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Capítulo 2

Author: Liora Z
La sala se vació a toda prisa apenas terminó la reunión. Nadie se atrevió a mirarme ni por un segundo; todos le tenían demasiado miedo a Cassius. Me quedé congelada en la silla, con las piernas tan débiles que sentía que si me paraba me iba a desplomar.

—Aria.

La voz de Elena me sacó de golpe de mis pensamientos. Se acercó a mí, me tomó del brazo y bajó la voz y susurró, presa del pánico:

—¿Te volviste loca?

No respondí.

—¿Por qué rayos marcaste por teléfono a alguien justo en frente del jefe? ¿A quién demonios ibas a llamar?

Me sequé las lágrimas de la cara y miré a mi alrededor. La sala ya estaba completamente vacía. Necesitaba soltarlo, tenía que hacer algo con todo este caos que llevaba por dentro. Me lamí los labios secos e intenté sonar lo más casual posible:

—Elena... hipotéticamente, no sé... ¿tú crees que el jefe podría estar saliendo con alguien de internet?

Ella se quedó inmóvil, mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Qué?

—Ya sabes... —Tomé aire, preparándome mentalmente para lo que iba a soltar—: En ese tipo de sitios raros, de novias virtuales.

Se quedó en silencio durante tres largos segundos. Luego soltó una risa fría y hueca que me puso la piel de gallina.

—De verdad que el estrés te está destruyendo las neuronas, Aria.

Se agachó frente a mí y pronunció cada palabra despacio, como si le estuviera hablando a alguien que perdió la cabeza:

—Cassius Falcone. Treinta años. Cero novias. Cero escándalos. ¿Acaso sabes por qué?

Negué con la cabeza, tragando grueso.

Elena soltó un suspiro pesado.

—Hace dos años, la hija menor de los Torres creyó que era lo suficientemente atractiva como para colarse en su cama a mitad de la noche. A la mañana siguiente, la dejaron tirada en la puerta de su casa... con las dos manos cortadas.

Sentí un retortijón violento en el estómago.

—Ese hombre odia a las mujeres, de verdad no las tolera. Es tan germofóbico que ni siquiera se toma un vaso de agua si sabe que lo tocó una mujer. —Elena se puso de pie y me miró desde arriba con lástima—: Es un monstruo, Aria, no un hombre. De esos a los que no les tiembla la mano para mancharse de sangre. Así que hazme el bendito favor de no andar creyendo rumores estúpidos de novias virtuales. Despierta, Aria. La gente se inventa cualquier pendejada con tal de sacar dinero.

Se me hizo un nudo gigante en la garganta.

—Así que no lo repitas. Tú no escuchaste nada —me dio una palmadita en el hombro y me miró con frialdad—: Pero si vuelves a meter la pata como hoy, no prometo ir a recoger tu cadáver.

Y así, sin más, me dejó sola.

Me quedé ahí sentada en la sala de juntas, sin sentir ni las manos ni los pies. Estaba muerta. Ese era el único pensamiento que daba vueltas en mi mente: iba a morir.

Si lo miraba desde su perspectiva, yo solo era una desconocida que lo obligaba a ponerse un collar, a desnudarse frente a la cámara y a mostrar sus abdominales. Para un tipo como él, esto no era un simple juego pervertido; era como tener una navaja clavada en la garganta. Y si descubría que esa persona era yo, no dudaría en cortarme la lengua y enmarcarla para decorar su sala.

No, no, no. Jamás podía descubrirme.

Eran las nueve de la noche cuando por fin regresé a mi apartamento destartalado. Ni siquiera me había quitado el abrigo cuando el teléfono volvió a vibrar en mi bolsillo:

«Ama, la reunión ya terminó. ¿Está molesta? ¿Puedo hacer lo que me pidió ahora mismo?»

Me quedé mirando la pantalla con los dedos completamente rígidos. Lo único que me venía a la mente era el Cassius de esta tarde: frío, cruel y dispuesto a asesinarme.

«Por favor, ama...»

El terror me provocó un mareo violento. Respiré hondo y, con las manos temblándome, tecleé:

«No será necesario».

Como siempre, mi teléfono se inundó en un segundo de notificaciones desesperadas:

«Lo siento, ama. No debí ignorarla durante mi reunión. Me equivoqué. Lo haré mejor la próxima vez. No me deje, se lo suplico. Déjeme enseñarle, en serio. Por favor».

Y de repente, empezó a entrar su videollamada.

Me quedé paralizada mirando el botón verde de contestar, con el dedo suspendido sobre la pantalla. En ese mismo instante, saltó otra notificación del banco: + $10,000.

«Tome esto, pero no me bloquee».

Cerré los ojos, sopesando desesperadamente mis opciones. Esta tarde ya me habían llamado tres veces los cobradores de deudas. Mi madre me había llamado llorando para decirme que si no conseguía 200,000 dólares para este fin de semana, me vendería a un viejo de setenta años de la familia Romano.

Si rechazaba a Cassius ahora mismo, existía la posibilidad de que se rindiera y me dejara en paz. Pero si lo complacía esta noche, el alquiler del mes que viene y las facturas médicas de mi mamá quedarían totalmente cubiertas. No podía echarme para atrás. Además, ¿qué pasaba si el hecho de rechazarlo de golpe lo hacía sospechar de lo que ocurrió esta tarde en la oficina? Tenía que actuar normal. Tenía que fingir que yo no tenía absolutamente nada que ver con la insignificante y mediocre restauradora que él había humillado hace unas horas.

Tomé una bocanada de aire y acepté la llamada.

Tal como dictaba nuestra regla desde hacía dos años, las cámaras se mantuvieron apagadas de mi lado y bloqueadas del suyo. Nada de rostros, nada de nombres reales. Anonimato absoluto.

—¿Ama?

Mi cuerpo entero se puso rígido al escuchar esa voz grave y aterciopelada salir por el altavoz. Era él. La mismísima voz intimidante que esta tarde me había destrozado el alma, ahora sonaba dócil, suplicante y dulce.

—¿Sigue molesta conmigo?

Podía imaginarme a la perfección su expresión ansiosa del otro lado de la pantalla. Para no usar mi voz, le escribí rápido en el chat:

«No».

Hubo un momento de silencio absoluto y luego un profundo suspiro de alivio.

—Gracias a Dios, ama... —su voz temblaba de la emoción.

Me quedé mirando la pantalla oscura con la boca seca. Este mismo hombre que hace unas horas me había hecho contemplar la idea de desaparecer del mapa, ahora estaba prácticamente llorando por mi atención.

«Dijiste que me lo ibas a enseñar, ¿no?», le tecleé. «Hazlo».

Por un momento no respondió. Asumí que se había quedado en shock por la orden.

—¿En serio? ¿Puedo? —Su voz rezumaba tanta alegría que parecía un perrito emocionado al que le acababan de decir que era un buen chico.

«Deja de hablar y hazlo de una vez», volví a escribir.

—Está bien... —Soltó una risa baja y entrecortada que me hizo arder las orejas.

La cámara de su lado se encendió, enfocado solo de la cintura para abajo. Un par de manos grandes, de nudillos fuertes y venas marcadas, aparecieron en la pantalla. Muy despacio, sus dedos buscaron la fría anilla metálica de sus pantalones de vestir.

—De acuerdo... voy a empezar.

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