos esparcidos, uno por uno. Luego los arrojé todos a la chimenea. De todos modos ya estaban rotos. No tenía sentido seguir guardándolos.

¿Y esos sentimientos que nunca debí tener? También era hora de matarlos.

Tres días después, regresé de recolectar hierbas en el bosque y descubrí que alguien había entrado en mi habitación.

La manta que me había dejado mi madre ya no estaba. En su lugar había una cobija de lana común y corriente.

Estaba a punto de preguntarles a los sirvientes cuando los oí susurrando en el pasillo:

—El Alfa de verdad consiente muchísimo a la señorita Leah. Ella dijo una sola palabra, y él sacó esa manta tan hermosa directamente de la cama de la señorita Alice.

Así que eso había pasado.

Estaba a punto de volver a ordenar mis hierbas cuando la puerta se abrió.

Nicholas estaba de pie en el umbral, con un tono completamente casual.

—La loba de Leah ha estado inestable últimamente. La seda lunar tiene un efecto calmante en ella, así que le di la manta. Si necesitas una, puedes pedirle al mayordomo que encargue otra cobija de lana.

Le di la espalda y seguí ordenando las hierbas que había traído. Apenas tarareé en señal de que lo había oído.

Sus pasos se acercaron. Se detuvo justo detrás de mí.

—Alice, últimamente has estado demasiado callada. —Su voz bajó, cargada con una nota de advertencia—. Leah podría ya estar embarazada de mi heredero. Si haces algo que no debes, sabes muy bien cuáles serán las consecuencias.

—Alfa —dije, por fin dándome la vuelta y mirándolo a los ojos—, no tengo pensamientos inapropiados. Simplemente he llegado a entender cuál es mi lugar. Siempre quisiste que conociera mis límites como Omega. Ahora ya los conozco. Deberías estar satisfecho.

Los labios de Nicholas se apretaron en una línea fina. Su nuez de Adán se movió de arriba abajo y, tras una larga pausa, forzó una sola palabra.

—Bien.

Luego se dio la vuelta y se marchó.

Antes, cuando se iba enfadado de esa manera, yo habría corrido detrás de él. Le habría explicado, me habría disculpado, habría hecho cualquier cosa con tal de que dejara de estar molesto.

Pero ya no.

Tres días después, presenté una solicitud ante el Consejo de Ancianos para vivir de manera independiente.

Como miembro adulto de la manada, tenía derecho a abandonar el territorio y establecerme por mi cuenta.

La petición fue aprobada rápidamente, sobre todo después de que Leah insinuara que mi presencia en el castillo podría afectar su embarazo. El Consejo la selló sin vacilar.

Compré una casa vieja con jardín en un pequeño pueblo al sur, cerca de una ciudad humana.

El clima era cálido. Las hierbas crecían en abundancia. Y era lo bastante tranquilo como para vivir en paz.

Fijé mi fecha de partida para el mismo día de la ceremonia de marcación de Nicholas y Leah.
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